El ilusionista

El ilusionista

El ilusionista

Antes de firmar con el Manchester United –antes de ganar 22 títulos como entrenador– el arrogante José Mourinho solía enfrentarse a un desafío mayor: enseñarle a un nene con problemas motrices a que se animara a subir una escalera. El ex profesor de chicos con Síndrome de Down nunca ha sido quien mostró ser. Biografía del otro portugués: el hombre que aparece cuando se apaga la cámara.

 

Historia publicada en la Revista Don Julio #4 | TEXTO: Ben Lyttleton |FOTOS: Leon Neal (AFP)

Cuando Manchester United estaba en la búsqueda de un entrenador tras el alejamientode Alex Ferguson en mayo de 2013, Bobby Charlton –leyenda del club, además de miembro del directorio– vetó la contratación de José Mourinho. Charlton creía que el estilo beligerante del portugués –sus batallas contra la Football Association, los entrenadores rivales y los árbitros– no iba en línea con lo que él llamó “The Manchester United Way”.

Tres años más tarde, el 31 de mayo de 2016, Mourinho entró por primera vez al centro de entrenamiento de Manchester United, ya como técnico del equipo. Adentro, para recibirlo, estaba Charlton.

— Estoy muy feliz de verlo acá —le dijo Charlton, sonriente.

— Usted mató a mi país con los dos goles que le hizo en el Mundial 66. Pero está todo bien entre nosotros, igual —respondió, también sonriente, Mourinho.

El otro Mourinho, el que aparece cuando las cámaras de televisión se apagan.

— Bastardo arrogante —masculló Ferguson frente a la tele. Era 2 de julio de 2004, y Mourinho acababa de decir en su presentación en Chelsea: “Por favor, no me llamen arrogante por lo que  voy a decir, pero es la verdad: yo soy el último campeón europeo, no un entrenador cualquiera. Yo soy The Special One”.

La tensión entre Ferguson y Mourinho sería televisada. En diciembre de 2006, Mourinho dijo que la diferencia entre Manchester United, líder de la Premier League, y Chelsea era, en realidad, de dos y no de cinco puntos, porque los dos equipos se debían enfrentar aún en abril de 2007 y, para Mourinho, Chelsea ganaría sin dificultad. Ferguson respondió: “Lo escuché, y estoy emblando de miedo. Es bueno saber de antemano que ese partido está perdido. Ese día voy a poner suplentes, así los titulares descansan”.

Sin embargo, era una actuación: en privado, la relación era amistosa. El 12 de enero de 2005, Chelsea y Manchester United empataron 0-0 en Stamford Bridge por la ida de la semifinal de la League Cup. Cuando terminó el partido, Mourinho invitó a Ferguson a beber una copa de vino en su oficina. Ferguson aceptó. Mourinho pidió una botella al servicio de catering de Chelsea. El servicio de catering le llevó un vino argentino.

— Acá tiene, Jefe —sirvió Mourinho, que no sabía demasiado de vinos. Tampoco sabía que Ferguson era un especialista desde que su esposa, Cathy, le aconsejó que encontrara un hobby: “Estás obsesionado con el fútbol, te vas a morir”, le dijo, según relató el mismísimo Ferguson en abril de 2014, cuando presentó una subasta: una subasta de cinco mil botellas de vino de su colección personal que se llevaría adelante en Hong Kong.

Relataría Ferguson: “Ese día, cuando nos encontramos en su oficina para beber una copa de vino, José no paraba de llamarme ‘Jefe’ o ‘Big Man’, pero habría sido interesante que sus cumplidos hubieran venido acompañados de una copa de vino decente y no de un tarro de pintura”.

Relataría Mourinho: “Es cierto: yo le pedí el vino al servicio de catering del Chelsea, pero el vino no estaba a la altura de lo que se merecía el Jefe”. Dos semanas más tarde, para la revancha en Old Trafford, que Chelsea ganaría 2-1 para clasificarse a la final de la League Cup, Mourinho llevaría una botella de Barca Velha, un vino portugués de 400 dólares que le había recomendado un amigo.

“Nunca había tenido un entrenador que, mientras yo me lavaba las bolas en el vestuario, se acercara para decirme que era el mejor jugador del mundo. Pero Mourinho es así: el entrenador que más se preocupa por el jugador con el que he trabajado. Puede que yo sea parcial, porque lo amo, pero es el entrenador más leal que conocí”, lo retrató el mediocampista inglés Frank  Lampard, al que había dirigido en Chelsea. En 2008, cuando falleció la mamá de Lampard, Mourinho lo llamaba a diario para apoyarlo. En ese momento, Mourinho dirigía al Inter de Italia: no era, ya, su entrenador.

“Yo estaba preparado para matar y morir por él”, decía el mediocampista holandés Wesley Sneijder, que, entonces, sí estaba en Inter.

“Me hacía sentir como un león”, escribió el delantero sueco Zlatan Ibrahimovic en su  autobiografía, Yo soy Zlatan: “Me sedujo a través de mensajes de texto. Él todavía no había asumido en Inter cuando, después de un partido de Suecia, me llegó un SMS: ‘Buen partido’. Nunca un entrenador me había enviado un SMS para felicitarme. Por él, habría hecho cualquier  cosa”.

E Ibrahimovic no suele elogiar a sus entrenadores: el antecesor de Mourinho en Inter, el italiano Roberto Mancini, “no era querido por los jugadores”, según relató el sueco. “Pero igual   ganamos la Serie A con él. Cuando se despidió, mis compañeros le dijeron ‘gracias’ uno por uno. ´De nada´, le dije yo cuando me tocó despedirlo.”

El entrenador que lograba que Ibrahimovic se sintiera como un león, el entrenador por el que Sneijder estaba preparado para matar y morir, es el Mourinho que no vemos (porque no se deja ver) ni escuchamos (porque no se deja escuchar). El verdadero Mourinho: el que se conecta con los jugadores, el que está pendiente de ellos, el que les escribe SMS desde su BlackBerry (“el mejor teléfono, con ése me alcanza”) a sus novias/esposas para preguntarles si sus novios/esposos están durmiendo bien, y hasta si son felices.

“Lo más importante para ser entrenador – le dijo Mourinho al Daily Telegraph en abril de 2015– no es estar preparado técnicamente, sino la relación que se pueda establecer con los jugadores. Desde ya que se necesita tener conocimientos, capacidad de analizar el juego. Pero todo pasa por la empatía que se genera con el grupo. No se trata de establecer una relación perfecta entre vos y yo, no; se trata de establecer la relación perfecta con el grupo, porque es el grupo, y no un jugador particular, el que gana.”

Mourinho no aprendió esto en 1996, cuando llegó al Barcelona como traductor del entrenador inglés Bobby Robson. Tampoco cuando, todavía en el Barcelona, fue nombrado ayudante de campo del holandés Louis van Gaal. Ni en su debut como entrenador de Primera División en Benfica, de Portugal, donde trabajó durante apenas tres meses en 2000 (renunció tras una pelea con la dirigencia). No. Mourinho había aprendido que la preparación técnica —el estudiar, el conocer— era menos importante que la capacidad de relacionarse cuando consiguió su primer empleo: enseñar a niños con síndrome de Down y trastornos mentales, en Portugal.

“Yo no estaba preparado técnicamente para asistir a esos niños, pero aun así siento que hice pequeños milagros allí sólo a través de la relación con ellos; a través del afecto, de una caricia, de la empatía. Había un niño que no quería subir escaleras, otro que no podía coordinar ni un movimiento corporal simple, todos ellos con problemas, pero conseguimos muchas, muchas cosas simplemente a través de la empatía con ellos.”

— ¡Es absurdo! ¡Los jugadores y entrenadores de fútbol no somos doctores ni científicos! ¡Nosotros no salvamos vidas!

Era 2014, y Mourinho, según le contó al Daily Telegraph, acababa de ver que entre las 100 personas más influyentes del mundo para la revista estadounidense Forbes estaban el portugués Cristiano Ronaldo (puesto 30) y Lionel Messi (puesto 45).

Abel Rodríguez nació en California y es hincha del Real Madrid. Durante siete años, entre 2006 y 2013, pidió dos semanas de vacaciones en su trabajo, como personal de limpieza en el Metro de Los Ángeles, para ofrecerse como voluntario (ad honorem) en la pretemporada del club en el centro de entrenamiento de la UCLA (University of California, Los Angeles). Se despertaba a las cinco de la mañana, manejaba una hora hasta la UCLA, ponía conos en las prácticas, hacía de alcanza-pelotas en los amistosos y manejaba otra hora de vuelta a su casa, en Fontana, a 86 kilómetros de Los Ángeles, a las once de la noche. Allí conoció a Mourinho.

En 2013, Rodríguez, de 41 años, desembolsó –alentado por su esposa Olga y sus tres hijas– todos sus ahorros para viajar a Europa por primera vez: quería ver el clásico entre Real Madrid y Barcelona. Ya en Madrid, en la mañana del 28 de febrero, se sentó en la vereda –helada, había nevado– enfrente a la puerta del centro de entrenamiento de Valdebebas: no tenía entrada para el partido, que se jugaría dos días más tarde, ni reserva en un hotel.

— ¡Frená! ¡Ese tipo es el de Los Ángeles! —le dijo Mourinho a Rui Faria, su ayudante, que iba al volante cuando salían de Valdebebas.

Mourinho se asomó por la ventanilla—: Amigo… amigo… ¿qué estás haciendo aquí?

— Vine a visitarlos. Es mi primera vez en Europa y quería ver El Clásico.

— Pero, ¿tenés entradas? Porque no quedaban. ¿Dónde estás alojado?

— No, no tengo entradas ni alojamiento.

Rodríguez dormiría esa noche en la habitación de Mourinho en el hotel de concentración

del equipo, cenaría con Mourinho a la noche siguiente y vería desde la tribuna del estadio Santiago Bernabéu la victoria 2-1 de Real Madrid ante Barcelona.

— Muchísimas gracias, ya me puedo volver a casa. Muchísimas, muchísimas gracias —se despidió Rodríguez, según le contó al periodista Grant Wahl, en la revista estadounidense Sports Illustrated.

— No todavía —le aviso Mourinho, y le pidió su pasaporte para sacarle una foto.

Tres días más tarde, Rodríguez estaba sentado en el banco de suplentes del Real Madrid, vestido con el equipo oficial del club, en el estadio Old Trafford, de Manchester: Mourinho lo había llevado como utilero a la revancha de los octavos de final de la Champions League.

Antes del partido, en el túnel, el también mexicano Javier “Chicharito” Hernández saludó a Rodríguez y le dijo que después le regalaría su camiseta: Mourinho, le dijo Hernández, le había contado su historia.

Después de la victoria 2-1 –y la clasificación– del equipo del técnico portugués, a pedido del brasileño Marcelo, lateral izquierdo del Real Madrid, Rodríguez golpeó la puerta del vestuario del Manchester United: Marcelo quería intercambiar su camiseta con el delantero holandés Robin van Persie.

— La quiere cambiar, pero no con usted —bromeó Rodríguez antes de entregarle la camiseta  de Van Persie a Marcelo, ya de vuelta en el vestuario del Real Madrid. Enseguida, entró a ese  vestuario Diego Maradona, que estaba en Manchester. Rodríguez todavía conserva su foto con él.

El utilero circunstancial volvió al vestuario del Manchester United: quería la camiseta de Hernández. Ni bien la recibió, Ferguson, que estaba furioso porque Manchester United había caído y no había asistido a la conferencia de prensa, le dijo a Rodríguez, al verlo vestido como empleado del Real Madrid.

— Dígale a José que venga, que estoy listo. Pero que se apure. Ferguson sostenía dos copas de vino.

Cuando Manchester United estaba en la búsqueda de un entrenador tras el alejamientode Alex Ferguson en mayo de 2013, Bobby Charlton –leyenda del club, además de miembro del directorio– vetó la contratación de José Mourinho. Charlton creía que el estilo beligerante del portugués –sus batallas contra la Football Association, los entrenadores rivales y los árbitros– no iba en línea con lo que él llamó “The Manchester United Way”.

Tres años más tarde, el 31 de mayo de 2016, Mourinho entró por primera vez al centro de entrenamiento de Manchester United, ya como técnico del equipo. Adentro, para recibirlo, estaba Charlton.

— Estoy muy feliz de verlo acá —le dijo Charlton, sonriente.

— Usted mató a mi país con los dos goles que le hizo en el Mundial 66. Pero está todo bien entre nosotros, igual —respondió, también sonriente, Mourinho.

El otro Mourinho, el que aparece cuando las cámaras de televisión se apagan.

— Bastardo arrogante —masculló Ferguson frente a la tele. Era 2 de julio de 2004, y Mourinho acababa de decir en su presentación en Chelsea: “Por favor, no me llamen arrogante por lo que  voy a decir, pero es la verdad: yo soy el último campeón europeo, no un entrenador cualquiera. Yo soy The Special One”.

La tensión entre Ferguson y Mourinho sería televisada. En diciembre de 2006, Mourinho dijo que la diferencia entre Manchester United, líder de la Premier League, y Chelsea era, en realidad, de dos y no de cinco puntos, porque los dos equipos se debían enfrentar aún en abril de 2007 y, para Mourinho, Chelsea ganaría sin dificultad. Ferguson respondió: “Lo escuché, y estoy emblando de miedo. Es bueno saber de antemano que ese partido está perdido. Ese día voy a poner suplentes, así los titulares descansan”.

Sin embargo, era una actuación: en privado, la relación era amistosa. El 12 de enero de 2005, Chelsea y Manchester United empataron 0-0 en Stamford Bridge por la ida de la semifinal de la League Cup. Cuando terminó el partido, Mourinho invitó a Ferguson a beber una copa de vino en su oficina. Ferguson aceptó. Mourinho pidió una botella al servicio de catering de Chelsea. El servicio de catering le llevó un vino argentino.

— Acá tiene, Jefe —sirvió Mourinho, que no sabía demasiado de vinos. Tampoco sabía que Ferguson era un especialista desde que su esposa, Cathy, le aconsejó que encontrara un hobby: “Estás obsesionado con el fútbol, te vas a morir”, le dijo, según relató el mismísimo Ferguson en abril de 2014, cuando presentó una subasta: una subasta de cinco mil botellas de vino de su colección personal que se llevaría adelante en Hong Kong.

Relataría Ferguson: “Ese día, cuando nos encontramos en su oficina para beber una copa de vino, José no paraba de llamarme ‘Jefe’ o ‘Big Man’, pero habría sido interesante que sus cumplidos hubieran venido acompañados de una copa de vino decente y no de un tarro de pintura”.

Relataría Mourinho: “Es cierto: yo le pedí el vino al servicio de catering del Chelsea, pero el vino no estaba a la altura de lo que se merecía el Jefe”. Dos semanas más tarde, para la revancha en Old Trafford, que Chelsea ganaría 2-1 para clasificarse a la final de la League Cup, Mourinho llevaría una botella de Barca Velha, un vino portugués de 400 dólares que le había recomendado un amigo.

“Nunca había tenido un entrenador que, mientras yo me lavaba las bolas en el vestuario, se acercara para decirme que era el mejor jugador del mundo. Pero Mourinho es así: el entrenador que más se preocupa por el jugador con el que he trabajado. Puede que yo sea parcial, porque lo amo, pero es el entrenador más leal que conocí”, lo retrató el mediocampista inglés Frank  Lampard, al que había dirigido en Chelsea. En 2008, cuando falleció la mamá de Lampard, Mourinho lo llamaba a diario para apoyarlo. En ese momento, Mourinho dirigía al Inter de Italia: no era, ya, su entrenador.

“Yo estaba preparado para matar y morir por él”, decía el mediocampista holandés Wesley Sneijder, que, entonces, sí estaba en Inter.

“Me hacía sentir como un león”, escribió el delantero sueco Zlatan Ibrahimovic en su  autobiografía, Yo soy Zlatan: “Me sedujo a través de mensajes de texto. Él todavía no había asumido en Inter cuando, después de un partido de Suecia, me llegó un SMS: ‘Buen partido’. Nunca un entrenador me había enviado un SMS para felicitarme. Por él, habría hecho cualquier  cosa”.

E Ibrahimovic no suele elogiar a sus entrenadores: el antecesor de Mourinho en Inter, el italiano Roberto Mancini, “no era querido por los jugadores”, según relató el sueco. “Pero igual   ganamos la Serie A con él. Cuando se despidió, mis compañeros le dijeron ‘gracias’ uno por uno. ´De nada´, le dije yo cuando me tocó despedirlo.”

El entrenador que lograba que Ibrahimovic se sintiera como un león, el entrenador por el que Sneijder estaba preparado para matar y morir, es el Mourinho que no vemos (porque no se deja ver) ni escuchamos (porque no se deja escuchar). El verdadero Mourinho: el que se conecta con los jugadores, el que está pendiente de ellos, el que les escribe SMS desde su BlackBerry (“el mejor teléfono, con ése me alcanza”) a sus novias/esposas para preguntarles si sus novios/esposos están durmiendo bien, y hasta si son felices.

“Lo más importante para ser entrenador – le dijo Mourinho al Daily Telegraph en abril de 2015– no es estar preparado técnicamente, sino la relación que se pueda establecer con los jugadores. Desde ya que se necesita tener conocimientos, capacidad de analizar el juego. Pero todo pasa por la empatía que se genera con el grupo. No se trata de establecer una relación perfecta entre vos y yo, no; se trata de establecer la relación perfecta con el grupo, porque es el grupo, y no un jugador particular, el que gana.”

Mourinho no aprendió esto en 1996, cuando llegó al Barcelona como traductor del entrenador inglés Bobby Robson. Tampoco cuando, todavía en el Barcelona, fue nombrado ayudante de campo del holandés Louis van Gaal. Ni en su debut como entrenador de Primera División en Benfica, de Portugal, donde trabajó durante apenas tres meses en 2000 (renunció tras una pelea con la dirigencia). No. Mourinho había aprendido que la preparación técnica —el estudiar, el conocer— era menos importante que la capacidad de relacionarse cuando consiguió su primer empleo: enseñar a niños con síndrome de Down y trastornos mentales, en Portugal.

“Yo no estaba preparado técnicamente para asistir a esos niños, pero aun así siento que hice pequeños milagros allí sólo a través de la relación con ellos; a través del afecto, de una caricia, de la empatía. Había un niño que no quería subir escaleras, otro que no podía coordinar ni un movimiento corporal simple, todos ellos con problemas, pero conseguimos muchas, muchas cosas simplemente a través de la empatía con ellos.”

— ¡Es absurdo! ¡Los jugadores y entrenadores de fútbol no somos doctores ni científicos! ¡Nosotros no salvamos vidas!

Era 2014, y Mourinho, según le contó al Daily Telegraph, acababa de ver que entre las 100 personas más influyentes del mundo para la revista estadounidense Forbes estaban el portugués Cristiano Ronaldo (puesto 30) y Lionel Messi (puesto 45).

Abel Rodríguez nació en California y es hincha del Real Madrid. Durante siete años, entre 2006 y 2013, pidió dos semanas de vacaciones en su trabajo, como personal de limpieza en el Metro de Los Ángeles, para ofrecerse como voluntario (ad honorem) en la pretemporada del club en el centro de entrenamiento de la UCLA (University of California, Los Angeles). Se despertaba a las cinco de la mañana, manejaba una hora hasta la UCLA, ponía conos en las prácticas, hacía de alcanza-pelotas en los amistosos y manejaba otra hora de vuelta a su casa, en Fontana, a 86 kilómetros de Los Ángeles, a las once de la noche. Allí conoció a Mourinho.

En 2013, Rodríguez, de 41 años, desembolsó –alentado por su esposa Olga y sus tres hijas– todos sus ahorros para viajar a Europa por primera vez: quería ver el clásico entre Real Madrid y Barcelona. Ya en Madrid, en la mañana del 28 de febrero, se sentó en la vereda –helada, había nevado– enfrente a la puerta del centro de entrenamiento de Valdebebas: no tenía entrada para el partido, que se jugaría dos días más tarde, ni reserva en un hotel.

— ¡Frená! ¡Ese tipo es el de Los Ángeles! —le dijo Mourinho a Rui Faria, su ayudante, que iba al volante cuando salían de Valdebebas.

Mourinho se asomó por la ventanilla—: Amigo… amigo… ¿qué estás haciendo aquí?

— Vine a visitarlos. Es mi primera vez en Europa y quería ver El Clásico.

— Pero, ¿tenés entradas? Porque no quedaban. ¿Dónde estás alojado?

— No, no tengo entradas ni alojamiento.

Rodríguez dormiría esa noche en la habitación de Mourinho en el hotel de concentración

del equipo, cenaría con Mourinho a la noche siguiente y vería desde la tribuna del estadio Santiago Bernabéu la victoria 2-1 de Real Madrid ante Barcelona.

— Muchísimas gracias, ya me puedo volver a casa. Muchísimas, muchísimas gracias —se despidió Rodríguez, según le contó al periodista Grant Wahl, en la revista estadounidense Sports Illustrated.

— No todavía —le aviso Mourinho, y le pidió su pasaporte para sacarle una foto.

Tres días más tarde, Rodríguez estaba sentado en el banco de suplentes del Real Madrid, vestido con el equipo oficial del club, en el estadio Old Trafford, de Manchester: Mourinho lo había llevado como utilero a la revancha de los octavos de final de la Champions League.

Antes del partido, en el túnel, el también mexicano Javier “Chicharito” Hernández saludó a Rodríguez y le dijo que después le regalaría su camiseta: Mourinho, le dijo Hernández, le había contado su historia.

Después de la victoria 2-1 –y la clasificación– del equipo del técnico portugués, a pedido del brasileño Marcelo, lateral izquierdo del Real Madrid, Rodríguez golpeó la puerta del vestuario del Manchester United: Marcelo quería intercambiar su camiseta con el delantero holandés Robin van Persie.

— La quiere cambiar, pero no con usted —bromeó Rodríguez antes de entregarle la camiseta  de Van Persie a Marcelo, ya de vuelta en el vestuario del Real Madrid. Enseguida, entró a ese  vestuario Diego Maradona, que estaba en Manchester. Rodríguez todavía conserva su foto con él.

El utilero circunstancial volvió al vestuario del Manchester United: quería la camiseta de Hernández. Ni bien la recibió, Ferguson, que estaba furioso porque Manchester United había caído y no había asistido a la conferencia de prensa, le dijo a Rodríguez, al verlo vestido como empleado del Real Madrid.

— Dígale a José que venga, que estoy listo. Pero que se apure. Ferguson sostenía dos copas de vino.

Mourinho hace caridad pero no quiere que se sepa (sus ayudantes me explicaron una vez que no le gusta que se haga público). Mourinho viajó en 2014 a Costa de Marfil como embajador del Programa Mundial de Alimentos de la ONU (“la gente cree que el fútbol es lo más importante en el mundo, pero no lo es.

No somos nadie comparados con los que hacen cosas importantes”). Mourinho colabora con la iglesia de su ciudad, Setúbal, Portugal (“cuando estoy allí, voy a diario a misa”).

— ¿Usted se considera una buena persona? — le preguntó Mick Brown en el Daily Telegraph.

— Creo que soy una buena persona. Lo intento. Lo soy en mi familia, lo soy con mis amigos. ¿Me equivoco? Sí. Mi profesión es muy competitiva, y a veces hace que uno se comporte de determinada manera. Pero la vida profesional es sólo una parte de una persona; una persona es mucho más.

Mourinho hace caridad pero no quiere que se sepa (sus ayudantes me explicaron una vez que no le gusta que se haga público). Mourinho viajó en 2014 a Costa de Marfil como embajador del Programa Mundial de Alimentos de la ONU (“la gente cree que el fútbol es lo más importante en el mundo, pero no lo es.

No somos nadie comparados con los que hacen cosas importantes”). Mourinho colabora con la iglesia de su ciudad, Setúbal, Portugal (“cuando estoy allí, voy a diario a misa”).

— ¿Usted se considera una buena persona? — le preguntó Mick Brown en el Daily Telegraph.

— Creo que soy una buena persona. Lo intento. Lo soy en mi familia, lo soy con mis amigos. ¿Me equivoco? Sí. Mi profesión es muy competitiva, y a veces hace que uno se comporte de determinada manera. Pero la vida profesional es sólo una parte de una persona; una persona es mucho más.

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