Wonderland

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El 22 de junio de 1986 metió dos goles en un partido de un Mundial. Uno lo hizo con una mano. El otro, luego de haber gambeteado a cinco jugadores de la selección rival. Desde entonces, su país lo ha nombrado uno de sus mitos, un héroe inmortal. Treinta años después, Diego Armando Maradona vive en el Golfo Pérsico, en Dubái. ¿Cómo es estar en la cima del mundo? ¿Cómo es vivir siendo un rey? Historias, escenas, anécdotas de ese hombre: el hombre que está detrás del mito. La intimidad del héroe inmortal.

Historia publicada en la Revista Don Julio #4 | Texto: Mario Alberto Brienza | Ilustraciones: Sergio Ucedo

Cuando su apoderado, el abogado Matías Morla, subió a su habitación para despertarlo y anunciarle que el director inglés Asif Kapadia ya había montado el set de filmación en la mansión de Dubái, Diego Armando Maradona le contestó: — No, no bajo. Me duele la cabeza. Que vuelva otro día, decile. Hoy no.

—Diego, es Kapadia, por favor. Viajó desde Inglaterra.

Kapadia había viajado desde Inglaterra después de haber viajado desde Los Ángeles, Estados Unidos, donde –dos meses atrás– lo habían premiado con el Oscar al Mejor Documental.

—Bueno… —se desinfló Maradona— Bajo, pero de cortesía. Lo saludo. No tengo ganas de grabar.

A principios de 2016, el director inglés había firmado con Maradona un contrato para hacer una película sobre su vida. En 2010, Kapadia había hecho la del piloto brasileño Ayrton Senna; en 2015, la de la cantante Amy Winehouse. La primera se llamó sencillamente Senna. La segunda, la ganadora del Oscar, Amy, la chica detrás del nombre.

En 2015, también, el director inglés produjo el documental Ronaldo, una biografía autorizada de la vida de Cristiano, el portugués.

—Hola, maestro… —apareció Maradona, recién despierto, en el set de filmación— Gracias por interesarse por mí, pero me duele la cabeza hoy… Arregle otra entrevista con mi abogado y la hacemos sin problemas, ¿sí?

Kapadia estaba con su productor, sus asistentes, los camarógrafos, su traductor: todos vieron cuando Maradona se dio media vuelta para volver a su habitación. El traductor le habló a Kapadia. Kapadia le habló a su traductor. El traductor dijo:

—Tranquilo. Maradona… tranquilo.

Kapadia y Maradona habían firmado un arreglo en el contrato: que habría tres entrevistas exclusivas para la película. Ésta era la primera, en Dubái.

—Tranquilo, tranquilícese —repitió el traductor, que había vuelto a escuchar una indicación del director—. Usted no lo conoce. Kapadia está acostumbrado a manejar estrellas.

Maradona volvió a mirar al inglés. En castellano, le dijo:

—Usted manejó muchas estrellas. Pero nunca un Maradona.

Y se fue, dándoles nuevamente la espalda, camino a su habitación.

Fue la primera noche después de que la marca de relojes Hublot organizara el evento en el que Maradona estuvo con Pelé, en Francia, la semana previa a la Eurocopa 2016.

En un restorán de París, el abogado de Maradona, los asistentes del abogado de Maradona, los allegados a los asistentes del abogado de Maradona, miraban las cartas que les habían acercado los mozos. Era uno de los restoranes más caros de París, y cuando hubo que pedir, Maradona, que nunca había mirado la carta, dijo:

—Una milanesa con papas fritas.

Eso dijo, sin haber mirado nunca –tampoco al hombre que se lo preguntó.

Maradona nunca se despierta solo.

Su abogado, o los asistentes de su abogado, suben cada mañana o cada mediodía a su habitación. Le avisan que en una hora tiene una reunión con el rey de Jordania. Le avisan que abajo lo espera Asif Kapadia, un director de cine inglés.

—Jamás puse un despertador —les avisó Maradona apenas se mudaron con él a Dubái.

Así que su abogado, o los asistentes de su abogado, suben cada mañana —o cada mediodía— a golpearle la puerta de su habitación.

Sentado a la mesa de un asado, agarró con una mano su chop lleno de cerveza, deslizó el cuerpo en la silla, tiró la cabeza para atrás; después apoyó el chop en su frente, cruzó los brazos, acomodó cada mano debajo de la otra axila. Era de noche en Buenos Aires y él se quedó así, a los 56 años, mientras algunos de los amigos de sus asistentes miraban el chop.

— ¡Diego! —gritó el alemán— ¡Diego!

Maradona, Rocío Oliva –su novia– y sus asistentes lo miraron: estaban caminando por las calles de La Habana, Cuba, cuando un hombre le gritó, se le acercó, le explicó que era alemán pero que había estudiado castellano por si alguna vez en su vida, como ahora le sucedía, se cruzaba con él.

En castellano, el alemán le explicó lo que había planeado: lo que quería hacer. De su muñeca se sacó el reloj. Se lo mostró: era un Rolex. Le habló otra vez.

—No, no… —lo interrumpió, agitando la mano derecha, Maradona— Los gustos en vida me los doy yo, papá. No, gracias, no —se alejó un poco—. Esperá… —le dijo— yo te voy a dar algo que no te vas a olvidar nunca en tu vida.

Maradona se acercó al alemán y lo abrazó. Después le pidió su cámara de fotos, el celular, lo que tuviera, y se la dio a uno de sus asistentes.

— Sacanos —le dijo, y lo volvió a abrazar.

 

Maradona le compró una patineta eléctrica a Rocío Oliva, su pareja, para moverse por la mansión en la que viven en Dubái.

Lo decían los diarios de Colombia, los diarios de Bogotá: a la una y media del mediodía, en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, en la capital, el presidente Juan Manuel Santos, el alcalde Gustavo Petro y el ex jugador de fútbol Diego Maradona encenderían una antorcha para simbolizar la búsqueda de paz entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Maradona viajó en una combi hacia el lugar. Lo acompañaron su apoderado y abogado, Morla, y dos asistentes más. Alrededor de 300 mil personas se reunían, mientras tanto, en las calles de Bogotá.

El evento, impulsado por la ex senadora Piedad Córdoba, se había bautizado “Marcha por la Paz”.

En un momento, la custodia policial equivocó el camino. La combi agarró una calle en la que había gente, mucha gente. Era cerca de la una del mediodía. Habían pasado unos minutos del embotellamiento y Maradona dijo:

—Volvamos.

Su abogado lo miró. Sus asistentes lo miraron.

Él dijo:

—Es tarde, me quiero ir.

Su abogado, sus asistentes, le dijeron que estaban bien de tiempo, que ya llegaban, que lo esperaba Juan Manuel Santos, el presidente colombiano, para darle el abrazo de la paz.

—Nos volvemos —ordenó Maradona—. Me quiero ir.

Al otro día, un sitio web de Colombia, Actualidad Panamericana, escribió: “La ex senadora Piedad Córdoba, principal promotora de la venida del ídolo, culpó a la Policía del hecho. Al parecer, policías impidieron el paso del vehículo que transportaba a Maradona. Una versión apunta a que el patrullero se negó a creer que ‘esa señora fuera Maradona’”.

A la una y media del mediodía del 9 de abril de 2015, el presidente Juan Manuel Santos y el alcalde Gustavo Petro encendieron en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación una antorcha que simbolizó la búsqueda de paz entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

 

—No —le dijo Maradona.

Su apoderado y abogado, Matías Morla, le había contado una oferta que le hicieron: una presencia en El Cairo, Egipto, a cambio de 250 mil dólares.

—No —le dijo Maradona—. A Egipto no.

Su apoderado y abogado, Matías Morla, le remarcó entonces dos cosas: que en el acto sólo había que estar media hora, y que eran 250 mil dólares, volvió a decirle, lo que le iban a pagar. Cuando Maradona le dijo nuevamente que no, Morla quiso saber:

— ¿Por?

—Hace calor. La última vez que fui casi me ahogo. No.

— ¿No? —hizo el último intento, Morla, que había vuelto a pensar en los 250 mil dólares, y se lo dijo—: Son 250 mil dólares, Diego. Media hora.

—Casi me ahogo, no. A Egipto no.

El hombre tenía puesto un traje hermoso, y cuando Maradona, Rocío, su abogado y sus asistentes se iban del restorán, desde su mesa le preguntó por favor si podía sacarse una foto con él.

— Sí, maestro —le dijo Maradona.

Entonces posaron, y cuando posaron, un segundo antes de que les sacaran la foto, el hombre que tenía un traje hermoso escuchó que Maradona le decía, bajito, al oído:

—Volvés a mirar a mi mujer como la miraste toda la noche y te rompo la cabeza.

El día recién comenzaba en Dubái y Maradona dijo:

— Quiero vivir en Abu Dabi.

A sus asistentes se los dijo, y se los dijo también a la tarde, y al otro día:

—Nos vamos a Abu Dabi. Quiero vivir ahí.

Es el nuevo sueño, que viene con un sueño más.

Maradona quiere comprarse una camioneta 4×4 –esas grandes: las patonas, dice– para andar, cada vez que le vengan ganas, por las dunas del desierto de la capital.

Sentada al lado suyo, Rocío Oliva, su pareja, le dijo:

—Dale, Diego, llevame a París.

Estaban en una cena con asistentes y amigos de los asistentes. Al rato, Rocío le dijo:

—Diego, ¿cuándo vamos a París?

Y al rato:

—Dale, Diego, quiero ir a París.

Y finalmente, mientras lo abrazaba:

— ¿Me vas a llevar a París o no me vas a llevar a París?

Después se paró, y como a su novio no le gusta que ella fume se fue hacia un patio. Allá, mientras él la miraba, sacó el atado de cigarrillos y un encendedor.

Abdalá Il bin Al Hussein es el rey de Jordania. Abdalá Il bin Al Hussein invitó a Maradona a compartir una tarde con él. Los planes: comer, tomar, charlar, dar una vuelta en helicóptero por Amán, la capital.

El helicóptero estaba a la entrada. Fue lo primero que vio Maradona, apenas llegó al palacio del rey.

—Ahí no me subo ni mamado —le dijo a su apoderado—. Yo me voy.

El helicóptero –parece– era insignificante, chiquitito. Y Maradona se fue, sin haber visto nunca al rey.

Mientras volvían, sin embargo, planeó un encargo: firmar una camiseta de la Selección argentina, dedicarla, enviarla al palacio de Abdalá Il bin Al Hussein.

Y entonces, apenas Maradona se baja el chop de cerveza, un asistente de su abogado se acerca a la mesa en la que están comiendo el asado y le apoya otro, llenito, apareciéndole por detrás.

— ¿Qué pasó, Diego? —le preguntó uno de los asistentes de su abogado. Maradona acababa de subirse a la camioneta con la que habían ido al boliche; estaba agitado, transpirado.

—Dos boludos gritaban “Manchester City, Manchester City”, y cayó un salame y me gritó: “¡Kun, Kun!”. Nah, fui y lo puse.

En Dubrovnik, Croacia, adonde habían ido a descansar después de haber visitado al Papa Francisco en Roma, la Policía se había metido entre el salame y Maradona, a la puerta del boliche, hasta que los logró separar.

Maradona vive en una isla artificial. A la espalda de su mansión está el Golfo Pérsico, una playa privada, el mar.

En uno de los sillones de uno de los livings de su casa había hecho una entrevista con un canal de televisión, y apenas terminaron, mientras charlaban, el productor le preguntó:

—Y, Diego, ¿es tranquilo acá?

Maradona los invitó a salir. El camarógrafo, el periodista y el productor caminaban con él por el fondo de su casa: la playa privada, el mar. De repente, Maradona se adelantó unos pasos, lo miró al productor, le dijo:

—Mirá.

De cara al mar, abrió las piernas, flexionó las rodillas, se hincó. Puso las manos, como un megáfono, en su boca. Miró a los periodistas, volvió a mirar el mar. Gritó:

— ¡Hola!

Maradona se paró otra vez. Todos lo miraban, esperando.

—Hoooola… —se escuchó, de repente, el eco. Maradona se puso al lado del productor; le dijo: — ¿Viste? No hay nadie acá.

Y volvió a adelantarse. El periodista, el camarógrafo y el productor iban detrás de él, que caminaba al lado del mar.