Diario del primer 9 que jugó con Messi

Diario del primer 9 que jugó con Messi

Diario del primer 9 que jugó con Messi

Todavía vive en Rosario. Le faltan algunas materias para recibirse de Licenciado en Administración de Empresas. Hace 14 años fue el goleador de la mítica 87 de Newell’s. La 10 la llevaba Messi. La 9, el hombre que cuenta esta historia, su historia: Diego Rovira.

Historia publicada en la Revista Don Julio #1 | TEXTO: Ignacio Fusco | FOTOS: Diego Rovira y Enrique Domínguez

Encerrarme en mi habitación, tirarme en la cama, colgarme a pensar, ponerme nervioso de tanto pensar.

Todas mis noches eran así. Hacía meses que todas mis noches eran así. Pero aquélla supe que no. Apenas me encerré en mi habitación supe que ya no.

Lo primero que hice fue abrir el placar. Una sola vez los había usado, nunca más. Me los había traído mi viejo desde Europa. Eran blancos. Unos enormes botines blancos.

Me senté en el borde de la cama y los empecé a lustrar. Los lustraba, los alejaba, los miraba, los volvía a lustrar. Fue una imagen sin metáfora, sin doble interpretación. Los lustré, los guardé en la caja, los acomodé en el ropero y lo dije, me lo dije, en voz alta, por primera vez: “No juego más. Se acabó: no juego más”

A mis viejos se los conté después de una cena. Más que contarlo, se los confirmé, porque algo ya intuían: “Dejo el fútbol”. Marzo del 2011: “Dejo el fútbol”. Qué bárbaro, dos años ya. Los dos me apoyaron, me bancaron, aunque mi viejo dijo algo obvio, que era una lástima, y la verdad que sí: él sabía cómo jugaba yo, él había sido quien me había visto una bocha de partidos, con el Leo, en Newell’s. El Leo: cada vez que lo veo me sonrío de las barbaridades que hace, qué animal. Como cuando le metió cinco goles al Bayer Leverkusen: ¿a quién se le ocurre meter cinco goles en un partido, y por la Champions League? ¿Y cómo hacés, además? En Newell’s ya era así, tal cual. Menos aceleración, menos explosión, pero igual. Aquella delantera era tremenda. El Leo de 10. De 7, Roncaglia. Roncaglia, sí. Rápido, tiraba muy buenos centros, me acuerdo. Bergessio, ponele. Una onda Bergessio, algo así.

Y arriba, de 9, yo.

La 87 de Newell’s. El equipo de Quique. Quique Domínguez, el padre de Seba, el que juega en Vélez, el central. Atajaba Juan Cruz Leguizamón, que ahora está en Central Córdoba. De cinco jugaba Lucas Scaglia, un monstruo. Pulpo, le decían. Ahora está en el Once Caldas, en Colombia. Rosso, hoy en el Brescia. Gerardo Grighini, que también jugó en Italia. Leandro Giménez, que después se fue a River, y otro Leandro: Benítez.

Leo, Roncaglia y yo.

—La 87 de Newell’s es invencible —se repetía. Jugamos todo el 99 y casi todo el 2000. Yo había llegado a Newell’s a mediados del 98. Mi primera práctica fue en el predio de Bella Vista, donde se entrena la Primera. Jugamos un amistoso contra Renato Cesarini. Ganamos como 7-0, una cosa así. Tres goles los metió un pibe chiquitito, rápido, hábil. Yo no conocía a nadie, pero fue el primero que me llamó la atención. Era el Leo.

Y así salían los partidos: 8-0, 7-2, perdíamos la cuenta. El Leo apilaba a un par y me dejaba mano a mano. Siempre era así. Yo tenía que mantenerme habilitado, paradito sobre la última línea del rival, y listo: mano a mano seguro. La otra era el bochazo: si se complicaba, cosa rara, Leguizamón, el arquero, me apuntaba a mí.

—Vos bajamelá —me pedía el Leo.

Imaginate: una cabeza les sacaba a los rivales yo.

En el 99 se jugaron tres torneos y los ganamos todos. Es más: hasta me acuerdo que ganamos todos los partidos también, algo así como 45, 15 cada torneo, una bestialidad; todos, bueno, menos uno: contra Central. Era el único equipo que nos hacía partido, aunque una vuelta, en Bella Vista, lo goleamos 4-0. No nos llegaban al arco, era muy raro que un equipo nos llegara al arco. Una vuelta, a uno de los ayudantes de Quique se le ocurrió que compitiéramos entre nosotros, para motivarnos. El Newell’s del primer tiempo contra el Newell’s del segundo tiempo. ¿El primer tiempo lo ganamos 3-0? Perfecto. ¿Y el segundo? ¿Cuatro? Entonces ganaba el Newell’s del segundo tiempo por 4-3. Era una joda. Con el Leo era una joda.

Las charlas entre los centrales rivales eran maravillosas:

—A este pibe no se lo puede parar.

—No.

— ¿Y qué hacemos?

—Y qué sé yo. ¿No dijiste que no se lo podía parar?

Tenían razón. Una vuelta, en un entrenamiento, un técnico de Newell’s me probó atrás.

—Mamá, me hacen jugar de seis y encima lo tengo que marcar al Leo. Ni de la pechera lo puedo agarrar. Y no le voy a pegar al Leo.

Pobre mi vieja, todavía se acuerda.

—Dale, Leo, dejate de joder, no corrás más —le insistía yo, mientras él se me cagaba de risa. Era divertido, el Leo. Jodón. Por esa época habíamos agarrado la costumbre de merendar en mi casa. Scaglia, Benítez, el Leo y yo. Nos juntábamos a jugar a la Nintendo. Lo que nos reíamos. Mientras mi vieja nos preparaba la merienda, nos preparábamos nosotros también: abríamos los cajones del ropero de mi habitación y nos vestíamos con mis camisetas del fútbol europeo. Mi viejo es médico, viajaba a congresos, esas cosas, y siempre me traía una camiseta: Barcelona, Manchester United, Real Madrid. Yo ni las usaba. De souvenir las tenía. Dos cajones llenos de camisetas. Y antes de jugar a la Nintendo, entonces, cada uno elegía una. Grighini se ponía la del Real Madrid, por ejemplo. Y el Leo, la del Barcelona. La de los 100 años del Barcelona, ésa que era mitad y mitad. La de Rivaldo, ¿no? Siempre hacía lo mismo: llegaba a casa y se iba a buscar la del Barcelona. Leo, con una camiseta mía. Parecía que se había puesto un camisón.

—Bueno, yo ésta me la llevo —me decía después, cuando todos ya habían devuelto la suya adonde correspondía: mi cajón.

Pero el Leo no:

—Dale, damelá.

Me lo pedía sonriendo, a unos pasos de la puerta de casa:

— ¿Sí?

Era mi única camiseta del Barça, mirá si se la iba a dar.

—Quiero saber qué va a pasar conmigo.

—Nada, Diego, ¿qué va a pasar? —me respondió uno de los coordinadores de Newell’s.

—Tengo una chance para irme a Tiro Federal. Ya me pidieron el pase. Quiero saber qué va a ser de mi vida acá.

—Te vamos a anotar en la lista de AFA. ¿Por?

Entonces llegó la lista. Y nunca estuve en esa lista.

Hasta ese momento había jugado siempre en la Liga Rosarina, pero en el 2009 me cansé. No me quedaba otra: tenía que irme de Newell’s.

—Ese es el 9 que jugó con el Leo —se decía en Inferiores, pero yo siempre arrancaba desde atrás. Sexta, Quinta, no importaba: Diego Rovira, al banco. La joda era que me daban una chance y la metía, o me ponían en los entretiempos, cosa rara, y la metía también.

—El típico nueve que se adapta al fútbol italiano —me definían en Newell’s.

Pero el día que no me anotaron en la lista, lo entendí: me tenía que ir. Con 22 años. Y sin pasaporte comunitario. Me fui a Suecia. Al Elfsborg, de la Segunda División. Me dieron la 12, como a Henry en su selección.

Nunca me había pasado: los centrales eran más altos que yo. Vivía peleando, pero me fue bien: cinco goles en nueve partidos. A mí me fue bien, porque al equipo no: descendió.

Entonces volví a la Argentina, y otra vez a entrenarme solo. Un contacto me había prometido una chance en la liga de Noruega:

—Vos quedate tranquilo, Dieguito, que algo va a salir.

Me ofrecieron pruebas en Almirante Brown, Morón: les dije que no. Yo quería una oferta de Primera. De Primera y de Europa, allá.

—Quedate tranquilo, algo va a salir. Apareció Sportivo Italiano: le dije que no.

Mientras, cursaba la Licenciatura en Administración de Empresa; menos mal: este año seguro me recibo, me faltan algunas materias nomás. Está bueno, me gusta. Me desarrollé en el área de negocios, aprendí, crecí. Entre el laburo y el estudio se me complicaba prenderme en algún partidito, lo último que jugué fue el Interfacultades, la única vez que desempolvé los botines blancos, aquellos enormes botines blancos. Pero anduvimos bien. El equipo perdía siempre y nosotros lo dejamos cuarto. Equipo peleador, corredor. Yo no hice muchos goles, jugué más retrasado, de asistidor. Me sirvió para moverme un poco, al menos. Además, fuimos el único equipo que le ganó dos veces al campeón.

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