Escalera al cielo

Escalera al cielo

Escalera al cielo

Un auto cruza el sol del monte chaqueño, en el norte argentino. Lleva una noticia: decirle a un chico de 15 años que lo han convocado a la Selección. Cualquier cosa puede suceder cuando se acepta un viaje al mejor de los sueños: barrabravas que ofrecen contratos, dirigentes turbios, la caída a la oscuridad. Biografía de un desconocido. Dicho de otra manera: cómo es la vida en la montaña rusa del fútbol profesional.

Historia publicada en la Revista Don Julio #5 | Texto: Matías Tulián, en Chaco | Fotos: Victoria Irene

Un pantalón corto, viejo y desteñido, unas zapatillas desvencijadas y una hondera. Roberto Urbina tiene 15 años y no necesita nada más para ser feliz. El sol de la tarde hace arder el suelo chaqueño pero las gotas de transpiración que caen por su frente no lo distraen de su objetivo. Un pájaro, que a la distancia parece ser un aguilucho, se posa en la rama de un chañar mientras analiza el terreno, quizás en busca de una presa. Roberto lo ve y, sigiloso, se agacha para esconder su metro sesenta entre el yuyal. Sin quitarle la vista al animal, va palpando el suelo con su mano izquierda en busca de una buena piedra, mientras la derecha va tomando el mango de madera de su honda. Avanza y su palma siente el tacto de una roca de buen tamaño y peso, angulosa. Clava una rodilla en el piso, se afirma, acomoda la piedra y estira la goma de su honda mientras focaliza el objetivo cerrando su ojo derecho. Tiene al pájaro en la mira, afirma su pulso y cuando está a punto de soltar la piedra, el ave se alerta por un sonido y sale volando.

—La puta madre —se dice por dentro mientras se pone de pie—. ¿Qué es ese ruido?

Reconoce, en medio de la tarde subtropical, el motor de un auto que se acerca. La polvareda que ve cada vez más grande por la calle de tierra cercana al campo le confirma el dato. El auto desacelera hasta detener su marcha. Se abre la puerta, dos o tres personas descienden del coche. El calor y el polvo hacen confusa la imagen. Roberto, ya olvidado el aguilucho, reconoce entre esas personas a su padre, que gira su cuerpo en dirección al monte y llevándose las manos a la boca llama a su hijo: ¡Robertoooo!

—La puta madre —repite, esta vez en voz baja—. ¿Qué cagada me mandé?

No sabe qué cagada se mandó, tampoco está seguro si se mandó alguna cagada, pero no es tiempo de dudar: gira su cuerpo en dirección opuesta a la calle de tierra, al auto, a su padre, y empieza a correr hacia el monte.

Pitón, como todos lo conocen en el barrio, huye por el campo, asustado, sin saber que en los próximos 20 años vestirá más camisetas de fútbol de lo que los dedos de sus manos puedan contar, que recorrerá medio país en busca de un futuro, que cruzará el mundo, que conocerá el dolor, el sacrificio, el éxito, la miseria, el amor. No sabe que conocerá a dios en una radio, que volverá al pago, al olor de la tierra mojada y la libertad del monte.

Roberto Urbina tiene ahora 35 años. Vive en Fontana, su ciudad natal, con su mujer Lorena y sus dos hijos menores: Nicolás, de 9 años, Morena, de 6. Para mayo de 2017 esperan el tercer hijo de la pareja, que se llamará Mateo. Fontana es una localidad del Gran Resistencia, el cordón urbano que rodea a la capital del Chaco, con poco más de 30.000 habitantes. La casa de los Urbina, con algunas partes en construcción, es sencilla, humilde y prolija, con techo de chapa a dos aguas, paredes color rosa viejo y rejas negras. Las calles, de tierra. Las veredas, de pasto. Los niños, en la calle, juegan con agua para aliviar el calor abrasivo de la tarde.

De cuerpo robusto, fornido, Pitón no supera el metro sesenta y cinco de altura. Tiene una cara de forma más bien cuadrada, de facciones marcadas y mentón anguloso. Pelo corto, impecable, recién peinado. Dientes blancos. Sonrisa pícara. Un prolijo y pequeño triángulo de vello debajo del labio figura como único testigo de una barba cuidadosamente rasurada.

Lo que hoy más le importa a Roberto está a menos de diez cuadras de su hogar. A 200 metros viven sus hijos mayores, Daniela, de 18 años, y Brian, de 11, con su ex mujer. A unas seis o siete cuadras está la casa de sus padres, donde también residen varios de sus nueve hermanos. Y a unas manzanas de distancia, el monte. Siempre cerca del monte. “Libertad –repetirá varias veces a lo largo de la entrevista con Don Julio–. El campo me da libertad.”

Su única actividad de importancia fuera de su radio familiar es el club donde juega al fútbol. Al momento de esta publicación, Roberto lleva ocho meses jugando en el Club Atlético Villa Alvear, que milita en el Argentino B, la cuarta división del fútbol argentino. Ir desde su casa hasta la cancha es un viaje que, en auto o moto, no supera los diez minutos, pero es todo un desafío para una persona que considera que el mejor momento para ir de compras al centro de Resistencia es cuando está cerrado. Y no es una ironía.

Podría haber seguido corriendo toda la tarde. Incluso perderse en el monte por más de un día, como alguna vez ya lo había hecho. Unos fósforos, la hondera y quizás una caña para intentar pescar algo es todo lo que necesitaba Roberto para perderse en la inmensidad chaqueña por varias horas sin pasar hambre. Refugio nunca faltaba: conocía de memoria cada árbol, cada matorral, o hasta podía pasar la noche en aquella casona abandonada donde jugaba con sus seis hermanos y sus tres hermanas y donde, con su padre, habían escrito sus nombres en la pared, con una piedra filosa, prometiendo volver. Roberto, escribió el niño. Roberto, escribió el adulto.

Pero nada de eso fue necesario. Después de dos o tres gritos, Pitón logró decodificar que el llamado de su padre no era de reto. Hasta notaba cierta alegría en el mensaje. Por eso dejó de correr y se volvió hasta el auto, que esperaba en el camino de tierra, rodeado de personas que no reconoció ni siquiera al momento de saludar. Eran periodistas de Resistencia que venían a notificar a la familia Urbina que Roberto había sido convocado por Néstor Pekerman, entrenador de las selecciones nacionales juveniles, para un selectivo Sub 17.

Días atrás, Pitón había participado de un cuadrangular organizado por la AFA en la cancha de Chaco For Ever, el club más popular de Resistencia y en el cual jugaba de defensor lateral derecho desde los 12 años. Por pedido de Pekerman, se armaron cuatro equipos con jugadores locales. El cuerpo técnico juvenil viajó al torneo, vio todos los partidos y eligió dos jugadores. Uno era Roberto.

En su casa lo esperaba un boleto de avión ida y vuelta a Buenos Aires. Lo primero que pensó Pitón fue en su abuelo Nicolás, fallecido unos años antes. Nicolás fue quien lo llevó a jugar al fútbol al club del barrio y con quien, en las tardes, se sentaba a ver los aviones que sobrevolaban Fontana en su descenso al aeropuerto de Resistencia, a unos kilómetros de ahí.

A los pocos días de haber llegado a Buenos Aires, instalado en el predio de Ezeiza, un directivo de la AFA se acercó a Roberto y le dijo que tenía que hablar con él.

—Mirá, Roberto, si vos querés estar en la Selección te tenés que ir de Chaco, tenés que irte a un club grande, de Primera, que juegue los torneos de AFA. El hombre del monte no sabía con quién estaba hablando. Por vergüenza, no le dijo nada, simplemente se la siguió:

—Yo quiero jugar en la Selección, quiero jugar al fútbol, pero no me quiero ir de mi casa.

—La condición es ésa. Hoy los clubes más interesados en vos son Boca y Newell’s.

— ¿Cuál está más cerca de Chaco? — ¿Más cerca de Chaco? Newell’s, en Rosario.

—Entonces me voy a Newell’s.

—Pero mirá que Boca… Roberto, ya sin vergüenza, lo interrumpió:

—Yo quiero estar cerca de mi casa. Me voy a Newell’s.

A 900 kilómetros de distancia, mientras su hijo de 15 años decidía su futuro en un lujoso centro de entrenamiento, Roberto Urbina padre escuchaba un auto detenerse frente a su casa y un suave golpe sobre su puerta de chapa. Por la ventana, al trasluz de una cortina vieja, vio a un hombre de impecable traje parado frente al monte, sobre la calle de tierra, acomodándose su corbata azul.

—Buenas tardes —le dijo Roberto con desconfianza—. ¿En qué puedo ayudarlo?

—Buenas tardes —le respondió el hombre de traje, acercándose con la mano extendida para saludarlo—. Estoy buscando a Roberto Urbina, soy dirigente del club Boca Juniors, de Buenos Aires.

—Yo soy Roberto Urbina, pero me parece que usted busca a mi hijo, que se llama igual.

—No, señor. Lo estamos buscando a usted. A su hijo ya lo conocemos, lo vimos jugar y nos gustaría que forme parte de nuestro club. Sabemos que hay otros equipos interesados pero ya hablamos con la gente de Chaco For Ever y está todo arreglado. Además, si el chico elige nuestro club, nosotros le daríamos a usted y su familia una suma aproximada de 40.000 pesos como parte de la transacción.

—Gracias pero a mí la plata no me interesa. Y yo no voy a decidir nada por mi hijo, él va a elegir dónde quiere jugar.

“Esto se lo conté a mi hijo mucho tiempo después —dice Roberto, ahora, en el calor de Fontana—, no quería que él eligiera por el dinero.” Lo dice apoyado en el marco de la misma puerta en la que le dijo lo que le dijo al dirigente de Boca 20 años atrás. Lo dice con el mismo monte y la misma calle polvorienta de testigo.

“Después aprendí que la distancia entre Rosario y Buenos Aires no es mucha —se arrepiente Pitón, al lado de él—, pero en ese momento yo no lo sabía. Y nadie me lo dijo.”

Cuando Pitón nació, la familia Urbina vivía en un campo de Fontana que cuidaba su abuela materna. A los seis años se mudaron a su propia casa, en el humilde barrio Nueva Esperanza, la que levantó su padre con sus manos aprovechando lo que había aprendido en sus trabajos en la construcción y en fábricas de ladrillos. El frente de color rojo no permite que la casa de los Urbina, 30 años después, pase inadvertida.

Atravesando la puerta de chapa, una extensa mesa ocupa la mayor parte del espacio. Encima de ella, el caos: empanadas, papeles, cigarrillos, un termo de agua caliente, una mamadera, ropa, juguetes de bebé. En una esquina, un guiso se cocina en una gran cacerola e inunda el cuarto de olor a carne hervida y comino. En el otro costado, una soga repleta de ropa húmeda atraviesa la habitación.

Raquel Báez, la madre de Roberto, tiene 57 años y es empleada municipal. Extrovertida, ocurrente, sagaz. Habla con Don Julio, arma empanadas, ceba mate, posa para la cámara, muestra fotos de su hijo con las camisetas de Argentina y Newell’s, repasa una carpeta con recortes de diarios que mencionan a Pitón, controla a su nieto en el cochecito, fuma: todo al mismo tiempo.

Las dos hijas menores de la familia –jóvenes, casi adolescentes– ayudan a su madre: una toma el cochecito y comienza a hamacar a su hijo para que se duerma, mientras la otra controla el guiso. Desde un cuarto contiguo, aparece el padre y se apoya en el marco de la puerta a observar la situación. Roberto Urbina padre tiene 54 años y es un hombre de pocas palabras. Hablará lo justo y necesario, y cuando lo haga, no mirará a su hijo mientras habla de él. Se prestará para una foto familiar y volverá a su habitación a seguir viendo un partido de fútbol por televisión.

La aventura del Sub 17 duró poco: Roberto logró pasar un primer corte donde quedaron 25 jugadores pero en la siguiente convocatoria quedó descartado. Sin embargo, ya estaba instalado en Rosario, en una de las pensiones de su nuevo y primer representante, Diego Gindín.

—Bueno, ahora tenés que esforzarte mucho, jugar bien y rendir para poder firmar tu primer contrato.

— ¿Y para qué hay que firmar un contrato? —le preguntó Urbina.

— ¿Me estás cargando? Para que te paguen, para que hagas plata.

— ¿Me van a pagar por jugar al fútbol?

Roberto no sabía, no imaginaba, que los jugadores de fútbol cobraban un sueldo por eso. Tampoco nadie se lo había dicho.

A las pocas semanas fue citado para jugar en Reserva pero Chaco For Ever, el club dueño de su pase, no quería cederlo a Newell’s. Quería que el jugador se fuera a Boca y recibir dinero por el traspaso. Ante la negativa del club chaqueño, Pitón estuvo tres años sin poder disputar un partido oficial.

En 2001, por un permiso especial, Roberto obtuvo la habilitación. Empezó a jugar de volante por derecha en la Cuarta División de AFA, viajó a un torneo en Japón, firmó su primer contrato con el club y dejó la pensión para mudarse a un departamento en el centro de Rosario, donde pudo instalarse con su mujer y su hija Daniela, de dos años, quienes habían quedado en Chaco. Al año siguiente saltó a la Reserva. En 2004, por pedido de Héctor Veira, empezó a entrenarse con la Primera.

El 26 de junio de 2004, Newell’s, con Roberto Urbina en cancha, derrotó 4 a 0 a Estudiantes de La Plata y se consagró campeón del Torneo de Reserva 2003-2004. Pitón no lo supo en ese momento, pero acababa de jugar su último partido con la camiseta de Newell’s.

“Me citaron en un bar. Llegué y estaba el Pimpi Camino”, dice ahora, mientras su mamá arma empanadas, ceba mate: todo al mismo tiempo.

Pimpi Camino era en ese momento el líder de la barrabrava de Newell’s, un hombre pesado y con mucho poder en la zona sur de Rosario. Su relación cercana con Eduardo López, presidente del club entre 1994 y 2008, le dio el privilegio de llegar, incluso, a representar jugadores. En 2010, después de dos años de luchas internas por el manejo de la tribuna, murió baleado. López fue procesado en 2016 por administración fraudulenta durante su mandato.

Por su cara tensa, Roberto parece recordar exactamente lo que sintió ese día, sentado frente a frente con el capo de la barra a la mesa de un bar.

—Nos hablaron muy bien de vos y nos gustaría manejar tu carrera —le dijo Pimpi—. Nosotros podemos hacer que tengas un buen futuro, primero acá en el club, y después ver la posibilidad de venderte afuera. ¿Cuánto estás cobrando vos?

—Yo cobro 2.200 pesos por mes —le respondió Pitón, temeroso.

—Olvidate de eso. Yo te ofrezco un contrato de 15.000 pesos por mes, más un buen departamento en el centro de Rosario, lindo, todo armado.

Pimpi bajó la mirada, hurgó en su bolso, sacó unas hojas escritas en máquina de escribir y un fajo de billetes envueltos con una banda elástica. Puso todo sobre la mesa. Roberto lo miró desde los escasos centímetros que los separaban, sin palabras.

—Éste es el contrato que vos me tendrías que firmar. Andate a Chaco una semanita, leelo bien, pensalo. No te preocupes por los entrenamientos, ya tengo todo hablado. Y tomá, acá hay 6.000 pesos —le acercó el fajo de billetes—, un regalo mío, para que disfrutes estos días.

Pitón se fue a Chaco, repasó hoja por hoja y citó a Pimpi en el mismo bar.

—Mire, yo le agradezco el interés pero no voy a firmar. No voy a dejar a mi representante, él me ayudó mucho desde que llegué a Rosario. Y no me gusta eso que dice el contrato de que tengo que pedirles autorización para dar notas y todo lo que haga. Ni tampoco lo del 15 por ciento para ustedes si algún día me venden.

Pimpi no intentó convencerlo ni llegar a un acuerdo. Pegó en la mesa un golpe seco que tiró el café que le quedaba a su taza y se levantó.

—Te voy a decir una sola cosa: acá, en Newell’s, no jugás nunca más.

Roberto, en Newell’s, no jugó nunca más.

A las semanas fue cedido a préstamo a Atlético Tucumán, por ese entonces en el Torneo Federal A, la Tercera División del fútbol argentino.

“En el debut del Apertura, Martín Seri y Roberto Urbina crearon una sociedad para el éxito. Además de aportar fútbol y entrega, anotaron los goles con los que el Decano selló una clara victoria”, se lee en la crónica de una web partidaria tras el primer partido de Pitón en Tucumán. Unos meses después, una foto en una página de diario que mamá Raquel apoya arriba de la mesa que es un caos lo muestra a Roberto dominando la pelota entre dos rivales. “El chaqueño Urbina fue el jugador más regular de Atlético en el Apertura del Argentino A”, reza el epígrafe.

Su constancia y buenas actuaciones hicieron que los hinchas lo convirtieran en un referente del equipo con apenas seis meses en el club. “Me pedían autógrafos, fotos –recuerda Roberto–. Iba a comer con mi familia y me invitaban todo.” A fines de 2004 nació su segundo hijo, Brian, pero al poco tiempo se divorció y su ex mujer se volvió a Chaco con los dos chicos.

Conoció a Lorena, su actual esposa, con quien se casó y tuvo su tercer hijo, Nicolás. Después de dos años, el préstamo de Atlético Tucumán con Newell’s se vencía y Roberto debía volver a Rosario, donde sabía que no tendría lugar en el equipo. Entonces llegó a un acuerdo con Carlos Hasbani, el presidente del club.

—Esto es simple: vos te vas a tu casa, aguantás un tiempo sin jugar hasta que se venza el contrato con Newell’s —le dijo Hasbani— y en seis meses te quedás con el pase en tu poder.

— ¿Y qué gano yo con eso?

—Que en seis meses te compramos y estás acá de vuelta. A nosotros nos conviene porque no hay que negociar con el otro club y a vos te sirve porque te quedás con la plata total del pase.

La tentación de un negocio, a priori, tan redondo, obnubiló a Roberto, que empezó a gastar plata a cuenta de lo que ganaría en el futuro. Pero no tuvo en cuenta un detalle: a los tres meses se realizaron elecciones en Atlético, Hasbani perdió y el nuevo presidente del club decidió no contratar a Urbina, pese a las explicaciones e insistencias de Pitón.

El hombre del monte empezó a deambular por el ascenso profundo: Real Arroyo Seco, Boca Unidos de Corrientes, Sol de América de Formosa, Unión Aconquija de Catamarca, Concepción FC de Tucumán. A los 30 años, lejos de su familia y de sus dos hijos mayores, lo único que tenía Roberto era una deuda de 300 pesos en el almacén.

“Mi mamá nos ayudaba –cuenta Lorena, su mujer, mientras el guiso inunda la casa de olor a carne hervida y comino–, nos daba cosas usadas para que nosotros fuéramos a vender a una feria en San Miguel.”

La mamá de Lorena los ayudaba por una sencilla razón: Roberto se había quedado sin plata para comprarle comida a su familia.

Desanimado, Roberto encontró en el alcohol un placebo momentáneo. Un día, hastiado y sin fuerzas, llegó a su casa y sin saludar a su mujer y su hijo ingresó a su habitación, cerró la puerta y se tiró en la cama. Al tercer día sin salir del cuarto, su hijo de cuatro años ingresó sin pedirle permiso.

—Te voy a prender la radio para que te alegres un poco —le dijo.

“Nicolás encendió la radio y empezó a sonar una alabanza –recuerda, ahora, Pitón–. Y empecé a llorar. No podía parar de llorar. Nos fuimos a la iglesia y al otro día, pero al otro día –enfatiza–, me llaman de un club nuevo.”

Urbina volvió a jugar, esta vez para un equipo de torneos privados en el límite entre Tucumán y Santiago del Estero, y empezó a cobrar un sueldo, lo que ayudó a la situación familiar. Un día, en la iglesia, leyó Génesis 12: “Vete de tu tierra –recita Roberto de memoria– a la tierra que yo te mostraré”. En esas palabras, dice ahora, sintió un mensaje. Volvió a su casa y le dijo a su mujer que se volvían a Chaco. Que se tenían que volver a Chaco. A los seis meses, ya estaban instalados en una nueva casa en Fontana.

Roberto encontró club rápidamente: empezó a jugar de volante central, su nueva posición, en el Club Social y Deportivo Fontana, equipo del Argentino B que compartía con dos de sus hermanos, Sergio y Gustavo. Allí se quedaría cinco años, el mayor tiempo que estuvo en un equipo en su carrera, y ayudaría al equipo a salir de los puestos de descenso y afianzarse como un protagonista de la región. Además, en 2011, fue campeón de la Copa Chaco, uno de los seis títulos oficiales del club en toda su historia y el primero desde 1997. En 2016, un problema con los dirigentes por pagos de sueldos y premios atrasados lo hizo alejarse del equipo y aceptar una nueva propuesta. Se fue al Club Atlético Villa Alvear, equipo de Resistencia que también disputa el Argentino B. Un club más ordenado y con mejor sueldo, que le permite, a sus 35 años, seguir viviendo del fútbol, construyendo su casa y criando sus cuatro – próximamente cinco– hijos.

Roberto Urbina tiene siete años. Está sentado sobre la tierra seca, jugando con unas piedras, con la espalda apoyada sobre el palo de un arco que está siendo comido por el óxido. Acaba de terminar su clase de fútbol, en el club barrial al que empezó a asistir hace unos meses por insistencia de su abuelo Nicolás, a quien está esperando que lo pase a buscar en la bicicleta.

Robertito se alegra al ver a su abuelo doblar lentamente en la esquina con su bicicleta desvencijada. Sabe que antes de volver a casa su abuelo le preguntará cómo le fue, cuántos goles hizo. Sabe que en el regreso bordearán el monte y que desde el caño despintado en que irá sentado podrá planificar por qué sendero se perderá esa tarde, con su honda o su caña de pescar.

—Hola, mi Maradonita. ¿Cómo te fue hoy, cuántos goles hiciste?

Maradonita, así lo llamaba su abuelo.

Nicolás sube a su nieto a la bici y toma la calle de tierra en sentido contrario. Dobla en la esquina y bordea el monte. Robertito mira el campo silvestre, imponente, sereno. Un ensordecedor ruido alerta a ambos, que detienen su marcha y miran al cielo. Un avión, en pleno descenso hacia el aeropuerto de Resistencia, pasa a pocos metros de distancia.

—Prometeme que antes de irme –le dice el abuelo–, antes de morirme, te voy a ver pasar por acá arriba. Maradonita, ocho años antes de que en su casa lo espere un pasaje de avión a Buenos Aires, le responde:

—Te lo prometo, abuelo.