La vida del último Messi normal

La vida del último Messi normal

La vida del último Messi normal

Un hombre de 29 años que es supervisor en una fábrica tiene un hijo, el tercero de la familia. Él se llama Jorge. El nene, Lionel. Veinte años después montarán una empresa que facturará 75 millones de euros por temporada e irán a juicio por evasión al fisco, pero ahora la vida es otra: el papá sale de trabajar y llega tarde
a los partidos, lo despiden de la fábrica, lo ayudan prestándole plata. Historias de alguien al que el destino le obligó a hacerse una pregunta. ¿Cómo se cría a un prodigio?

Historia publicada en la Revista Don Julio #6 | Texto: Ignacio Fusco | Fotos: Matías Adhemar

Después de todo lo que había pasado su nene encima fue y le dijo: “Por culpa tuya, que llegamos tarde, no jugué”.

En realidad eso era mentira, él sí había jugado (y su equipo había ganado, y habían pasado a la final) pero lo que el Leo quiso reprocharle a su papá fue otra cosa. Todos los sábados eran más o menos así. El Jorge salía de trabajar de Acindar, una fábrica de acero, allá en Villa Constitución, y se mandaba volando para Rosario. Son cuarenta y tres kilómetros que hacía siempre en un colectivo que la empresa les ponía a sus empleados, el colectivo lo dejaba en su barrio, él lo levantaba al Leo, se subían a su 504 y salían disparando para Newell’s. Alguna vez ya había charlado con el técnico eso de las llegadas tarde. El técnico del Leo era Carlos Morales, y Carlos le decía: “Jorge, tratá de llegar un poquito más temprano, estás cayendo cuando ya estamos en la cancha, por favor”. Newell’s jugaba siempre entre la una del mediodía y las dos de la tarde, pero Carlos no se lo decía para que dejaran de hacer todo a las corridas sino para que el nene estuviera con sus compañeros, escuchara la charla técnica. “Es parte de su crecimiento, Jorge”, le decía, “todo esto será parte de su disciplina futbolística, ¿me entendés?”, y el Jorge lo entendía, cómo no lo iba a entender. “Lo que pasa, Carlos”, le decía, “es que yo llego cuando puedo llegar. Es por el trabajo. Yo trabajo y salgo”.

Y ese día también trabajó y salió, pero apenas el Leo se puso rápido la camiseta y se mandó para la cancha (donde ya estaban todos sus compañeros) el técnico le gritó: “¡No, no! ¡Usted se viene acá conmigo!”, y lo sentó en el banco con él. Eran las semifinales, contra El Torito. “Usted llegó tarde”, le dijo Carlos, “se me sienta acá”. Atrás del alambrado, el Jorge buscó en su bolsillo las semillitas que siempre llevaba para comer, y no dijo nada. Nada es nada. Los otros papás, todo lo contrario, lo que le gritaron al Carlos para que pusiera al 10 no se podía creer. Veinte años después, sentado a la mesa de un bar que está sobre la costanera de Rosario, el técnico recordará que El Torito se puso 2 a 0 y que apenas terminó el primer tiempo los gritos de los papás cesaron, “porque, claro, creyeron que ahora sí lo iba a poner. Pero arrancó el segundo tiempo y lo dejé conmigo”. El Leo se dio vuelta para mirar a su papá, un tipo de 36 años que en silencio comía semillitas.

Así que arrancó el segundo tiempo, y a los cinco minutos El Torito le metió el tercero a Newell’s. Faltaban diez (los tiempos eran de 15 minutos) y ahí sí el Carlos le dijo al Leo: “Venga. Arrégleme este lío. Y venga más temprano, ¿sí?”. El Leo le asintió rápido y se mandó. El Leo era el tercer hijo de Jorge y, de los nenes, el más chiquitito. Estaba María Sol, que había nacido hacía nada más que dos años, en el 93, y después Rodrigo y Matías, los más grandes, que tenían 15 y 13 y también jugaban en Newell’s (como él, que había estado cuatro años en el club), pero las cosas que hacía éste no se podían creer. A media cuadra de la casa en la que vivían había una calle que se cortaba y parecía un frontón, y ahí a la tarde a veces el Leo se ponía a jugar contra pibes que eran más grandes que sus hermanos y ninguno se la podía sacar. Él tenía ocho y los pibes, 15, 16. El Jorge los miraba siempre al ladito de Ramón Gallino, un amigo que trabajaba con él en Acindar y vivía en esa esquina (una esquina que tenía la finura de un pabellón o de un pasaje), y Ramón le decía: “¿Vos viste el pendejo tuyo el desastre que está haciendo?”, y el Jorge se reía, qué le iba a decir.

Él no se metía mucho, a la vuelta de los partidos, a veces sí, iban en el 504 y él le decía al Leo que tenía que patear más. Discutían sobre eso y después lo buscaba al técnico y le decía: “Vos decile, Carlos, decile; no puede ser que no patee al arco”. Si hubo algo en lo que el Jorge se metió fue en eso nomás (y en privado, los dos solos), porque el Leo tenía siete años y se los limpiaba a todos y en lugar de patear, pim, se la daba a un compañero. Hubo un 9 en Newell’s que se llamaba Mazía, Masia, algo así, que se cansó de hacer goles al lado de él. “¡Pateá vos! ¡Tenés que patear vos!”, le gritaba Carlos, “¡pateá o te saco! ¡Te saco!”. El Jorge no, el Jorge era un tanque de agua. El día que el Leo entró con el partido 3 a 0 para El Torito los papás empezaron de nuevo con los gritos y él, calladito (veinte años después dirá que todavía aún quiere ver los partidos solo, siempre solo), miró cómo dos jugadas después Newell’s ya se había puesto 3 a 2. El Leo le había limpiado dos goles al 9, Diego Rovira, y un ratito después un pibe que se llamaba Luli puso el 3 a 3. Faltarían dos minutos, no mucho más.

Atrás del alambrado, paradito solo (siempre solo), el Jorge vio que su hijo más chiquito volvía a agarrar la pelota y hacía lo que tantas veces le había visto hacer a media cuadra de su casa. El Leo dejó atrás dos, tres pibes de El Torito y enfrentó al arquero. Fue el único momento de incertidumbre. En el césped lunar que era esa cancha de 7, durmiendo y dominando la pelota a cada pique, el Leo se lo gambeteó y puso el 4 a 3.

“Por culpa tuya, que llegamos tarde”, le diría a su viejo después de haber clasificado a Newell’s a la final, los dos solos en el auto, “no jugué”.

El Jorge lo llevaba todos los sábados al Leo a Newell’s y él sabía perfecto lo que había pasado, si apenas terminó el partido lo fue a buscar al técnico y le dijo: “Perdoná, Carlos, te prometo que de alguna manera lo voy a arreglar. La próxima venimos más temprano”. Los nenes festejaban y saltaban en la mitad de la cancha y a Carlos se le ocurrió (y le dijo) que quizá podía pedirle a otro padre que se lo pasara a buscar y que él cayera, ahí ya no había problema, con el partido empezado. Pero el papá de Leo le dijo que no.

Jorge laburaba en Acindar desde el 83. Fue operario, supervisor y después jefe de producción en la planta de talones, donde hacían alambres para las cubiertas. Él era técnico químico, hacía tres años que se había casado con Celia, su mujer de ahora, entonces ella tenía 18 y él dos más. Antes de entrar a la fábrica había hecho tornillos en un taller metalúrgico, después fue cobrador de un instituto médico, su laburo era patear la calle, puerta a puerta. Con su viejo, Eusebio, que era albañil, habían levantado la casa en la que vivía ahora con su familia, en Lavalleja 525 (veinte años después la calle se llamará Estado de Israel, pero tantas cosas extrañas sucederán en esos años). El barrio se llama Las Heras o La Bajada, depende a quién se le pregunte, y cuando Don Julio lo visite, salvo el nombre de la calle, todo estará igual. Las familias que viven serán las mismas. La calle será como un pasaje, un pasillo al aire libre; las veredas tendrán la anchura justa para una bicicleta y en una esquina habrá un kiosco. En la otra, la que está más cerca a la casa de la familia del Jorge, la cuadra, como hace veinte años, también se cortará. En realidad no, la cuadra seguirá pero lo que vendrá es una curvita, una ese que parece que fuera el pasillo que te indican cuando se busca el baño, y después saldrá la calle por el otro lado, la esquina y el frontón donde el Leo hacía desastres contra pibes más grandes que él.

Era la esquina por la que también pasaba el Jorge cada madrugada, antes de ir a laburar.

A las cuatro y veinte de la mañana lo pasaba a buscar a Ramón y a las cuatro y media ya estaban esperando el colectivo que iba a Villa Constitución. El colectivo lo ponía Acindar, iban cuarenta, cuarenta y pico de personas en él. Aun veinte años después el viaje es lento, lleno de curvas, y más lento se hace cuando se entra en la zona de la fábrica. De noche salían y de noche llegaban, al menos en invierno, porque el horario de entrada era a las seis. Acindar tiene calles internas, parece un parque o un pueblito con alambrados y guardias que custodian sus mástiles fabriles y lo que se siente cuando se avanza por ahí es que se está en una fábrica de efectos especiales que se prepara para derrumbar el mundo.

Tipo tres, tres y cuarto de la tarde era el horario en el que Jorge (más de una hora de viaje, otra vez el colectivo, otra vez cuarenta y pico de personas, otra vez la ruta, otra vez Ramón) llegaba al barrio. Celia, su mujer, se había ocupado de la familia, y cuando andaba muy atareada y no podía cargar al Leo (al Leo cuando era bebé) se lo dejaba a los vecinos de enfrente, los Manicavale, y se iba solita a hacer los mandados. En el barrio a Celia le decían La Puchi, era amiga de Silvia, la hija de los Manicavale, Rosario y Rubén, que ahora andarán por los ochenta y todavía viven tras esa puerta añosa, con la firmeza de un decorado teatral. Silvia también tenía una bebé, Cintia, amiguita del Leo. La de los Manicavale era una de las casas a las que La Puchi se mandaba cuando empezó a levantar quiniela (lo habrá hecho un mes, a lo sumo dos), se iba para lo de la Rosario y le vendía, hacía eso, caminaba la cuadra, iba por las casas. Rosario un día ganó y La Puchi le pagó, otro día volvió a ganar y ya no cobró más nada.

Por esos años al Jorge le tocaba llevar a Rodrigo los sábados a Newell’s y La Puchi se mandaba con el Matías para Grandoli, los vendavales que armaban entre esos dos era una cosa que no se podía creer. Guillermo Treves era el entrenador del hijo del medio y veinte años después todavía se acuerda cuando tenía que sacarlo del equipo porque se la pasaba pegando patadas, se quería pelear. Un día fue y les gritó el gol a los papás del equipo contrario. “Y afuera, La Puchi”, se acuerda también Treves, “siempre sacada, no paraba de gritar”.

El Leo empezó a jugar en Grandoli a eso de los cuatro años y el primer tiempito también lo llevó La Puchi, el Jorge andaba en Newell’s. Treves se acuerda que “a veces jugaba con pañales, no es joda, jugaba con pañales y después caía el entretiempo y La Puchi iba y se los cambiaba y él volvía a jugar”. A Treves le dicen El Turco, es el papá de David, el presidente de Grandoli desde 2007. Una medianoche, veinte años después, David señalará la cancha y le dirá a Don Julio que “ahora está bastante linda” pero en ese tiempo era un desastre, “había un metro de césped en los laterales y después era todo tierra nomás”. Parar la pelota y gambetear en esa inestabilidad no requería de habilidad sino de superpoderes y heroísmo, así que cuando el Leo empezó a crecer y se limpiaba a todos los nenitos de arco a arco los papás y todos en el club empezaron a decir que había aparecido el nuevo Maradona. El Jorge ya lo acompañaba e intentaba no darle mucha bola a eso, en su casa les había puesto a sus hijos algunos VHS de Maradona pero ahora todos en el club lo miraban buscándole una reacción y él sólo hacía la del barrio, se sonreía (no se reía: se sonreía), aunque cuando dirigió a la categoría de su nene durante dos años en Grandoli, ahí sí, hubo un clásico contra Alice en el que se quiso matar.

Alice era el rival de toda la vida, cruzabas la calle Gutiérrez, que da a uno de los laterales de la cancha, y el club estaba ahí. Grandoli queda en el sur de Rosario, es un barrio que con el tiempo se oscureció. El boulevard que lo cruza tiene la enormidad de una pista de aterrizaje en el que las motos aparecen y desaparecen con la velocidad de las ratas en una alcantarilla, se posan en los giros para mirar hacia un costado y vuelven a arrancar. Para quien lo visita de noche, como hará Don Julio veinte años después, el cielo que cubre Grandoli es un océano negro en el que parecen espejarse las calles de tierra, las esquinas que están hechas para que camine solamente quien vive ahí. No hay una sola casa de dos plantas, hay autos estacionados arriba del césped de las veredas y es un barrio en el que sucede todo: la libertad de las puertas abiertas durante el día y lo que David cuenta que sucede cuando el sol empieza a caer: “Hemos tenido que frenar o suspender entrenamientos porque escuchábamos que empezaban a sonar los balazos”. Grandoli es el patio que soñaron miles para el fondo de su casa y una lenta enredadera lo empezó a ahogar.

 

Pero estábamos en el clásico en el que el equipo de Jorge jugó contra Alice y pasó algo que él no pudo creer. El Jorge ya estaba acostumbrado a que si volaba alguna patada fuera para el Leo, pero esa mañana fue criminal. El técnico rival mandó a pegarle. Chiquitos de seis, siete años, y el técnico rival mandó a pegarle a su hijo como si fuera el brasileño Silas o Spontón. Grandoli se puso 1-0 y era tan alevoso lo que le daban al Leo que el Jorge le entró a gritar al árbitro que los parara de una vez. “¡Frená eso o saco al equipo!”, le gritó, y para que el Jorge gritara. En la tribuna de cemento que tenía ocho escalones y cincuenta metros de largo estaba lleno de gente, en el pasillo que se formaba entre ella y el alambrado ahí abajo también. David, el que ahora es presidente, tenía 15 años y miraba el partido con unos amigos arriba del techo de lo que era un depósito o un baño. La cancha de Grandoli tenía más gente que un recital de Los Pericos. Entonces el Jorge le gritó que frenara eso o sacaba a los nenes y alguien que estaba afuera lo puteó, otro le contestó al que había puteado y la piña que se armó después fue una cosa descomunal. Empezó abajo, entre la tribuna y el alambrado, y siguió en todos lados. Todos lados es todos lados: hinchas, primos, hermanos, tíos, papás y amigos se metieron a la cancha mientras el Jorge había agarrado a los chicos y los llevó a un rincón, los alejó. El alambrado, que era una chotada, también cedió. Todo ese quilombo se armó porque un técnico se había emperrado con que Maradonita no les iba a ganar.

Dos años dirigió Jorge a la 87 del club. Ahí en los 90 el presidente de Grandoli se llamaba José Caprino y con el Jorge tenían una relación bárbara, era con el que más charlaba, con todo lo que significa para Jorge charlar. “Por José nos enteramos de que se había quedado sin laburo”, se acordará el Turco, veinte años después. Eso fue en el 91, Acindar quería que sus empleados firmaran unas condiciones que en la fábrica llamaron “diversidad de trabajo” y echó a algunos para presionarlos, hacía ocho años que Jorge trabajaba ahí. Fueron unos meses de mierda, los trabajadores armaron dos carpas, una en Villa Constitución y otra en Rosario, y él siempre iba a una o a la otra, se turnaban los autos con su amigo Ramón Gallino y uno llevaba al otro, protestaban ahí.

Un día el Leo quiso ir con él a la carpa. Como eran dos pegotes, lo agarró de los pantalones, no lo quería soltar. “¿Qué vas a ir a la carpa, vos?”, le dijo el Jorge y el nene se le enojó, entró a llorar.

La carpa habrá durado un mes y ellos estuvieron sin laburo desde abril hasta junio. Después los reincorporaron, algo que ahora se cuenta facilísimo pero en ese entonces el Jorge le dijo cómo venía la mano a Caprino, cómo la venía llevando, y Caprino le prestó guita. Tanto él como Luisa, su mujer, se acordará Treves veinte años después, los llamaban a él y a La Puchi para saber cómo andaban, intentaban incluirlos en todo lo que pasara en el club, que tuvieran la mente en algo, ¿no? Caprino morirá casi quince años después y aunque pasará el tiempo y le sucederán cosas extrañas a la familia (cosas como que un país hable de ellos, cosas imposibles de soportar) Treves todavía se hará una pregunta: “Hay veces que me dan ganas de decirle: ¿por qué, Jorge, por qué? El tipo murió y él nada, ni un llamado, ni una visita, con todo lo que vivió acá. Me encantaría saberlo, Jorge. ¿Por qué?”.

Todo lo que vivió ahí (todo lo que vivieron ahí) es por ejemplo que cada noche, después de que terminaran de jugar todas las categorías, algunas familias se reunían en un saloncito prestado que estaba al lado de la cancha de Grandoli, adentro del predio, armaban cena comunitaria y ahí, el Jorge con La Puchi no faltaban jamás. El Turco tenía un Torino en esa época y si hacía frío los pasaba a buscar. El Jorge después daba una mano para limpiar el salón, se ponía a trapear.

Yo no sé”, dirá el Turco, “acá no pisó nunca
más”, y su hijo, David, también dirá: “Ni una pelota trajeron”. Pero ésas serán cosas del futuro, cosas raras, como que veinte años después se publique
un libro sobre la vida de su hijo menor y que el que
lo escriba sea un periodista catalán, Guillem Balagué. Entonces, Balagué contará que una mañana
Jorge quiso entrar a Grandoli y no pudo pagar los
dos pesos que valía la entrada. Y que ésa fue la última vez que anduvo por el club.

Ahora, ¿qué tendrá que ver con ellos un periodista catalán? ¿Qué cosas extrañas sucederán en el futuro?

Hubo algo por ejemplo que el Jorge jamás se hubiera imaginado, y fue que un día ni siquiera preguntó por su sueldo en Acindar. No sólo no preguntó: no lo fue a buscar. Era un momento terrible, encima (pleno año 2000), y aunque es imposible saberlo, acaso la tarde en la que comenzó todo haya sido cuando lo llevó al Leo a la práctica de Newell’s (al Leo, en Newell’s le decían “El Maestro”) y apenas terminó todo el nene le dijo que ya venía y volvió a cruzar la calle, se fue hacia el club. Jorge lo esperó sentadito en el 504.

—No me lo dieron —le dijo el Leo a la vuelta, apenas cerró la puerta y se sentó. Hubo un silencio y los dos se detuvieron en sus caras, que eran las mismas: la boca caída, los gestos chiquitos. Y el Leo le explicó qué había sido lo que no le quisieron dar.

— ¿A vos te parece, Carlos, con todos los trofeos que les hizo ganar? —se enojará el Jorge unos días más tarde, con quien había sido el técnico del Leo en Newell’s— Un mes debíamos.

Carlos Morales lo contará así, veinte años después, y también de otra manera: “’Carlos, cuchame’, me dice Jorge, ‘tantos premios que ganó para Newell’s, ¿no le van a dar una copita chiquita, que este boludo guarda todo?’”.

La familia debía un mes de cuota del año anterior, así que cuando el boludo le recordó a un empleado que había una copa que no le habían dado, éste revisó unas planillas y le dijo:

—Disculpá, pero no te la puedo dar.

Jorge se calentó, estuvo quince días sin llevarlo al club. Unos muchachos de una filial que River tiene en Rosario conocían al Leo, sabían todo lo que jugaba y cuando vieron que no estaba yendo a Newell’s le tiraron al Jorge para llevarlo a una prueba a Buenos Aires. Jorge dijo que sí, aunque su bronca ya era otra.

—Es más profunda la cosa, Carlos —le dijo un día a Morales—. Está también lo del tipo éste al que vos me mandaste, ya me está saliendo todo muy caro.

El Jorge y La Puchi habían advertido que el Leo no crecía como sus primos. Cuando tenía nueve años no llegaba al metro y medio, y ahora había pasado un año y medio más desde que lo habían empezado a mandar a lo del tipo ése, Diego Schwarzstein, un médico endocrinólogo que trabajaba con este tipo de casos. Este tipo de casos es algo que ahora se escribe y se entiende fácil, pero estar ahí, en ese momento, que sea tu hijo el que sufre algo así. Al Leo le faltaba una hormona que impulsa el crecimiento físico, así de sencillo. La obra social del trabajo de Jorge cubrió el tratamiento completo durante los primeros seis meses, pero desde hacía más de un año él había empezado a pagar la mitad. Morales se enteró de todos los detalles porque cuando supo que el Jorge había llevado al Leo a probar a River lo llamó, y el Jorge le contó todo. Año 99 fue esto. Morales le dijo: “Mañana vamos a tu casa, estate ahí”.

Hacía una semana que en el club había asumido como Director Deportivo un campeón del mundo en México 86, un campeón con Newell’s dos años después: Sergio Almirón. Morales lo llamó, le contó cómo venía la mano y al otro día estaban los dos a la mesa del living de la casa de la calle Lavalleja, con el Jorge y La Puchi, mientras los nenes jugaban por ahí.

—Me niegan un trofeíto de morondanga y yo estoy pagando 473 mangos de mi bolsillo por el tratamiento que le están dando al Leo, cuando gano mil doscientos pesos por mes, Carlos, ¿te parece eso a vos?

Jorge le dice eso a Carlos, se lo dice también a Sergio, y también dice:

—Yo tengo tres hijos además de éste, eh.

Carlos lo mira a Sergio, aprovecha:

— ¿No te parece que eso lo tiene que pagar la escuelita de fútbol?

—Señora —se afirma Sergio, que la mira a La Puchi—, pase usted mañana por el club; nosotros le pagaremos, cada mes, los 473 pesos que necesitan.

Durante un año y medio, dijeron entonces y dirán Carlos y Sergio veinte años después, Newell’s le pagó a la familia la mitad del tratamiento que el Jorge ya no sabía cómo pagar. Hubo muchas preguntas que el Jorge empezó a hacerse por esos años, pero hubo una que quizá lo guio todo: ¿cómo se hace para que la magia llegue a su punto máximo de luz?

Entonces pasó ese año, año y medio. Y después, cosas rarísimas, muchísimas cosas más. El Jorge entró a conocer a personas que se manejaban en un ambiente del que él no conocía nada y un día le salió un viaje para que el Leo se probara en un club. Al principio no dijo nada. Ramón Gallino, su amigo, su compañero, su vecino, se enteró por su señora. La Puchi le había contado a su mujer que estaban por irse y recién después el Jorge le dijo: “Me salió esto, ¿sabés?”. A la fábrica renunció directamente. En el barrio no sabían demasiado pero sí que se iban, y todos los salieron a despedir. El Leo y el Matías, se acordará el Leo veinte años después, lloraron como locos. Al Jorge le preguntaban de todo pero tampoco era que él sabía demasiado.

Lo único que sabía, y entonces algo de eso dijo, fue que ésa era la primera vez que con su nene de 13 años se tomarían un avión.

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