La última noche de Raimundo Tupper

La última noche de Raimundo Tupper

La última noche de Raimundo Tupper

La primera vez que intentó subir a la terraza del hotel en el que se concentraba con la Universidad Católica se encontró con el utilero del plantel: “Te equivocaste de piso, Mumo. Tú vas al sexto”, le dijo. Pero Mumo, que era lateral izquierdo e ídolo del club, no se había equivocado: al rato lo volvió a intentar. Y en la terraza, descalzo ante el vacío, hizo lo que planeaba desde hacía años: saltó.

Historia publicada en la Revista Don Julio #4 | TEXTO: Hugo Pinto, desde Chile | ILUSTRACIONES: Victoria Irene

— ¿Querés hablar del Mumo? Ehhh… Este… bueno, dale —Sergio Vázquez tiene, casi siempre, buena predisposición con los medios. Pero hoy se le oye incómodo a través del teléfono—. Es que me costó cuatro años aceptar lo que pasó con Raimundo. Fue muy duro para mí y para mi familia.

Vázquez cree que “el destino” lo ubicó como un testigo de esta historia. Pero se equivoca, no fue “el destino”, sino Manuel Pellegrini quien propició que él y Raimundo Tupper compartieran la habitación 621 del Hotel Centro Colón de San José de Costa Rica esa noche. Pellegrini era el entrenador de Universidad Católica de Chile, que estaba de gira por Centroamérica en junio de 1995.

Tampoco fue un capricho del entrenador. Sabiendo la severa depresión que padecía Tupper, Pellegrini pensó que Vázquez podía transformarse en un apoyo para su recuperación. Por eso decidió allegarlo al defensor central argentino, que era uno de los líderes de ese camarín. “Era simpático, tenía buena llegada con el grupo. Pensamos que sería una buena compañía”, argumentaría el entrenador.

—Manuel me dijo que Raimundo no estaba pasando por un buen momento. Me preguntó si yo quería compartir la habitación con él durante la gira. Le respondí que sí, que encantado. No me dijo nada más —dice Vázquez, que otra vez se escucha muy serio al otro lado del teléfono—. Es que eso fue un error. A mí me dijeron: “Ayudalo”. Pero no me contaron que tenía esa depresión. Eso no se hace. Debieron ser transparentes conmigo. Por eso me sentía culpable.

Eran las nueve y media de la mañana del jueves 20 de junio de 1995 cuando Pellegrini y los jugadores de Universidad Católica sintieron un estruendo que interrumpió la rutina del desayuno.

Durante el día anterior hubo una primera charla entre Vázquez y Tupper en los pasillos del hotel. —Él me dijo que me consideraba un tipo muy extrovertido. Que una de las metas de él era ser extrovertido como yo y tener la personalidad que yo tenía. Yo le dije que a su modo, él también la tenía. Y que debía sacar afuera lo que le estaba pasando —recuerda Vázquez.

Horas después, la noche del miércoles, Tupper y varios integrantes de la delegación pasaban el rato en el casino del hotel, antes de irse a dormir. Era una gira amistosa, casi de diplomacia. Y ante equipos de discreto nivel (Saprissa, de Costa Rica, y Comunicaciones, de Guatemala). El ambiente era de relajo.

A esa hora, el utilero de la Universidad Católica, Pedro Flores, ultimaba detalles para el entrenamiento del día siguiente. De pronto se encontró con Tupper en el ascensor.

—Voy a mi habitación a buscar un poco de plata para el casino. Se me acabó —le comentó Tupper, en tono de excusa, mostrándose sorprendido al toparse con Flores en el piso ocho.

Aunque todo el plantel estaba hospedado en el sexto nivel, el utilero se percató de que Tupper se dirigía a lo más alto del edificio. Todos los registros indican que ése fue su primer intento de llegar a la azotea. Y se vio frustrado al encontrarse con el utilero, quien ingenuamente lo corrigió:

—Te equivocaste de piso, Mumo. Tú vas al sexto.

Cincuenta minutos más tarde, Flores probablemente dilató una vez más el final: “Sentí que alguien iba subiendo por las escaleras. Era tarde, me asusté un poco. Pensé que era un desconocido. Esperé unos segundos y de nuevo me encontré con Mumo. Nos reímos. Me dijo que se había equivocado de piso otra vez”.

Sin que Tupper pudiera llegar a la azotea esa noche, él y el resto del plantel pasaron a las habitaciones. Y lo que buscaba Pellegrini parecía darse a la primera: la conexión entre Tupper y Vázquez fue total.

—No dormimos casi nada —recuerda Vázquez. Dialogaron hasta las siete de la mañana: la depresión de Tupper quedaba desnuda ante un interlocutor que se había ganado su confianza. —Esa noche él se sinceró mucho conmigo, se expuso totalmente y pude entender lo que estaba viviendo. Recién ahí supe que estaba enfermo. Y me hizo hablar de mi persona, también le expresé cosas personales importantes. Lo que él me habló se quedó en mi mente, me lo voy a llevar. Es parte del respeto que él me tenía, se lo voy a tener a él siempre. Estuvo conmigo charlando cosas muy profundas. Fue una charla como de hermano mayor a hermano menor —cuenta Vázquez, quien pasadas las siete de la mañana puso fin al diálogo:

—Acostémonos a dormir al menos una hora. Porque mañana en el entrenamiento me voy a caer a pedazos. Cuando te despiertes, me despertás a mí también para que bajemos juntos.

Tupper asintió pero tenía otros planes, por lo que casi no durmió y se levantó antes. Vázquez se despertó sorprendido cuando su compañero estaba abandonando la habitación.

—Llamá el ascensor. Me lavo los dientes rápido y bajamos juntos —le pidió.

Pero otra vez el chileno no le hizo caso.

Cuando salió al pasillo, Tupper ya no estaba.

Eran sus últimos minutos con vida.

Tras esa larga noche, a las nueve y diez de la mañana ya casi todos estaban sentados para el desayuno. Comenzaban a comer cuando Tupper vio por las ventanas que había trabajadores del hotel limpiando los vidrios en andamios. Estuvo sólo unos minutos en la mesa. Prácticamente no comió nada y decidió subir. Todos pensaron que se dirigía a su habitación.

—Después de esa noche, claro, quedé preocupa – do. Apenas llegué a los comedores pregunté por él y me dijeron que había subido dos minutos antes a buscar su pasaporte —recuerda Vázquez.

Raimundo llegó al noveno piso y dejó algunas de sus pertenencias: su pasaporte, sus sandalias, su billetera y, sobre ella, su carnet de donante de órganos.

Descalzo se lanzó al vacío.

Hasta ese día, los jugadores de la Universidad Católica no sabían nada de su enfermedad, una silenciosa depresión que lo exprimió durante más de una década. La ausencia de Tupper en los entrenamientos de las semanas previas había sido justificada por “problemas gástricos”.

“Por los nervios no me salían las palabras”, recordó Néstor Gorosito, uno de los cuatro argentinos que eran parte de ese camarín, junto con Ricardo Lunari, Alberto Acosta y el propio Vázquez. Gorosito fue el primero en darse cuenta de que uno de sus compañeros estaba muerto en el frente del hotel.

Los minutos después de confirmar el deceso fueron devastadores. Los jugadores, en un silencio total, no querían creer la pesadilla que estaban viviendo. “De pronto vimos que alguien lo tapó con una sábana. No entendíamos qué pasaba. Sabíamos que estaba muerto pero aun así preguntábamos por qué lo tapaban. Por qué no se levantaba. Era una sensación de no querer creer lo que estaba ocurriendo. Incluso, varios minutos después, subimos con Pellegrini en el ascensor y otro compañero nos preguntó: ‘¿Pero seguro que está muerto?’ Nadie lo quería aceptar”, contó Lunari.

—Era un pibe que después de los entrenamientos se iba a los barrios pobres de Santiago. Les enseñaba a los chicos a leer y a escribir. Les donaba cosas. Apenas se enteraba que alguien necesitaba algo, levantaba el teléfono, se movía, gestionaba… La ropa deportiva que le entregaban, la regalaba toda —relata Vázquez.

—Siempre intentaba leer en las concentraciones, tener su espacio —recuerda Acosta, quien no viajó a Costa Rica con el equipo, pues tuvo unas breves vacaciones después de la Copa América del 95.

Su acervo no era casualidad. Tupper era parte de la élite. Provenía de una familia acomodada y había recibido una educación de excelencia. Incluso, algunos años atrás había abandonado a regañadientes la universidad cuando lo convocaron al Mundial Sub 20 de 1987, donde fue cuarto con Chile. Dejó la carrera de Ingeniería Civil, pero mantuvo sus inquietudes intelectuales. Más enfocado en el fútbol, igualmente realizó cursos de idiomas y computación.

A fines de los 80, y a pesar de su origen, la injusticia social de un país en plena dictadura era un tema que lo ponía mal.

—No era una época en que se hablara de partidos políticos. Era simplemente estabas con Pinochet o estabas contra Pinochet —recuerda Matías del Río, actual conductor de noticias de Televisión Nacional de Chile, quien conoció a Tupper antes de ingresar a la universidad, y coincidió con él en una insólita protesta de un grupo de jóvenes acomoda – dos en contra del dictador. Fue meses antes del plebiscito de 1988 para decidir si Pinochet debía seguir o no.

—En nuestro círculo de amistades, en esa época, te trataban como un “comunista de mierda” si pensabas como Raimundo. Pero él se defendía. Le molestaba la dictadura, la desigualdad. Y tenía una sensibilidad muy especial con la gente humilde —recuerda el ex tenista Gabriel Keymer, quien fue su amigo desde la infancia.

Ya en democracia, y posicionado como ídolo de la Universidad Católica, Raimundo expresó a la revista Triunfo en 1993, meses antes de la segunda elección presidencial después de la dictadura: “Creo que Eduardo Frei (finalmente ganador, gobernó el país hasta el 2000) es la mejor opción que tenemos hoy en día”.

Raimundo odiaba la frivolidad del fútbol, las entrevistas, los flashes. Amaba la música de Silvio Rodríguez y de Joan Manuel Serrat, la literatura de Gabriel García Márquez y de Julio Cortázar, la poesía de Arthur Rimbaud. Incluso, en un viaje a Cali, por Copa Libertadores, el entrenador Ignacio Prieto lo autorizó para asistir a un concierto de Serrat.

También, en su último verano, intentó, a toda costa, entrevistarse con Silvio Rodríguez en La Habana. No tuvo suerte. No dio con el trovador, quien, al enterarse de su historia, le dedicaría el show que daría en Santiago en septiembre de 1995.

—Para Raimundo Tupper.

A raíz de la charla que tuvieron la última noche, Vázquez se vio obligado a declarar ante la policía de Costa Rica. También, a reunir las pertenencias de su compañero de habitación para, ya en Santiago, entregárselas a la familia de Tupper. —Uno piensa mil cosas. Qué les vas a decir a sus padres, a sus hermanos… pero en el momento que tienes que hacerlo, no te salen las palabras. Lo único que te salen son las lágrimas. No sabía qué decir. Sólo quería llorar y pedir perdón por no haberlo ayudado más de lo que traté de hacerlo.

Tras la muerte, parte de la prensa apuntó a Vázquez. “No se sabe públicamente el tenor de la conversación. Tampoco las causas de la depresión de Tupper. Sin embargo, en dicho diálogo, el futbolista dejó entrever la triste decisión que había tomado, pues le habría comentado a Vázquez que ‘mañana (jueves) se van a enterar de una noticia’”, publicó el matutino chileno El Mercurio, el 21 de junio de 1995.

A más de 20 años de la muerte de Tupper, la promesa de guardar el secreto de esa charla sigue intacta para Vázquez.

—Él me dijo muchas cosas, pero yo no puedo repetirlas. No tengo por qué contarlas. Fue un secreto entre amigos, hay cosas que quedaron muy grabadas entre nosotros. Entonces no es cuestión mía poder revelarlas. Tampoco quie – ro dejar una puerta abierta para que la gente piense cosas. Si contara aportaría para ayudar a muchos chicos que están en el fútbol. Pero al mismo tiempo, eso sería faltar a una palabra que di. Nunca lo voy a hacer.

De regreso en Santiago, hubo una insólita misa fúnebre con 10.000 personas en el estadio de la Universidad Católica y una interminable procesión hasta el cementerio. Había gente con camisetas de Colo Colo y de la Universidad de Chile.

— ¿Cómo una persona tan introvertida se conecta tanto con la gente? Y es que para mí, te soy sincero, Raimundo era un ángel que no era de esta tierra. Siempre fue muy especial. Uno va madurando las cosas que pasaron y termina encontrándole sentido a todo. Por eso él ya no está acá, en la Tierra. Y sí está en el Cielo, al lado de Dios, que es lo que se merece. Y eso que en el club pensábamos que Raimundo lo tenía todo… —dice Vázquez.

Al momento de su muerte, Tupper, de 27 años, tenía una carrera exitosa, prestigio, dinero, respeto de sus pares y una relación sentimental estable, después de una larga lista de conquistas amorosas. Era ídolo de Universidad Católica, había sido seleccionado nacional adulto y mundialista sub-20.

—Yo me di cuenta esa noche de que eso no era cierto. Entendí que él no lo tenía todo. Le faltaba lo más importante —dispara Vázquez, que después de una hora de entrevista acepta que ya no se siente tan cómodo al otro lado del teléfono—. ¿Llevamos bastante rato charlando de Raimundo, cierto? Ya está, entonces. Perdoname, pero siempre me pasa lo mismo con el tema: no me está haciendo bien remover los re – cuerdos. Es que fueron varios años tratando de superarlo. Nada personal, viejo. Te agradezco el llamado, hasta pronto.

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