¿Quién quiere ser Eric Murangwa?

¿Quién quiere ser Eric Murangwa?

¿Quién quiere ser Eric Murangwa?

| Murangwa, con niños de la Academia de Nyanza, en el sur de Ruanda |

 

 

Pudo haber sido una de las 500 mil personas asesinadas por el genocidio de Ruanda, pero su oficio lo salvó: Eric Murangwa era el arquero del Rayon Sports, el equipo del que era hincha el soldado que lo iba a matar. Estamos en 1994. Fugas, muerte, fútbol y traición en la matanza más tremenda de los últimos 20 años.

Historia publicada en la Revista Don Julio #1 | Texto: Federico Bassahún| Fotos: Eric Murangwa y AFP

 

Eric Murangwa ya sabía por qué los cinco soldados que estaban delante de él habían derribado la puerta de su casa y le apuntaban con sus rifles.

Dos días atrás, el 6 de abril de 1994, salía del restaurant Baobab cuando escuchó al guardia de seguridad contarles a otros clientes que también salían que había oído una explosión y visto una bola de fuego en el aire. Cerca, decía, del Aeropuerto Internacional Gregoire Kayibanda.  Murangwa ni se detuvo: las explosiones de granadas y las balaceras eran diarias en Kigali, la capital de Ruanda. “Vamos, no perdamos el tiempo”, le dijo a su compañero de departamento, Athanase, que había cenado con él. Estaba cansado y se quería ir a dormir.

“No sabía – le cuenta, 19 años más tarde, a Don Julio- que desde ese día no volvería a ver a muchos amigos, colegas y, sobre todo, familiares.”

A las cinco de la mañana, Murangwa se despertó aturdido: las balaceras y las explosiones venían de abajo, de la calle. Asustado, se levantó y sintonizó Radio France International. Entonces escuchó la noticia: el presidente de Ruanda, Juvenal Habyarimana, había sido asesinado. El avión en el que viajaba junto al presidente de Burundi, Cyprien Ntaryamira, estaba por aterrizar cuando fue derribado por un misil.

Relatan los periodistas franceses Gabriel Peries y David Servenay en el libro Una guerra negra: “El avión estalla en los jardines de la residencia presidencial, situada justo al lado del aeropuerto (Gregoire Kayibanda). Son las 20.23. Los primeros testigos son los hijos de Juvenal Habyarimana. En el jardín descubren el espectáculo macabro de los cuerpos carbonizados, irreconocibles debido a la violencia del impacto. El hijo mayor tiene el extraño reflejo de tomar fotos de la escena. Más tarde, Jean-Luc Habyarimana venderá sus imágenes a la revista francesa Jeune Afrique. A partir de las 21, el genocidio se pone en marcha en las calles de Kigali”.

Los colonizadores belgas habían dividido a los pobladores de Ruanda en hutus, tutsis y tuas, pese a que no había diferencias idiomáticas ni culturales ni aun históricas entre ellos. La minoría tutsi (15 por ciento), sin embargo, sojuzgó a la mayoría hutu (84 por ciento) con la aquiescencia de los colonizadores belgas, que establecieron en 1935 la obligatoriedad de una cédula de identidad en la que se especificaba la etnia.

| Refugiados en Gitarama, Ruanda, mayo de 1994 |

En 1962, Ruanda se independizó de Bélgica.

Los hutus habían llegado al poder.

Habyarimana era hutu.

Murangwa, tutsi.

No bien amaneció, Murangwa fue a la casa de su familia. Cuando llegó, su padre lo reprendió: le dijo que era peligroso salir a la calle. Pero su madre le pidió que le hiciera un favor antes de volver a su casa: que rezara con ellos para pedirle a dios que los protegiera. Murangwa pensó que exageraban.

Había aprendido lo que era la discriminación ya desde niño, cuando en la escuela los hacían formar, a él y a sus compañeros, en dos filas, una por etnia, y debían, además, llevar su Fiche Scholaire, la identificación para diferenciar etnias que tenían los alumnos hasta que cumplieran 18 años y recibieran la cédula de identidad.

“Aun así, nunca me imaginé el terror que se desataría en Ruanda.”

De vuelta en su casa, prendió radio Ruanda y escuchó que el gobierno había prohibido las reuniones de dos o más personas y ordenado a los ciudadanos no salir de sus casas.

Murangwa y Athanase cerraron la puerta con llave.

Pero a los cinco soldados que tenía ahora delante de él no les importó.

Eran las dos de la mañana del 8 de abril de 1994.

¡¿Dónde tienen escondidas las armas, cucarachas?!  — les apuntó, con su rifle, un soldado.

—No tenemos armas. Somos jugadores de fútbol — le contestó, tembloroso, Murangwa.

—Ah, ¿sí, cucarachas? ¿Dónde?

—En el Rayon Sports. Yo soy el arquero.

—Yo soy hincha del Rayon Sports, cucaracha, y no te conozco.

—Acá está el pasaporte. Acabo de viajar a Sudán a jugar un partido por la Champions League.

¡No te creo! ¡Prueben que son jugadores o los mato!

¡¿Quiénes son todas estas cucarachas?! —le gritó otro soldado, que había entrado  su habitación a revisar si había armas escondidas y salido de allí con un álbum de fotos.

—Mis compañeros del Rayon Sports —respondió Murangwa, que le señaló una fotografía del equipo al soldado que decía ser hincha—. Y yo.

—¡Es cierto: miren, es Toto! ¡Totooooo!

“Toto” significa “chico”, y así lo apodaban a Murangwa desde que era alcanzapelotas en los partidos del Rayon Sports. Años más tarde, llegaría a ser el arquero del equipo del que, él también, era hincha, desde los cinco años. Debutó contra el club de su pueblo, Rwamagana FC, por la Copa Presidente Habyarimana. Ese día, Rayon Sports ganó 6-0, con un gol de él de penal.

“Era Toto”, le repetía el soldado hincha del equipo a los otros mientras se iban.

En la puerta, encontrarían al portero del edificio.

Le exigieron que se identificara.

El portero no pudo.

Y lo asesinaron.

Tenía 17 años.

Le faltaba uno para recibir su cédula de identidad.

| Con la selección de Ruanda contra Zanzíbar, en 1995 |

 

A la mañana siguiente, Murangwa fue a escondidas a la casa de sus padres: quería ver si ellos y  cuatro de sus cinco hermanos, que estaban allí, seguían vivos. Lo estaban.

Recién días más tarde se enteraría de que su hermano menor, Irankunda Jean Paul, de siete años, no aparecía. Estaba de vacaciones en la escuela y había ido a la casa de John, el hijo de un primo de su padre que era enfermero en el hospital psiquiátrico Ndera.

Irankunda Jean Paul y John siguen desaparecidos.

En total, 35 parientes de Murangwa morirían durante el genocidio.

| Con el Rayon Sports |

 

El Movimiento Republicano Nacional para la Democracia y el Desarrollo, el partido de gobierno, había culpado a los rebeldes del Frente Patriótico Ruandés, que lo combatían desde el 1° de octubre de 1990, por la muerte de Habyarimana (que, por cierto, nunca se atribuyeron ni nunca se esclareció) y había ordenado a la ciudadanía que matara a los ibyitso, “los cómplices del enemigo”: a los tutsis y los hutus colaboracionistas con el Frente Patriótico. Leon Mugesera, un profesor  universitario que pertenecía al partido de gobierno, hasta llegó a alentar a los hutus a enviar a los tutsis de vuelta a Abisinia, ya entonces Etiopía, de donde venían, según la invención de los  colonizadores belgas. Pero pedía que lo hicieran por “la vía más rápida y corta”, el río Nyabarongo, donde cientos de tutsis serían arrojados, inclusive vivos.

 

| Con su gorra, homenaje al arquero camerunés Bell |

Murangwa dejó la casa de su familia y se refugió en la de cuatro compañeros del Rayon Sports que vivían en la misma cuadra.

Pensó que allí estaría a salvo.

Se equivocó.

Cuando atajaba, Murangwa vestía siempre un gorro porque así lo hacía su ídolo, el arquero camerunés Antoine Bell.

“Usarlo en todos los partidos – le explica a Don Julio- era lo que me distinguía. Pensé que tenía estilo. Pero un día me contaron que Bell no lo usaba por eso. Resulta que él jugaba en Francia, y la mayoría de los partidos allí se jugaba por la noche, y él se ponía un gorro para proteger sus ojos de los reflectores. Al final, usar un gorro casi me cuesta la vida.”

Estaba en lo de sus compañeros cuando tres Interahamwe, que eran los soldados del gobierno, entraron a buscarlo. Lo acusaron de faltarle el respeto a Ruanda y de apoyar al Frente Patriótico por no haberse sacado el gorro durante el himno nacional en la previa del partido por la Champions League africana entre Rayon Sports y Al Hilal, de Sudán, el viaje del que le había hablado al soldado que no lo quiso matar.

Pero los Interahamwe estaban desencajados.

Uno le pegó un culatazo en la cabeza.

Otro le disparó sin puntería.

Y un tercero discutía con su primo, Misili, uno de los cuatro compañeros de equipo de Murangwa.

Al final, los soldados se fueron.

Habían dejado a Murangwa.

Tirado en el piso. Ensangrentado.

Los misioneros cristianos – ya en el África, ya en América tres siglos antes – no iban a la zaga de los colonizadores : ellos también lo eran. En Ruanda, incluso, llegaron a deponer en 1931 al rey Musinga, que hacía 35 años que estaba en el trono, porque no se quería convertir al catolicismo. (La evangelización, por lo demás, nunca fue una amable invitación a la conversión.) La deposición fue llevada adelante por Leon Classe, misionero francés que era la cabeza de la Iglesia Católica de Ruanda, y se la ofrendó a los reyes de Bélgica.

También en los ’30, los misioneros introdujeron el fútbol en Ruanda. Al principio, se jugaba en las escuelas católicas, pero más tarde, ya declarada la independencia, se popularizaría a través de los señores feudales de las provincias, e incluso de las fuerzas armadas (ejemplo: Panther Noir, el club de la Guardia Nacional, que se disolvería en la previa del genocidio).

Kiyovu Sports y Rayon Sports eran los dos equipos más populares.

A partir de 1980, al Kiyovu Sports, un club fundado por intelectuales tutsis, lo controlaría el partido del gobierno hutu, el Movimiento Nacional Republicano para la Democracia y el Desarrollo, a través de su secretario general, Habimana Bonaventure. Los jugadores del equipo eran, si no funcionarios del gobierno, miembros del partido. En 1994, al club lo presidía Francois Karera, un ex alcalde de Kigali que sería condenado por genocidio.

No sería el único.

Al Rayon Sports, el equipo para el que atajaba Murangwa, lo había fundado Donat Murego en 1964. Murego debió dejar la presidencia en 1981, cuando lo sentenciaron a 20 años de cárcel por participar de un golpe de Estado fallido contra Habyarimana. Murego no era un cuatro de copas: era el presidente de la Corte Suprema de Ruanda y el consejero legal del mismísimo Habyarimana.

Murego salió en libertad antes de terminar su condena.

Para colaborar con el genocidio.

“Era una persona a la que yo respetaba mucho. Era, para mí, una persona honorable, además. Pero todavía lo recuerdo en entrevistas radiales llamando a los hutus a atacar a los tutsis”, relata Murangwa durante la entrevista con Don Julio, que incluyó, además de conversaciones, la reconstrucción escrita, por parte de él, de los diálogos y de su anecdotario; en total, escribió 28 páginas de Word.

“En otros clubes de Ruanda -agrega – hasta hubo casos de jugadores asesinados por sus propios compañeros, pero yo también tuve suerte en eso: los míos cuidaron de mí. En particular, les debo mi vida a mi compañero Longin Munyurangabo y a un dirigente del Rayon Sports.”

Munyurangabo estaba de novio con una tutsi. Como temía por su vida, le dijo de huir. Lo hicieron. Salieron de Kigali, pero soldados de la Fuerza Ruandesa de Defensa los detuvieron en la provincia de Ruhengeri. De allí era el club Mukungwa Sport, presidido por el gobernador de Ruhengeri, Protais Zigiranyirazo, alias Míster Z. “Este hombre – sostiene Murangwa – llevó el miedo y la intimidación al fútbol. Encarceló jugadores rivales y árbitros.” Los soldados  reconocieron a Munyurangabo y lo increparon, además de por salir con una tutsi, por haber declinado una oferta del Mukungwa Sport a fines de los ’80.

Lo mataron a balazos.

Y apuñalaron a su novia, y la arrojaron al río.

Ella, sin embargo, sobrevivió, y le relató, en persona, la historia a Murangwa.

El dirigente del Rayon Sports era, también, un soldado de los Interahamwe. Murangwa lo sabía, pero confió en él por consejo de Munyurangabo. El dirigente organizó la salida de Murangwa del barrio Nyamirambo, donde vivía, al cuartel general de la Cruz Roja y, más tarde, al Hotel Mil Colinas.

El gerente del Hotel Mil Colinas era Paul Rusesabagina, interpretado en 2004 por Don Cheadle en la película estadounidense Hotel Rwanda. Allí se relataba “la historia real” de Rusesabagina, un hutu que asiló a 1.200 tutsis en el hotel y así les salvó la vida. “No me gustó para nada la película – le explica Murangwa a Don Julio- porque era muy hollywoodense y, además, porque no es verdad lo que cuenta: Rusesabagina no fue un héroe y no hizo nada por salvar nuestras vidas. Lo conocí cuando me alojé ahí y no se parecía en nada a la versión de la película. Hotel Rwanda es una ficción. No fue gracias a él que sobreviví, sino por la ayuda del dirigente del Rayon Sports”.

El dirigente de Rayon Sports todavía cumple su condena en una prisión de Kigali por cómplice del genocidio que masacró a, según estimó Human Rights Watch, medio millón de ruandeses en 100 días.

En julio de 1994, el genocidio contra los tutsis llegó a su fin: el Frente Patriótico había triunfado por las armas. Murangwa, que se había escondido en Bugesera, al sur de Ruanda, volvió a Kigali.

“Me propuse – cuenta – reconstruir al Rayon Sports. Tal vez haya sido por lo que había vivido durante el genocidio, que me sentí en deuda con mis compañeros de equipo, que me habían ayudado a sobrevivir.”

En noviembre, Murangwa les propuso a los futbolistas del Kiyovu Sports, el clásico rival, jugar un amistoso.

Iba a ser el primer partido de fútbol tras el genocidio.

El Kiyovu Sports había perdido tres futbolistas – Gukuni, Remera, Pilote – pero podía, según le anunció el entrenador Aloys Kanamugire, presentar al equipo. No así el Rayon Sports, que tenía apenas seis futbolistas que no habían muerto o huido de Kigali: Byungura, Puma, Kazanenda, Hamudini, Josime y el propio Murangwa.

La Association des Anciens Footballeurs du Rwanda estima que las personas relacionadas al fútbol – jugadores, entrenadores, dirigentes, árbitros – fallecidas durante el genocidio fueron, mínimo, 34. Mukura Victory Sport, un equipo del sur de Ruanda, fue el club más diezmado : el entrenador, Karoli Sitaki, y seis futbolistas fueron asesinados. Algunos de ellos, cuenta Murangwa, por sus propios compañeros.

Murangwa debió pedirles a futbolistas de otros equipos que jugaran para el Rayon Sports. Para practicar, el equipo reforzado eligió el estadio Mumena, donde días atrás habían combatido los rebeldes del Frente Patriótico y las Fuerzas Armadas leales al gobierno. Había, todavía, minas en la cancha, y el pasto estaba alto. Murangwa y sus compañeros incendiaron la cancha para detonar las minas que estaban enterradas. Recién entonces se pudieron entrenar.

Menos suerte tuvieron los jugadores del Kiyovu Sports.

“Una vez, debimos detener un entrenamiento cuando alguien que estaba allí mirando fue a buscar una pelota, se tropezó con dos minas enterradas al lado de la cancha y murió. Entramos en pánico y salimos corriendo a buscar a un soldado para contarle lo que había pasado”, le dijo, en abril de 2012, Nuru Munyemana, que ese día se entrenaba con sus compañeros en el estadio Tapis Rouge, al diario The Rwanda Focus. La Comisión de Desminado no había sido creada aún. “Lamentablemente, al otro día – contó Munyemana- nos enteraríamos de que otra gente desafortunada, que estaba ahí para recibir comida, había salido herida también por pisar minas.”

En realidad, había minas enterradas en toda Kigali: el tío de Murangwa, que hacía 20 años que se había exiliado, perdió una pierna no bien volvió a Ruanda.

Kigali estaba en ruinas y había miles de cadáveres en las calles.

Sin embargo, el partido – con la presencia de la alcaldesa de Kigali, Rose Kabuye, que había colaborado con la organización – se disputó en agosto, un mes después del genocidio, en el estadio Nyamirambo, que estaba lleno.

“A pesar de las heridas abiertas – recuerda Murangwa -, hutus y tutsis asistieron para alentar a sus equipos por primera vez tras el genocidio. Ese día, el fútbol sirvió para unificar y dar speranza.”

Había una sola pelota.

Y Kiyovu Sports ganó 3-1.

Murangwa vive con su compañera y su hijo de ocho años en Londres.

“Como sobreviviente del genocidio era difícil para mí, mentalmente y también por seguridad, quedarme en Kigali. Por eso decidí mudarme.”

Lo hizo en 1997.

En Londres, además de manejar una empresa de transporte, preside una organización creada por él en 2010, Football for Hope, Peace and Unity, “para promover la reconciliación entre los ruandeses y prevenir tragedias como la de 1994”. A través de ella organiza en Londres sesiones de entrenamientos, informales y diarias, para los niños y ancianos ruandeses de la diáspora. Además, desarrolla la iniciativa One Game, One People en Ruanda, que promueve, en alianza con todas las escuelas del país, el fútbol entre los niños. Viaja tres veces al año a Ruanda para monitorearla en persona.

“Porque el fútbol, en definitiva, fue lo que salvó mi vida”, justifica Murangwa, que en los partidos con los niños – bien en Londres, bien en Kigali- se saca las ganas, se pone los guantes y vuelve a atajar.

Siempre como Bell, con un gorro puesto.

| Murangwa, hoy, en Londres |