Sin lugar para los débiles

Sin lugar para los débiles

Sin lugar para los débiles

Cuando le anunciaron que su debut sería como cronometrista, Laura Fortunato se acordó de algo: nadie, en la AFA, le había dado el equipo reglamentario para trabajar. Doce años después, todo ha mejorado: ahora saca una amarilla y le gritan que es un parásito, que no puede dirigir. De 540 árbitros que tiene la Argentina, ella es una de las 15 que son mujer. Viajes interminables, sueldos que no alcanzan. Diario de un mundo invisible. El de los árbitros. El de una mujer.

Historia publicada en la Revista Don Julio #5 | Texto: Solange Levinton | Fotos: Idea Simone

 Desde el lateral de la cancha, el griterío de los jugadores resulta claro, descifrable:

— ¡Laura, mirá!

— ¡Laura, cobrale!

— ¡Bien ahí, Laura!

— ¡Laura, acá!

— ¡Laura!

— ¡Vuelvo a escuchar mi nombre y mando a todos afuera! —grita de pronto la árbitra –31 años, atlética, ojos verdes– y por un brevísimo instante, dos segundos a lo sumo tres, los 22 futbolistas –metro ochenta, pura fibra, endiablados– se callan.

Es un sábado de noviembre a las 8.50 de la mañana y en Temperley –sur del Gran Buenos Aires– el equipo local va a disputar con Lanús un partido de Reserva bajo un sol venenoso. En el vestuario para referís del estadio Alfredo Beranger coexisten dos bancos largos y blancos, una silla, un perchero, un mingitorio, un inodoro, un ventilador, una heladerita y un lavabo. Sobre la heladerita atiborrada de botellas de agua y Gatorade hay, gentileza de la casa, un plato con galletitas, un termo y saquitos de té.

Allí, a 22 kilómetros de su casa, Laura Fortunato se encontró una hora antes de que comenzara el partido con las juezas de línea, Clara López (26 años) y Jennifer Mendoza (19), para hacer el papeleo que exige la Asociación del Fútbol Argentino y verificar las condiciones del campo de juego. Laura, además, trajo a Guillermina, una amiga que conoció jugando fútbol amateur y que cada tanto la acompaña.

—Ojalá mañana llueva porque si no tengo un partido de femenino en Moreno a las 8 de la mañana. Es un quilombo. Yo soy de La Plata y para llegar me tengo que tomar un bondi a las seis menos diez. Hoy para venir me quedé en lo de una amiga que vive más cerca del tren —cuenta Clara, mate en mano, mientras completa los datos de los jugadores en una planilla.

—Vos tenés que empezar a hacer quilombo. Decir que te manden a lugares más cerca de tu casa o que te manden con personas de tu zona que tengan auto para que te puedan llevar. Si no, ¿cuál es el negocio? —le contesta Laura mientras se ata el pelo que lleva a la altura de los hombros en una cola de caballo. Es menuda y no supera el metro 65.

—Che, ¿si un número de DNI empieza con 34 millones cuántos años se supone que tiene la persona? —interrumpe de pronto Guillermina, acurrucada en un banco, investigando los documentos de identidad de los futbolistas que disputarán el partido mientras las otras tres chicas completan el papeleo. Lleva crocs, jean, remera y anteojos Ray Ban.

— ¿Por qué? ¡A verlo! —dice Clara.

— ¡Ojo, no me vayan a perder un DNI! —se queja Laura con sonrisa fastidiosa.

A las nueve, cuando comienza el partido, entre ambas plateas no suman más de cincuenta personas. Son hinchas de los clubes y familiares de los jugadores que palpitan los pases como si se tratara de una final legendaria.

Dentro de la cancha ellas tres son la excepción que confirma la regla. Jennifer y Clara, ambas pollera deportiva negra, camiseta ceñida y al tono con el logo de AFA en el bolsillo izquierdo y del sindicato de árbitros en el derecho, siguen el partido desde sus respectivos laterales. Laura, la única mujer que tiene puesto short, corre con determinación detrás de la pelota.

De pronto, luego de una jugada confusa y algo violenta, la árbitra hace sonar el silbato y saca al cuatro de Lanús una tarjeta amarilla.

— ¿Qué cobrás? ¡Burra! ¿Qué cobrás? ¡La concha de tu hermana! —se oye desde la deshabitada tribuna visitante.

—Cada vez hay más chicas como ella —comenta uno de los delegados de Temperley sentado al lado del técnico de su equipo mientras Laura, firme y acalorada como un hierro encendido, le advierte al jugador amonestado:

—A mí me bajás el dedito y te calmás. Te quedás tranquilito o te saco.

Si se le pregunta a Laura Fortunato por el origen de su vocación dirá que el arbitraje no le despertaba el interés más mínimo. Ni bien salió del colegio secundario en el San Bartolomé de Boedo empezó, porque aún no sabía qué quería estudiar, Administración de Empresas en la Universidad de Buenos Aires. Le bastó sólo un año en el Ciclo Básico Común para decidir que no quería pasar sus días “entre números y en una oficina”, así que se cambió al Profesorado de Educación Física en el Instituto Superior de Formación Docente 101 de Avellaneda.

—En mi casa nada que ver con el deporte —dice María del Carmen, su madre, sentada junto a Laura en un bar estándar de Parque Patricios—. Mucho menos con el fútbol. Yo no entiendo nada y a su padre tampoco le importa demasiado. Pero desde que era chica, mientras yo atendía el negocio de videojuegos con kiosco que tenía en La Boca, ella se iba a la calle, a Caminito, a jugar a la pelota con los chicos del barrio.

—Jugué en la calle hasta los 13 años —dice Laura. Es día de semana y está vestida con un jean, una remera apenas holgada y no usa una gota de maquillaje: su belleza –tan natural como involuntaria– se vuelve aún más singular cuando suelta su voz inesperadamente grave y de un ligero slang barrial—. Después, de adolescente, lo dejé porque andaba con mis amigas, porque no jugaba nadie y porque era raro que las chicas estuvieran en ésa. Hasta que un día, cuando tenía 18 y ya vivía en Barracas, pasé por al lado de una cancha debajo de la autopista donde estaban jugando un femenino y me tenté. Ahí empezamos en cancha de 11, después me pasé a futsal y después otra vez cancha de 11, hasta que una compañera me dice: hagamos el curso de arbitraje, va a estar bueno. Yo ya estaba haciendo el Profesorado y le dije que mejor no, que no me interesaba, pero como al final otras dos chicas se entusiasmaron dije, ya fue, lo hago con ellas. Y me anoté.

— ¿Cuántos años tenías?

—20.

—Y te gustó.

—Es que mientras hacía el curso en SADRA (Sindicato de Árbitros Deportivos de la República Argentina) me ofrecieron dirigir en pasantías, torneos de countries, amateur total, y me embalé. Una vez que lo terminé arranqué a hacer el ingreso en AFA.

—Yo creo que esta actividad le ha forjado ese temperamento que tiene de imposición –interviene la madre, que lleva el pelo castaño por debajo de la oreja y tiene ojos sonrientes– porque ella está siempre dando órdenes.

— ¿Se vive del arbitraje?

—Los árbitros cobran por partido. Sólo los que somos internacionales tenemos un básico que es como un sueldo fijo. No sé exactamente cuánto cobran los varones pero mucho más que nosotras. Un partido de femenino en el país son 800 pesos y uno de primera de hombre será, mínimo, 6.000 pesos. Con el arbitraje hoy estás pero mañana no sabés qué puede pasar, sobre todo porque se trabaja con el físico y una lesión te saca directamente de la actividad, entonces hay que tener un plan B.

Durante la semana Laura trabaja como coordinadora de docentes dentro de un programa del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y es profesora de educación física en un jardín de infantes.

—Si no sos árbitro internacional, económicamente la AFA no te conviene —dice Gabriela Coronel, referí de 24 años, quien a pesar de todo tramita su homologación allí. Explica—: Se gana más en torneos de countries, donde te llevás entre 1.000 y 1.500 pesos por partido, mientras que AFA te paga 600. Y si te llega a tocar Tucumán, te mandan 18 horas en micro, dirigís y te volvés a tu casa.

Lo cierto es que para el bolsillo del árbitro raso, en un principio la AFA ocupa el lugar de una changa. El incentivo es más bien simbólico: el prestigio de pertenecer, la épica de formar parte.

—Lo hacés porque te permite disfrutar de otras cosas, de hacer carrera, ser reconocida por tu trabajo, viajar —agrega Gabriela.

Durante los dos años que lleva obtener el título de árbitro existen sistemas de pasantías pagas para que los alumnos puedan adquirir experiencia.

—Cada lugar tiene su modalidad —dice Robi Echeverría, que además de árbitra es personal trainer—. Yo estudié en AFA y en el primer año practicábamos como cronometristas de futsal en partidos oficiales y nos pagaban 70 pesos por partido y 40 de viáticos. En segundo te puede tocar de árbitro en las distintas categorías de futsal que se designan según tus calificaciones. Ahí ya te pagaban 100 el partido.

Cuando se recibe, un referí puede homologar su título en AFA a través de dos exámenes: uno físico y otro teórico. Recién ahí pasa a formar parte del firmamento visible de árbitros que la Asociación puede solicitar para los distintos torneos.

—Otra es meterte en una liga —apunta Robi.

Así le llaman a los grupos informales de árbitros que se juntan para dirigir fútbol amateur.

—Las designaciones las hace el que organiza el campeonato o el que coordina esa liga de árbitros, que se queda con un porcentaje. Es como un símil AFA, pero trucho.

Allí, explica, cada partido de fútbol 8 en el barrio de Palermo, en Capital Federal, se paga 200 pesos y por uno de fútbol 11, 500.

—Lo bueno es que de ésos podés hacer cinco o seis en un mismo día. En AFA es uno solo y ahí, si no sos internacional o no dirigís Reserva, no pasás los 4.000 pesos por mes. En general, para vivir, tenés que hacer las dos cosas.

En la Argentina, hay 540 árbitros oficiales –sólo 15 mujeres– para los 15.000 partidos anuales que organiza la AFA.

Cuando le anunciaron la fecha de su debut, Laura corrió a comprarse una camiseta y un short porque no tenía ni la ropa reglamentaria. Su iniciación como árbitra de AFA sería como cronometrista en un partido de futsal en Alvear Club, un estadio pequeño cercano al Parque Avellaneda, en Capital Federal.

—Futsal maneja dos árbitros y un cronometrista porque se juega a reloj parado: cada vez que sale la pelota o se cobra una falta hay que parar el reloj. Cuando recién arrancás te dan estas funciones para que vayas entrando en clima y yo hasta ese día nunca había agarrado el silbato más que para alguna práctica, estaba verde total —recapitula.

Aquel día impreciso de 2005 –Laura no recuerda la fecha exacta– los nervios y la ansiedad la eyectaron hasta la cancha dos horas antes de que comenzara el partido. Llegó, se cambió y se quedó sentada esperando.

— ¿Y el árbitro? —le preguntó un delegado del club cuando faltaba media hora para el partido de Tercera y el árbitro, efectivamente, no llegaba.

—No sé ni quién es, yo vine para el otro, no para éste —contestó ella.

Media hora después el hombre volvió a acercarse:

—El árbitro no vino, vas a tener que dirigir vos.

—No, es mi primer partido recién, yo vine de cronometrista —respondió Laura.

—Quedate tranquila, te vamos a ayudar pero dirigís vos —le dijo el hombre.

Desde aquel día le tomó tres años convertirse en asistente internacional y seis en ocupar uno de los diez lugares que FIFA da a la Argentina para árbitros internacionales: tres mujeres y siete varones. Su trabajo la llevó a conocer Paraguay, Ecuador, Colombia, Brasil, Venezuela, Estados Unidos y Jordania, donde en 2016 se jugó la Copa Mundial Femenina Sub 17, el evento deportivo más importante en la historia del país y el primero de mujeres en un Estado árabe.

— ¿Qué es lo más difícil del arbitraje?

—Ser mujer —contesta Laura sin pensarlo un segundo.

Hace 21 años, el miércoles 25 de septiembre de 1996, en la sección Deportes del diario La Nación el periodista Mariano Obarrio titulaba: “La mujer que quiere dirigir a los profesionales”. En la nota contaba cómo una tucumana de 25 años, maestra mayor de obras, había conseguido que legisladores de distintas comisiones citaran al presidente de la AFA, Julio Grondona, a dar explicaciones al Congreso.

Florencia Raquel Romano había egresado en 1992 del Colegio de Árbitros de su provincia, donde llegó a dirigir partidos de Inferiores. Cuando pidió que la designaran a Primera División le aconsejaron que se olvidara. Entonces viajó a Buenos Aires, donde se egresó del curso del SADRA con el segundo promedio, pero tampoco consiguió que la AFA la aceptara.

En agosto de 1996 envió una carta documento pidiendo su incorporación en la nómina de árbitros profesionales y al no recibir respuesta inició una huelga de hambre en la puerta de la AFA por discriminación de género laboral frente a las cámaras de los noticieros.

En medio del revuelo mediático, Grondona simplemente declaró: “No es sensato que una mujer dirija un partido de fútbol entre hombres”.

Pero el martes 24 de noviembre de 1996 ante el plenario de comisiones el titular de la AFA desplegó un perfil más bien reflexivo: “No existe discriminación, lo que hay es un problema de mentalidad que tiene que cambiar. Les aseguro que la Asociación del Fútbol Argentino será justa con Florencia y nada va a impedir, si tiene capacidad, que ocupe el lugar que le corresponda”.

El cénit de su carrera fue el 18 de marzo de 2000 cuando dirigió el partido de Primera B entre Atlanta y Argentino de Quilmes. Aquel día sacó una tarjeta roja y siete amarillas.

—Florencia fue internacional, incluso intervino en torneos de Conmebol y FIFA. Luego, por la edad, dejó de serlo. Ha sido un claro exponente del arbitraje en Argentina a pesar de algunas cuestiones propias del machismo. Ella luchó e impuso su estilo —dice con tono pedagógico Carlos Coradina, 64 años, pelado, cejas anchas y grises, coordinador técnico del colegio de árbitros de la AFA.

— ¿Cómo se llega a ser  árbitra internacional?

—Vas subiendo de carrera por mérito, es como llegar a Teniente General. Para la mujer, en cambio, es más fácil porque pasa de un nivel femenino a internacional sin ir a Primera. El hombre tiene que pasar la D, la C, la B, el Nacional B… Para un hombre pueden ser 15 años de carrera.

— ¿Por qué la mujer no va a Primera?

—Por la idiosincrasia de los pueblos: en Estados Unidos el fútbol femenino lleva 50.000 personas a las canchas. Allá en la primaria las chicas juegan al fútbol.

— ¿Están en el listado de árbitros que evalúan para dirigir en Primera?

—Podrían estar.

— ¿No están?

—Quienes tienen poder de decisión no les creen. Hay chicas que te olvidás si son mujeres u hombres, ves árbitros en serio, es un desperdicio. Creo que no hay que cerrar la puerta a que la mujer pueda actuar en la alta competencia.

Aquel miércoles de diciembre de 2016 casi todas las calles y avenidas de la ciudad de Buenos Aires circularon a paso de hombre. Los trabajadores de las seis líneas de subte y el Premetro, que movilizan a diario a alrededor de 1.200.000 personas, declararon un paro en reclamo de mayores medidas de seguridad luego de que un trabajador, Matías Kruger, muriera electrocutado haciendo un arreglo en el taller de la línea H.

Esa noche Laura cruzó como pudo la ciudad, de Parque Patricios al bajo Belgrano, y a las ocho llegó puntual a Excursionistas, el estadio entre la distinguida Avenida del Libertador y los bosques de Palermo para un partido de Nacional B femenino entre el equipo local y Club Luján.

— ¿Las mujeres también le gritan cosas? —pregunto a Guillermina, quien nuevamente decidió venir a ver a su amiga.

—Son un excusado —responde sentada en la única tribuna habilitada aquella noche y donde coexisten unas treinta personas entre familias con niños, mujeres con mate, hombres con sánguches y novias con novios de ambos equipos.

— ¿Qué viste? ¡Decime qué carajo viste! —grita de pronto un hincha de Club Luján mientras ella cobra una falta—. ¿Cómo va a dirigir una arbitra mujer? —le pregunta luego con absoluta naturalidad a su novia y ella –campera roja con inscripción Fut-Fem Luján en letras blancas sobre la espalda y una pelota de fútbol tatuada en el gemelo derecho– con un levísimo gesto de indignación le responde:

—Bueno, no discrimines, boludo.

—Las mujeres pueden jugar, pero no dirigir –le explica él—. ¿Qué cobrás, inútil? ¡Qué mina parásito! ¡Cómo va a dirigir fútbol una mujer!

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