El niño que no quería jugar

El niño que no quería jugar

El niño que no quería jugar

Lo descubrieron en el entretiempo de un torneo que jugaba su viejo. Estaba con unos amiguitos, pateando al arco, cuando un entrenador de baby se obnubiló. Le ofreció jugar en su equipo. El niño, tímido, le dijo que no. Ésta es la historia de ese niño. La historia de Riquelme, antes de que fuera Román.

 

Historia publicada en la Revista Don Julio #1 | Texto: Ignacio Fusco | Fotos: Matías De Mateos

José C. Paz, San Miguel, Polvorines, Villa de Mayo, Don Torcuato: cuatro horas pateando barrios, clubes, potreros y villas de la Provincia de Buenos Aires para encontrarse, ahora, ante un eterno descampado y una vía de tren que lo cruzaba con la naturalidad de una cicatriz. Un solo dato tenía el loco, tipo loco, y con ese dato había cerrado la puerta de su casa por última vez.

—Me habían dicho que el equipo se llamaba San Jorge. Y que al padre le decían Cacho. Cacho, o Piturro, le decían también.

San Jorge era un equipo que el fin de semana había jugado un torneo en el club 9 de Julio, a una cuadra de su casa, en José C. Paz. Un amigo le había dicho que se pegara una vuelta, para chusmear, y el loco, tipo loco, lo vio:

—Seis, siete años tenía. Estaba ahí, con unos amiguitos, pateando al arco. Me acuerdo de eso: cada tanto se ponía a hacer jueguitos, pero lo que más me acuerdo es que pateaba mucho al arco. Es más, fijate que un amigo me dijo: “¿Lo viste? Para mí es mejor que Juan Pablo y Estrellita”. Juan Pablo y Estrellita eran dos chicos que tenía yo. No me acerqué, no le pregunté el nombre, nada. Esto fue un domingo. Y el lunes lo salí a buscar.

Lunes, entonces, seis de la tarde. A un lado de la vía del tren, una villa. Al otro, árboles, matas, un mural de ligustrina y dos o tres casas alejadas que alguien, seguro, se olvidó de guardar. El Conurbano es así: un pibe vago, o despelotado, o colgado, que jamás ordena su habitación. El tipo se había acordado que ahí, a la espalda de Campo de Mayo, había una villa que se llamaba San Jorge, y fue. Como había hecho con decenas de barrios durante cuatro horas, se rascó el peinado y fue.

Más que la entrada, el tipo bordeó la vía calculando la salida: seis de la tarde, el sol que se ensombrecía, un océano verde custodiando el frente de la villa y otro, más grande todavía, detrás. El tipo cruzó la vía y se mandó por uno de los pasillos de la villa. Casas fraternales, casas apretadas, la sensación de que vaciaron un balde de juguetes y todo quedó así, como cayó. Y, por supuesto, la estrechez: el pasillo largo y angosto de los que tienen -muchas veces- un solo camino, nomás.

El tipo se frenó ante un grupito de pibes sentado en el cruce de dos pasillos.

—Hola, disculpen: ¿hay acá un chiquito que juega muy bien? El padre tiene un equipo de fútbol, creo.

—El hijo de Cacho debe ser –le dijo uno de los pibes, cabeceando hacia atrás–. Sí, vive para allá.

— ¿Para allá para dónde?

—Segundo pasillo. Al fondo.

—¿Uno chiquitito así es, no?

—Sí, sí. La rompe.

—¿Y cómo se llama?

—Román.

Segundo pasillo, entonces, al fondo. Del maremoto de los juguetes a la pampa argentina: césped, tierra, más césped, más tierra y la insólita manera de darle otro nombre y otra historia al anonimato de esa forma.

Un arco acá.

El otro, allá.

—Estaba ahí, pateando. Eran tres. La forma en que se movía, lo fino que era, por Dios. Quedé eclipsado.

El loco, tipo loco -Jorge Rodríguez, 25 años, ex Cebollita, ex Combatiente de Malvinas-, se le acercó, se agachó, le sonrió, le preguntó:

—Chiquito, vení… ¿vos sos Román?

Román vestía, apenas, un pantaloncito de fútbol. Apenas, también, le asintió.

—Y escuchame… –insistió Jorge– ¿dónde vivís?

—Flaco, ¿a quién buscás?

Un tipo de unos 27, 28 años, estaba sentado con dos amigos, tomando una coca, en un cordón.

—No, digo… – se trabó Jorge – ¿la casa de este nene?

—¿Y para qué la buscás?

—Quería hablar con el padre del chico.

Ese chico que no se movía, que ni miraba, que seguía, los ojos bajos, quietito ahí.

—Soy delegado de Ferro. Busco chicos para llevarlos a jugar al baby –se destrabó Jorge, señalando al niño con el mentón–. ¿Román, no?

El tipo le pegó un sorbo a la coca.

—Sí.

— ¿Y el padre?

— ¿Qué?

—Cacho, me dijeron, ¿puede ser?

—Ernesto.

—Ernesto — repitió Jorge, dilatando el tiempo—. ¿Podré… digo… su casa… o sea, digo: hablar con él?

—Está hablando con él.

Jorge Rodríguez no laburaba en Ferro: laburaba en un club de baby que se llama Bella Vista. Jorge Rodríguez había dicho Ferro por decir, para no demorar la explicación y que la noche aplastara todo. Ernesto Riquelme – o Cacho, o Piturro – desconfiaba de Jorge, de Bella Vista y del Ferro que nunca existió. La mañana del primer sábado, Jorge volvió a los pasillos de la villa y aplaudió a la puerta de la casa de Román.

Salió Ernesto. O Cacho. O Piturro.

—No quiere jugar, Jorge. No quiere ir.

Jorge sintió en las piernas el cansancio de José C. Paz, Malvinas Argentinas, San Miguel, Polvorines, Villa de Mayo, Don Torcuato.

—No quiere – se afirmó Cacho –. Le da vergüenza, es así.

Cacho le había preguntado a Román qué quería y Román no le había dicho nada. Cada tarde de cada sábado, Cacho jugaba en el equipo que Jorge había visto antes y después de haber visto, por primera vez, a Román. “San Jorge”, le habían dicho, equivocándose con el nombre de la villa, pero no: el equipo se llamaba El Ciclón.

Jorge no pudo verlo, aquella mañana, a Román: el niño de los Riquelme se había escondido en uno de los pasillos de su casa. Eso hizo entonces, y eso hizo cada vez que oía los aplausos del entrenador: refugiarse, fugarse, con el sigilo de un gurkha.

Al primer sábado, Román hizo lo que hacía todos los sábados: acompañar a su viejo a los torneos que jugaba El Ciclón.

—Convencelo, dale —le pidió Jorge a Cacho—. Traémelo a Bella Vista. Una vez, nada más.

El primer número que Román usó en Bella Vista fue el 5.

—Llegó con el padre, calladito, y no se movió de su lado hasta que le dije que había que ir al vestuario —recuerda Jorge—. Le había ofrecido una coca: nada. Un sánguche: nada. Y no habló nunca. Entramos al vestuario, lo presenté a los compañeritos y se cambió en una esquina, en silencio, solo. Jugó, volvió a cambiarse solo y se sentó al lado del padre, otra vez. Y tampoco me aceptó la coca.

Como tampoco aceptó jugar, definitivamente, en Bella Vista. En la villa ya se sabía que Román la pisaba, cada tanto, en un club. Y Román ya sabía que los sábados iría, cada tanto, a los potreros en los que barrenaba El Ciclón.

—Ocho, nueve, diez años y ya nos toreaba. Nos veía salir a todos en fila y nos decía: “¿Cómo van a perder con unos muertos así?”.

El que habla es Cacho, amigo de Cacho, el papá de Román. Cacho al cuadrado, digamos, porque los dos jugaban en el equipo y los dos laburaban de albañiles, también.

—Nos decía qué cagadas nos habíamos mandado, qué cosa habíamos hecho mal, el pendejo.

A los 13 años, Román les dijo de otra manera cómo hacerlo, qué hacer: empezó a jugar con ellos. Los rivales tenían 30 años y dos reflejos obvios: se le cagaban de risa, primero, y lo cagaban a patadas, después.

—Lo mataban —insiste Cacho—. Después aprendió a soltarla más rápido, y cuándo gambetear. Pero le daban, le daban mucho. Al principio lo buscaban, se reían, y después se daban cuenta de que era bueno en serio, el pendejo.

Cacho recuerda aquellas patadas justo al costado de la primera cancha en la que jugó Román, el campito lunar -pozo, piedra, piedra, pozo, ay – en el que su viejo gritó: “Flaco, ¿a quién buscás?”.

—Dejó de jugar con nosotros cuando ya estaba en Argentinos —precisa Cacho—, porque se tenía que cuidar. Pero antes, una bestia. Escuchame, pateaba los penales: 14 años y pateaba los penales. Con un fierro le daba, Román.

En Bella Vista, mientras tanto, algunos padres lo celaban. Bajito se decía que ahí viene el villero, mirá, hasta que a Jorge Rodríguez lo echaron del club y se fue a La Carpita, un club de baby que está a dos cuadras de la estación de tren de El Tropezón. Román no quiso ir más a Bella Vista. Nicolás Alfaro y Rafael Scandolo, dos compañeritos, tampoco. Una noche, Jorge se decidió: ya había convencido a Rafael, a Nico, y le faltaba Román. La noche es un agujero de ozono en la villa. Jorge caminó por el ahogo del segundo pasillo y aplaudió a la puerta de la casa de Román.

Televisores gritando, cumbia al palo, algunos chicos tomando coca en una esquina. Y por primera vez, abrió Román :

— ¡Papi, vino Jorge!

La última imagen hay que observarla desde arriba: Campo de Mayo, la noche, la vía y un desubicado cantando, saltando:

— ¡La Carpita va a salir campeón, La Carpita va a salir campeón…!

El tipo estaba loco. Y el futuro -siempre canchero, enigmático – se asomó tras el telón: a la cancha de La Carpita le decían la Bombonerita.

En La Carpita no hay fotos de Román. Afuera brilla el sol del mediodía, y entrar al club es como dejarse anochecer: lo primero que se siente es la pesadez de la sombra y lo primero que se ve es un buffet que tiene la inmensidad de un galpón y cinco o seis mesas, nomás. En una, dos viejos y una gaseosa; en otra, un hombre, sin gaseosa. Detrás del mostrador, una chica -la moza, hija o sobrina, seguro, del presidente del club- se evade con la hipnosis de un televisor. El escritor italiano Ermanno Cavazzoni tenía razón: son maquetas los mundos, y basta que nos vayamos de ahí para que los tipos levanten todo y se escondan nuevamente, satisfechos de su actuación.

La única pista de que Román jugó ahí se ve en la puerta de La Bombonerita. Arriba del marco quedó un pedazo de póster, pero justo el pedazo que no tenía que quedar: “(…) ídolo de La Carpita…”.

—Lo arrancaron los dirigentes que estaban antes. “Juan Román Riquelme, ídolo de La Carpita”, decía. Pero como Román se había peleado con esa dirigencia, los tipos sacaron todo lo que había de él. Hincha de River, el presidente, imaginate.

Daniel acomoda una mesa al lado de la puerta de La Bombonerita. En un rato acomodará su silla, una caja de cartón con las entradas y acomodará, también, las planillas con los nombres y los apellidos de los chicos que están por llegar.

—La foto de Román tocaba el techo, más o menos.

Daniel no se acuerda quién bautizó La Bombonerita a La Bombonerita, pero el arte nos acostumbró así: una obra más que trasciende al autor. La cancha de La Bombonerita es un océano de cerámica azul, todo un flash luego de la caverna del buffet. Un azul brillante cielo, con la canchita delimitada por líneas blancas y un balcón que aprieta uno de los laterales hasta la intimidación. Se ve la baranda, la platea detrás, y la imagen cae como piña: el Maradona de las cejas depiladas infla el pecho en su palco de La Boca.

—Acá… — dice Daniel, cerca de un córner — le tiró un caño tremendo a Mirko Saric, el chico que jugó en San Lorenzo. Se anunció durante semanas ese partido: Román contra Saric. La Carpita ya ganaba 3-0 y el partido terminó con un bochazo que Román durmió acá, contra este córner. Saric lo apretó, lo ahogó desde atrás, y mirá lo que hizo Román.

Daniel debe imaginarse los gritos de los padres, los nervios de los chicos, la pelota ahí:

—Román se la pisó, se la alejó y le tiró un caño de rabona. Y cuando Saric volvió a marcarlo, desesperado, se la pisó otra vez, volviendo al mismo lugar.

Lo dicho: ni el tiempo –ni la pelota– han avanzado. Caminar la cancha azul de La Carpita es caminar por un sendero de historias cuasi bíblicas: una vuelta, cuentan, quedó mano a mano con el arquero: lo revolcó, la pisó, le amagó un globo, el arquero se recuperó, se la volvió a pisar, lo gambeteó y se metió al arco con pelota –y gloria– y todo.

Otra tarde, porfían, bailó tanto a Tradito, Martín Tradito, un chico de Parque, que Ramón Maddoni, el entrenador, lo sacó al pibe arrastrándolo de una oreja.

Un sábado, juran, no podía jugar una final por una hinchazón en el dedo gordo del pie derecho. El ex presidente del club entró al vestuario. Se preocupó, lo animó, lo mimó. Reservamos su nombre porque la historia concluye con el ex presidente haciéndole masajes y chupándole el dedo del pie.

Y La Carpita perdía 3-0, y entró Román, y en cinco minutos lo dio vuelta: 4-3.

Y amén.

 

Román silbaba: siempre silbaba. Silbaba acodado a la ventanilla del bondi, mientras volvía por la Ruta 202, sábados doce de la noche, desde La Carpita, y silbaba mientras desanudaba sus botines, seis y media de la mañana, antes de ir al entrenamiento de Argentinos. La vieja se los dejaba colgados en una soguita, en el patio delantero de la casa. Román los desanudaba, entraba otra vez y se sentaba a la mesa de la cocina, o en la cama de su habitación. Y empezaba: estiraba un cordón, le apuntaba al ojal de un botín, lo pasaba, lo miraba, lo volvía a estirar.

—La concha de tu madre, Román, que no llegamos —le susurraba Jorge, siempre a su lado. El mundo dormía. Y Román, silbando, se reía.

Luego, nueve cuadras, bondi, tren, bondi otra vez. Argentinos se entrenaba en su cancha o en la de Lamadrid, pero daba igual: el viaje era un Vía Crucís hasta Jerusalén. Estamos en 1990. Román todavía jugaba en La Carpita, así que el fútbol no gozaba del descanso del Señor, y su cuerpo tampoco: baby, once, baby, once, uf. En Argentinos detectaron que no recuperaba su peso. Román tenía 12 años y la delgadez de un wing.

—Nos sometieron a un plan alimenticio. A él y a mí. A los dos. Régimen estricto, vitaminas —avala Cristian Ezquerra, delantero de La Carpita y compañero de Román, también, en La Paternal. La vida es maravillosa: Ezquerra es, ahora, gerente general de un restorán. Un restorán que queda en Miami.

—Eramos flaquitos, súper flaquitos. Pero bueno, yo era wing, él jugaba en el medio o lo tiraban atrás, no tenía nada que ver.

Dato fácil de encontrar en cualquier biografía: al ídolo, de niño, no lo ponían. No jugaba. Lo cuidaban o lo subestimaban. El ídolo, de niño, era relegado por adultos que hoy se rascan su panza mientras manejan el remís.

—Ya te digo: lo movían fácil. Tirababa la pelota y la perdía. Le costaba gambetear.

Ramón Maddoni es una foca blanca a la mesa de un café. Lo de blanca es porque viste una chomba de Boca –blanca– y lo de foca es por la actitud pesada, desparramada.

—No tenía continuidad de trabajo, Román —sentencia ante Don Julio—. Entraba, salía, no jugaba siempre, no.

Y no sólo no jugaba, sino que a veces ni se concentraba. Argentinos no lo había querido fichar. Los repeló lo flaquito que era, y algunos entrenadores hasta decían que no jugaba bien. En Infantiles, Pre-Novena y Novena había 17 chicos en la planilla y el 18 –casi siempre– era Román. Lo ponían de titular cuando Argentinos jugaba en Rosario, por ejemplo, porque otros compañeritos no podían, no querían o no los dejaban viajar. Y Cacho, su viejo, se empezó a fastidiar.

— ¿Lo va a tener en cuenta, Ramón?

Riquelme Padre y Maddoni Entrenador, frente a frente en la práctica de Argentinos.

—El viejo sabía lo que tenía en sus manos –recuerda Ramón–. Caía a preguntarme y yo le decía que sí, obvio que sí, pero que había que esperar.

Cacho le retrucó de otra manera: intentó llevar a Román a Platense. Se lo dijo a Jorge. Jorge llamó a un técnico amigo suyo que laburaba en Platense y lo llevó a ver un Chacarita-Argentinos.

—Mirá, es ése.

Jorge cabeceaba y señalaba a un flaquito con cubana y piernas de garza.

—Si te gusta, mañana lo tenés practicando allá —le canchereó. El amigo le sonrió, se tiró hacia atrás:

—Si sabés, Jorge, que lo tengo a Rondinone, que es un crack.

Rondinone. Ron, di, no, ne.

Así que Román siguió jugando, o no jugando, en Argentinos. Fue 8, 5, 11, 10 y pseudo central, entre el medio y la zaga. Jugó con Esteban Cambiasso, Emanuel Ruiz, Mariano Herrón; le nació la voz: en La Carpita se la pasaba ordenando y aconsejando a los compañeros, y en Argentinos, finalmente, también. Con el tiempo y el talento se asentó, y entonces llegó lo inevitable, el viaje de egresados de todo niño jugador. El primer retiro. Un viaje inmóvil, sin la obviedad de viajar.

—Había como 200 personas, una locura –se entusiasma Cristian Ezquerra, el ex wing de La Carpita. Él también tenía 12 años cuando el club los despidió. Los homenajeó, en realidad, por tener que despedirlos. Las cartulinas, las pancartas, el fibrón: “Categoría 78. Hasta siempre”.

Doscientas personas, entonces. Repleta, luminosa, La Bombonerita. Jugaron todas las categorías, las siete categorías, y luego desenfundaron los tablones para armar las mesas en la canchita azul. Familiares, abrazos, comilona, un escenario (o tarima) del lado de la platea, y el animador. La entrega de premios. El mejor compañero. El goleador. El mejor jugador.

—Terminamos a las seis de la mañana. Cuando salimos era de día – recuerda Jorge Rodríguez, aún técnico de La Carpita, administrador de una cadena de locutorios –. Empezó como a la una y se estiró, se estiró. El último premio fue al mejor jugador.

El mundo se hipnotiza con el balón de bronce que alza el animador. Debajo del escenario, los padres y los niños erigen un silencio de fe. Sentaditos, anónimos a un costado, Cristian Ezquerra y Román:

—Es para vos.

—Mirá si va a ser para mí.

—Es para vos, boludo —le insiste Román—.

Te digo que es para vos.

—No, Román, éste no.

—Haceme caso, te lo dan a vos.

El animador dice un nombre. El mundo lo mira a él, que llora; llora y se queda sentado, aturdido por los aplausos, sin querer pararse, sin saber qué hacer.

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