Mushuc Runa

Mushuc Runa

Mushuc Runa

En la provincia de Tungurahua, en Ecuador, hay mucho más que sierras, mujeres que venden chicles o arroz en las esquinas y un volcán. Hace once años nació –en Ambato, su capital– el Mushuc Runa Sporting Club, el único equipo indígena del mundo en jugar en una Primera División. El único equipo del mundo que ha revolucionado la vida de su comunidad. Eso sí: tiene un solo jugador indígena, que no juega, y a sus hinchas no les interesa el fútbol. Viaje donjuliesco a un club espectacular.

Historia publicada en la Revista Don Julio #3 | Texto: Nicolás Rotnitzky, desde Ecuador | Fotos: Segundo López, Mushuc Runa Sporting Club y Rodrigo Buendía (AFP)

Lucas Ferreyra camina desde la línea lateral hasta el círculo central. Mira las vallas, cuenta pelotas y conos. No habla con nadie. Sus pasos son cortitos y rápidos: hoy es jueves y debe armar una buena entrada en calor porque el plantel hará el ensayo de fútbol definitivo para recibir el sábado a El Nacional. Esta mañana, Mushuc Runa se entrena en el estadio Neptali Libarona: a pesar de que los dirigentes le pidieron a la Secretaría de Deportes por el Bellavista, donde jugarán el fin de semana, la municipalidad de Ambato no se los prestó porque “lo estaban fumigando”. Sin embargo, el día anterior, Técnico Universitario, el equipo más importante de la ciudad a pesar de estar en Serie B, jugó un amistoso. La dirigencia de Mushuc Runa no lo sabía.

Ferreyra se acerca al banco de los árbitros. Ahí está sentado César Vigevani, el director técnico que, como Ferreyra, es argentino. Vestido con un equipo de gimnasia rojo, silbato colgado al cuello, escucha al preparador físico y asiente. Los jugadores se cambian en las tribunas; argentinos y uruguayos toman mate en el banco de suplentes.

El sereno del estadio aparece a los gritos:

— ¡Muevan el carro que está estacionado en la puerta, por favor! ¡No podemos sacar los vehículos!

—No jodás más. ¡Siempre nos quieren joder! No sacaré nada.

El que contesta es Carlos Campoverde, el entrenador de arqueros. “La municipalidad siempre está en contra nuestro. Siempre que pueden nos ponen trabas. Será porque somos un club indígena…”, le contará a Don Julio.

En el círculo central hay dos personas. Hablan por teléfono, comentan cosas en quechua. Se ríen. Visten camisa blanca y celeste a rayas, pantalón blanco, cinturón de cuero con una hebilla plateada y zapatos. No se acercan al cuerpo técnico. Son José y William, los utileros. Ellos, como todos los empleados administrativos y el presidente del club, son indígenas. Viven en la comunidad de Juan Benigno Vela, a media hora en auto de Ambato, la capital de Tungurahua y sede del equipo. Es una de las comunidades aborígenes más importantes de la región. Arriba, en los páramos, los pilahuínes –así se llama su tribu– trabajan la tierra. Cosechan cebollas, ajos, papas. Cazan Cuy, un roedor cuyo sabor es típico en Ecuador y Perú. José y William extrañan esa vida:

—La tierra la trabajábamos de ocho de la mañana a cuatro de la tarde y ya, uno se va fresco a la casa, cargábamos verduras y frutas, y ahora vengo a trabajar aquí, ¡chuta!, y si ahorita voy a cargar quintales, ¡chuta!, no avanzo nada y me duele todito. Ahorita salimos a las siete de la noche y tres horas más trabajamos: cargamos botellas de agua, lavamos chalecos, zapatos y a la tarde estamos con la Reserva —dice José.

El fútbol les permitió conocer Ecuador: antes de trabajar en el club, jamás habían salido de Ambato. Tampoco habían visto un partido en una cancha. El fútbol, para ellos, era simplemente un juego que jugaban en sus tierras.

Ahora es su medio de vida.

José y William aprendieron el oficio desde cero. Ferreyra y Vigevani los reunieron en la pretemporada. Les explicaron que los futbolistas no pueden usar la misma ropa en el doble turno, que las aguas tienen que estar frías, las pelotas infladas y los botines limpios. Que ellos deben almorzar antes que el plantel. Y los obligaron a llegar al entrenamiento con una hora de anticipación para tener todo listo.

Les explicaron, también, cómo se cobra el offside. William y José no se quejan de su trabajo. Pero hay días en los que no les gusta: “Cuando perdemos”, se sinceran con Don Julio.

Y en estos días en los que Mushuc Runa está hundido en el fondo de la tabla, trabajar es complicado.

En Ambato, a 2.500 metros sobre el nivel del mar, las caminatas son sostenidas. La mirada se puede fijar en el horizonte: no hay que levantar la cabeza para ver monumentos o edificios históricos. Por los oídos entran bocinazos, ruidos de autos que aceleran y se meten en alguno de los túneles que atraviesan la capital de Tungurahua. Al fondo, entre las sierras, edificaciones rodean la ciudad. Y más atrás, escondido, el volcán que le da el nombre a la provincia: Tungurahua.

Las mujeres indígenas, vestidas con atuendos largos, trenzas y sombreros, están en todas las esquinas. Sentadas en el piso, entre papeles y suciedad, venden chicles, cigarrillos y bolsas con arroz y pollo. Forman parte de un paisaje de cemento, con construcciones bajas, descoloridas, grises. En el aire flota un olor tentador: pinchos al carbón, una especie de brochette de carne representativo de la región andina de América.

Por la avenida Bolivariana, al costado del puente peatonal que pasa por encima de uno de los túneles principales y delante de las escaleras que bajan al centro de la ciudad, emerge el estadio Bellavista. Despintado, como si la falta de cuidado representara el interés de los ambateños por el fútbol, es la cancha donde los tres equipos de la ciudad son locales: Técnico Universitario, Macará –ambos juegan en Serie B, la segunda categoría del fútbol ecuatoriano– y Mushuc Runa, el único representante en Serie A.

Mushuc Runa Sporting Club nació en 2003, en la comunidad de Echa Leche, una región netamente indígena, al lado de Juan Benigno Vela. El club, conformado por pilahuínes, empezó a competir en torneos regionales, amateurs, contra otros grupos aborígenes de barrios aledaños. Salía campeón siempre. Y Luis Alfonso Chango, creador del club, tomó una determinación: profesionalizar el equipo.

En 2007, el Ponchito –por su vestimenta típica– arrancó en la tercera categoría del fútbol ecuatoriano. A los tres años, consiguió el ascenso a Serie B, donde se salvó del descenso por un punto. El campeonato siguiente subió a Serie A.

Desde la profesionalización, los indígenas se alejaron del equipo: no tenían jerarquía para competir en un nivel más alto. Como hace más de 500 años, llegaron los blancos. Sin embargo, Chango rompió el paradigma: ubicó indígenas en la dirigencia del club y limitó a los hispanos al campo de juego. Los pilahuínes, todavía hoy, se encuentran representados en el plantel por un jugador: Serafín Pandi, un volante ofensivo que forma parte del equipo desde su fundación.

Pandi jugó algunos partidos en Serie B. Desde el ascenso, ni siquiera se concentró: en los entrenamientos, sus centros se van por atrás del arco.

Para Chango, Pandi –más allá de ser su yerno– cumple un rol trascendental: es el ejemplo de que los aborígenes pueden formar parte de un equipo de Primera División. Chango afirma que el propósito de Mushuc Runa Sporting Club no es deportivo: es un proyecto social.

Y César Vigevani entiende el mensaje a la perfección.

Vigevani llegó a Ecuador en 2007 como enviado de River, donde trabajaba como técnico en las inferiores. Su objetivo era elaborar un convenio para hacer una filial ecuatoriana. Creó, junto a un empresario, Club Deportivo River Plate, en Guayaquil. Y no volvió a Buenos Aires: se quedó a dirigir el primer equipo. Estuvo dos años, donde consiguió un ascenso. Después pasó por Liga de Portoviejo e Imbabura, dos equipos de Serie B. Y lo llamó Chango.

Vigevani no sabía nada de él. Del club, solamente que lo había enfrentado y empatado.

Y que eran indígenas.

Se reunieron una tarde en el despacho de Chango. Vigevani se encontró con una oficina imponente: amplia, con una mesa de reuniones para diez personas, y muebles elegantes. Chango lo recibió vestido de camisa y zapatos. Vigevani le llevó su computadora. Le mostró sus intenciones. Chango lo interpeló:

—Mire, profesor, yo quiero un proyecto a largo plazo, a tres años. Casi desciendo y quedaron dos jugadores: Pandi y Cabeza. Se fueron todos. El primer año pretendo acomodarnos. Hacer una campaña mitad de tabla, tranquilos. El segundo mejorarlo un poco más. Y el tercer año, con todo armado y pulido, tirarnos al ascenso. ¿Qué le parece, profesor?

A Vigevani lo sedujo el desafío. Lo escuchó hablar de la construcción de un complejo y un estadio. Sabía que, si firmaba, Chango le daría la llave del club.

Y así fue.

El argentino le mintió en un punto: buscaría el ascenso el primer año.

Vigevani se encontró con un Chango enojado con los jugadores: no entendía cómo trabajaban dos horas por día, perdían y, encima, cobraban. Creía que un equipo de fútbol se manejaba linealmente, como su empresa. Así, cansado por el estrés de pelear el descenso, Chango se refugió en el nuevo técnico y se corrió del día a día del club. Vigevani armó su cuerpo técnico. Y puso una condición: llevar a un hispano –dirigente de Imbabura– para que fuera gerente deportivo del equipo. Chango aceptó.

El año del ascenso el equipo fue una maquinita; la primera rueda terminó puntero y ascendió cuatro fechas antes del final. A medida que los resultados se sostenían, la prensa empezó a mirarlos con más atención y dejaron de ignorarlos para ponerles la etiqueta de candidatos.

Sobre el final, Chango volvió a acercarse, ilusionado, ferviente. Y el día del ascenso, lloró. Los futbolistas dieron la vuelta olímpica vestidos con ponchos. Vigevani se puso una remera que decía “orgulloso de ser indígena”. Después de la fiesta en el Bellavista, se fueron a Echa Leche. Los esperaba un escenario con una banda en vivo, comidas características y bailes en la calle.

La mayoría de las personas que fueron al festejo no conocía al plantel. Pero celebraba: el éxito, más que deportivo, era social.

En Serie A, la situación cambió. El hispano que llevó César como gerente dejó el equipo: ya no soportaba trabajar con los indígenas; le hablaban en quechua y lo maltrataban. Para reemplazarlo, Chango puso a Manuel, un indígena. En la primera fecha, Mushuc Runa visitó a Emelec, en el Capwell, uno de los estadios más importantes de Ecuador. Chango no lo conocía: se sentó en el palco con un iPad a sacar fotos. Manuel llevó las camisetas: faltaban dos, la 17 y 18. Tuvieron que pintar los números con marcador.

El desafío para Vigevani, además, es convencer a los futbolistas de jugar en Mushuc Runa. El incentivo no es económico: el club posee –por lejos– el presupuesto más bajo de la Serie A. Sin embargo, con Independiente del Valle y Emelec, son los únicos que no tienen deudas y pagan al día. No son los sponsors los que llegan a cubrir los gastos de la institución, sino la billetera de Chango: él toma todas las decisiones; cada compra, por más insignificante que sea, necesita su aprobación.

—Esto es simple: nosotros le ofrecemos al jugador lo que podemos. Si le sirve, bien; si no, buscamos otro —le asegura Vinicio Guerrero, administrativo del club, a Don Julio.

Para incorporar jugadores, el estímulo es lo cultural.

—Les explicamos que es un proyecto más grande que lo deportivo. Acá lo que mueve es la posibilidad de hacer historia. Todo es histórico: primer partido en el Capwell, en la Casablanca, contra Barcelona. Cada victoria da la vuelta al mundo: somos el único equipo indígena en jugar una Primera División. Esto es cultural: traspasa barreras —le devela Vigevani a Don Julio.

Así llegaron Sebastián Blázquez –ex arquero de Colón y Belgrano, entre otros– y Federico Almenares –ex River, Belgrano de Córdoba y Basilea, entre otros también–.

El niño llega a su casa de trabajar muy preocupado. Ya terminó la jornada laboral: hizo los surcos para plantar cebollas, papas y ajos. Cobró sus cinco sucres. De todos modos, carga un malestar en el pecho. Tiene ocho años y es inquieto: en sus primeros viajes a Quito a vender ajo, le cuestionó al papá por qué los indígenas debían viajar en el fondo del micro, que estaba vacío. Él quería sentarse adelante. Pero el conductor no lo dejó:

—Ustedes saben dónde tienen que sentarse —retó el chofer al padre

Esa tarde de 1976, el niño se ve triste. Busca al abuelo. Se sienta con él. Y le relata una escena tenebrosa, una imagen que rompió su tranquilidad y lo dejó pensando: vio cómo un chico hispano de 13 años le pegaba a un indígena adulto, que agachaba la cabeza y se dejaba golpear.

— ¿Por qué? ¿Por qué pueden maltratarnos así? ¿Por qué nos pegan? —le preguntó Luis.

—Son hispanos, Luis. Son los patrones. Y él es hijo de un patrón. No podemos hacer más que aguantar.

Al niño le molesta la situación: convive con los hispanos –o mestizos, como los llaman–, juega al fútbol contra ellos y todos los partidos terminan igual: a las piñas. Él es el único de sus amigos que se defiende de los gritos de “indio”. Los demás, como aquél que lo conmovió, agachan la cabeza y se van. Lo dejan solo. Y Luis –el niño– vuelve a su casa lastimado.

En esos viajes a Quito, mientras su papá vendía ajo, él se sentaba en el piso, debajo de la mesa, a leer libros y periódicos. Soñaba con ir al colegio, como los demás chicos que jugaban al fútbol contra él. Pero su papá no lo dejaba: “Te van a pegar, hijo. Los blancos te van a pegar”.

Una prima de Luis lo escuchó y lo anotó en la escuela a escondidas del padre: a los siete años, Luis Alfonso Chango se convirtió en el primer indígena de Juan Benigno Vela en ir a la escuela. Asistía a clases vestido con su ropa representativa: ponchos, sombreros. Los compañeros se los sacaban y tiraban al suelo. Y él –otra vez– se defendía con los puños.

El niño encontró un medio de inclusión: el deporte. Era el más rápido de la clase y, por eso, representaba a su colegio en competencias intercolegiales. Todos corrían en zapatillas; Luis, descalzo.

En el fútbol se destacaba, también: era el goleador del curso.

Los profesores empezaron a tenerle cariño. Los compañeros dejaron de molestarlo. Y Luis Alfonso Chango fue el primero de su comunidad en terminar el secundario.

El niño creció y subió escalones en el estrato social: fue secretario de la tenencia política en su comunidad, presidente de la junta administradora de agua potable, líder en la comunidad de Echa Leche y se recibió de abogado. De todos modos, sentía que los indígenas, para progresar, tenían un techo: los bancos. Cada vez que iban al banco, saludaban con la mano del lado de adentro del poncho porque los blancos evitaban el contacto físico. Conseguir un crédito era imposible. Entonces, en 1995, Chango tuvo una idea: crear una cooperativa indígena para facilitarles préstamos a sus vecinos. Pretendió armar la entidad en su comunidad. Pero, en una asamblea, la otra agrupación política con la que convivían en Echa Leche le robó el proyecto. Y no le permitió trabajar en su tierra. Chango se fue a implementar el sistema a Ambato, la capital.

Aunque además de él sólo dos hombres aportaban plata, alquiló una oficina mínima en el centro de la ciudad y llevó 38 socios, una mesa vieja, seis sillas y una máquina de escribir. Y le pusieron nombre: “Mushuc Runa”.

Las aspiraciones de Chango superaban lo económico: allí trabajarían nativos, las ropas típicas serían sus uniformes y se hablaría quechua, su lengua originaria. Les enseñaría a las comunidades que endeudarse no es un pecado como ellos creían, sino una manera de desarrollarse.

Chango quería que los indígenas dejaran de preocuparse solamente por vivir, comer, trabajar y dormir. Deseaba que tuvieran sueños. Que planificaran. Que lograran tener una vida como el blanco sin olvidar sus raíces, tradiciones y orígenes. Por eso, el nombre: Mushuc Runa, en quechua, significa Hombre Nuevo. Chango quería un indígena diferente, con otro autoestima; de mirada firme y sostenida, cuya mentalidad fuera distinta, “más adaptado al mundo globalizado de estos días”, le afirma a Don Julio.

Mushuc Runa –como el niño Luis– también creció y se transformó en una de las cooperativas más importantes del país con 170.000 socios, 43.000 préstamos y el manejo de 170.000.000 de dólares. Posee ocho oficinas en todo Ecuador y 182 empleados, de los cuales 170 son aborígenes.

—Ahora los indígenas tomamos decisiones. Venimos a trabajar, manejamos carros. Durante estos 15 años, los indígenas, aquí, cambiamos más que en los últimos 500. Y yo tengo bastante que ver con eso —dice Chango, mientras sonríe con su dentadura blanca y prolija, e infla el pecho.

No obstante, para abarcar una inclusión social completa, faltaba una pata: el deporte.

Para demostrar que los indígenas también podían con el fútbol, para darles una salida deportiva a los jóvenes de su comunidad y que todo el país conociera sus costumbres, nació Mushuc Runa Sporting Club.

Los colores del club representan las tradiciones pilahuínes: el blanco, que predomina en el uniforme, representa la pureza; el rojo, la sangre que llevan, y el verde la esperanza de la tierra productiva. Los tres están en el poncho tradicional, vestimenta con la que Serafín Pandi luce en los folletos de la cooperativa, de la que es modelo.

Chango comenzó las construcciones de un estadio para 6.000 espectadores y un complejo de entrenamiento en Echa Leche para que los oriundos disfruten del equipo en su tierra. Sin embargo, para él, el proyecto apenas empezó:

—Tenemos que tener un indígena en la selección ecuatoriana, un jugador que viaje con su ropa autóctona y hable quechua.

Mushuc Runa no ganó en ninguna de las primeras cuatro fechas del campeonato del 2014. Algunos periodistas le dijeron a Chango que era un perdedor. Que su equipo era un fracaso. Pero él no coincidió:

— ¿Perdedor? Yo logré que vos, hispano, sepas qué significa Mushuc Runa. Ya con eso gané.

Empezaba la temporada. Chango invitó a todo el plantel y cuerpo técnico a una parrillada. Vigevani, entusiasmado, terminó el entrenamiento y fue, como hacía en Buenos Aires, a ver el ritual de la carne cocinándose. La parrilla estaba apagada. Un empleado del club prendió el fuego, asó la carne vuelta y vuelta y, veinte minutos más tarde, todos tenían un pedazo en el plato. Cubiertos, no: se comía con la mano.

Chango les dio un discurso a los jugadores. Pretendía motivarlos para la Serie A, el desafío viniente:

—Quiero que salgamos campeones —arrancó embalado—, participemos en la Copa Libertadores, la ganemos y, después, ganar el torneo ése que juegan en Europa…

Silencio. Los jugadores se miraron entre sí.

— ¿La Champions, presi? —consultó el Zurdo López, uruguayo y capitán del equipo. —¡¡Sí!! ¡¡Ésa!! ¡¡La Champions!!

Es sábado y el Bellavista se impregna de rojo. Los vendedores ambulantes son una plaga y ofrecen remeras de El Nacional, rival de esta tarde, que trajo cerca de cinco mil hinchas. A los del Mushuc se los reconoce por sus ponchos: para los locales, la indumentaria del club no es la insignia.

Grupos de amigos, hombres, mujeres y chicos, se encuentran en la puerta de la tribuna. Hablan en quechua y no parecen analizar al rival, ni criticar al técnico por los cuatro partidos sin ganar. Parecen en una reunión social amena; el fútbol es la excusa para reencontrarse.

En los altoparlantes suena una especie de himno del Ponchito: “Con respeto a las culturas/ negros, mestizos y blancos/ ricos y pobres/ orgullo nacional/ Con diversidad cultural/ pasión e identidad/ raíces ancestrales de la ecuatorianidad”.

Se escucha saturado y la letra apenas se distingue. Cuando termina, vuelve a empezar: lo hará hasta que comience el partido.

Mientras los jugadores entran en calor en el campo de juego, Chango, con poncho puesto, los acompaña. Le cae una pelota. La pisa. Se concentra. Hace dos jueguitos. Sale de la cancha y se ubica en el palco con su hijo.

Cuando el equipo sale a la cancha, se percibe un “eeeeeh”, predominado por gargantas sin nueces de Adán. La popular está al 30%, sin embargo, cuatro hinchas tocan el bombo. Se sienten. Los demás miran sentados.

En el debut de César Vigevani, a principios de 2013, había cien personas en el estadio. Hoy serán ocho mil. El ascenso del interés popular fue al compás de los buenos resultados que el equipo tuvo en 2013. Ahora, cuando Ferreyra va a cobrar su sueldo a la Cooperativa, la cajera le pregunta: “¿Cuándo vamos a ganar, profe?”.

Vigevani está afuera de la cancha: lo expulsaron en la visita a Liga de Quito. Se agarra del alambrado, le da indicaciones a Ferreyra, habla con otra persona que está al lado de él. Confía en que esta tarde, quizás, la suerte cambie: para ayudarla, se mudaron de vestuario. Entre los once, la esperanza está depositada en Carlos Quintero, Pichón, el nuevo refuerzo, que hará su debut.

Quintero llegó de Barcelona de Ecuador. Ante la competencia de delanteros, Carlos Ischia, técnico del Canario, lo dejó libre. Después de una negociación fugaz, se incorporó al Mushuc Runa. Quintero firmó su contrato el lunes. En un parque, antes de entrenar. Adentro de un auto.

Mushuc Runa no se caracteriza por su juego vistoso, tampoco por su rigidez defensiva. Desde el arco, Blázquez permite que el empate se sostenga. A Quinteros le cae un centro pasado. Queda solo. La gente estalla: se oye un grito ensordecedor que, lejos de alentar al jugador, o desconcentra y asusta. Quintero tira la pelota por arriba. Al rato, otro balón aéreo para la nueva figura. Las gargantas se desgarran, como si el sonido esforzado de sus voces ayudara a la pelota a entrar. El moreno salta. Cabecea en soledad. Afuera, otra vez. Los gritos son la banda de sonido de cada ataque local.

Hasta esta fecha, Mushuc Runa convirtió dos goles en cinco partidos.

Y no convertirá esta tarde: perderá 1-0.

Cinco minutos antes de que termine el partido, los hinchas se irán. No insultarán, no habrá reproches al plantel. Hará un rato que el bombo se encontrará en silencio, expresando el desánimo de los hinchas. Y se irán en filas, sin sacar ninguna bandera, a paso lento porque no perderán ningún colectivo, hasta sus comunidades.

Se darán vuelta. Mirarán la pantalla del estadio, que lucirá noventosa. Verán una inscripción en quechua: Mushuc Runa. Dirá que perdió. Pero, a pesar de eso, se irán contentos: en Ecuador, el fútbol entiende su idioma.

Nota: el 1° de abril de 2014, Vigevani dejó de ser el técnico de Mushuc Runa. La salida fue de común acuerdo con Chango. En once partidos cosechó ocho puntos, con dos victorias, dos empates y siete derrotas. El 4 de abril, Julio Asad, otro argentino, asumió el cargo.

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *