El día que me quieras

El día que me quieras

El día que me quieras

A 400 kilómetros de Montevideo, Tacuarembó es –juran– la ciudad en la que nació Gardel. La ciudad en la que –porfían– está el equipo con más gente después de Peñarol y Nacional. Un equipo que en 2008 lució, en su camiseta, la cara del Zorzal. A Tacuarembó viajamos. Saquen su entrada para ver a Tacuarembó FC.

Historia publicada en la Revista Don Julio #1 | Texto: Federico Bassahún | Fotos: Matías de Mateos

 La estación de ómnibus está desierta. Es pequeña: tiene siete andenes y dos kioscos siameses que comparten una pared lateral. Adentro hay tres bancos esqueléticos y una tele apagada. También, en una esquina y a media luz, una cafetería. Atendida por Sonia.

—Café sí, pero tienen que esperar porque no tengo máquina y tengo que calentar el agua y la leche. Ya —ya no lo puedo sacar — explica Sonia, que se va atrás a preparar el café, mientras entra una cincuentona platinada con un bolso, y se sienta. Sonia vuelve con dos tazas. Relata —: Mi bisabuela, que estaba casada con un primo hermano de él, decía siempre que había nacido acá.

— ¿Será? Para mí que no, Sonia — interviene la platinada, que desayuna un sándwich de milanesa que Sonia le acaba de dar.

Son las seis menos cuarto de la mañana. Es de noche todavía a 400 kilómetros al norte de Montevideo, en Tacuarembó, una ciudad que se enorgullece (¿se enorgullece de a de veras?) porque Carlos Gardel habría nacido acá, y de paso, porque “el pago más grande de la patria”, que así está escrito en la entrada de la estación, tiene al club de fútbol con más seguidores del Uruguay después de Peñarol y Nacional: Tacuarembó Fútbol Club, también llamado “El equipo de Gardel”.

Cincuentona también, morruda, pelirroja corte escobillón: así es Sonia. Trabaja en la cafetería de la estación de ómnibus Carlos Gardel desde hace cinco años, cuando decidió dejar de contrabandear ropa desde Buenos Aires. Tiene 11 hermanos y un hijo que, para su disgusto, no quiso estudiar en Montevideo y trabaja en un aserradero. Sonia, ay, odia a Gardel, porque “nunca le cantó a Tacuarembó”, y le molesta que lo homenajeen. A tres metros, en la puerta de la estación, hay un cartel con la cara sonriente del “tacuaremboense ilustre”. Sonia es hincha de Defensor Sporting y, ay, también odia al Tacuarembó Fútbol Club. Vive enfrente al estadio Raúl Goyenola, y desde que el equipo debutó en 1999 en Primera División, asistió apenas una vez a la cancha: a ver Tacuarembó-Defensor Sporting.

— Desde que empezó eso del fútbol viene gente de Montevideo que rompe todo. Vidrios, a mí me rompen los vidrios. Y roban: al almacén de enfrente sólo le dejan las cebollas cada vez que vienen. Y los de Tacuarembó me despiertan de la siesta cuando empiezan con los cohetes… — refunfuña Sonia.

—Y con los tambores, Sonia. Como si fueran a ganar… — atiza la platinada, mientras se levanta y deja el sándwich de milanesa mordisqueado: se le va el ómnibus.

—Sí, y los tambores también. Y ahí se acaba la paz.

Ya es de día, pero la confitería La Sombrilla, en 25 de mayo y Joaquín Suárez, está cerrada: abre recién a las ocho, avisa Isabel, que está apoyada contra la vidriera. Enfrente, en la plaza, los taxistas lavan sus taxis blancos y rojos. Al kiosco de la otra esquina todavía no llegó El Avisador, el diario de Tacuarembó: llega, si llega, a las 11.

—Yo no creo que Gardel haya nacido acá. Para mí que nació en Francia — comenta Isabel, que no baja de los 70 años —. Pero acá hasta hay un museo de Gardel… Yo una vez por año voy.

—Pero si usted no cree que Gardel haya nacido en Tacuarembó.

—No, pero es lindo paseo. Además, tengo fotos de él por toda mi casa.

—Pero si usted no cree que Gardel haya nacido en Tacuarembó

— ¿Y qué tiene que ver? También soy fanática de Elvis Presley, y Elvis Presley no nació en Tacuarembó.

Radamés estaciona la moto y abre la confitería: es el encargado. Isabel entra. Tres minutos más tarde reaparece con un delantal de La Sombrilla. Barre, mientras el Chato Duarte (“Chatito, para las mujeres”), un viejito huesudo que tampoco baja de los 70, desmonta las sillas de las mesas de plástico y las acomoda. El Chato viste de frac y moño. En la confitería no hay ni un cliente. De la pared de atrás cuelga un banderín de Tacuarembó Fútbol Club. Pero ni una foto de Gardel.

“Acá  —relata Radamés, mientras acomoda billetes en la caja registradora—  vino hace unos años una vieja que estaba llena de malformaciones. Pedía comida, la vieja. Un cliente se apiadó y dejó pago no sé cuántos meses para que le diéramos de comer. Resulta que la vieja nos contó que era amiga de la señora que cuidaba a Gardel cuando era niño y la mamá se iba de parranda. Por eso sabemos que Gardel nació acá, porque ella iba a hacerle compañía a la amiga.”

En Tacuarembó, todos conocen a alguien que conoció a alguien que había conocido a Gardel cuando niño.

La Primera División de fútbol del Uruguay es, en realidad, una competencia metropolitana: de 16 clubes, apenas Cerro Largo no es de Montevideo. En 1999, la Asociación Uruguaya de Fútbol intentó federalizar la Primera División, y aparecieron, de repente, clubes como Frontera Rivera, Plaza Colonia, Rocha Fútbol Club, Deportivo Maldonado. Y Tacuarembó Fútbol Club. “En la capital hay dos grandes, en el Interior, un gigante”, se enorgullecían, bandera mediante, los hinchas. En el resto del Uruguay se es de Nacional o de Peñarol; pero en Tacuarembó, se es de Tacuarembó Fútbol Club o no se es.

—Bueno, no, no es tan así: yo soy de Peñarol — contradice el señor que trapea la sede de Peñarol de Tacuarembó.

— ¿Pero de Peñarol de Tacuarembó o de Peñarol-Peñarol?

—Yo soy de cualquier Peñarol. Si hay un Peñarol en Japón, yo soy de ése también.

En la otra esquina, en diagonal, está la sede de Nacional de Tacuarembó. Son las diez y media, y cinco señores se acodan en el mostrador y otros dos juegan al billar.

—A mí no me importa Tacuarembó Fútbol Club — confiesa el señor que atiende el bar.

—Ah, no: yo sí soy de Tacuarembó. Soy de Tacuarembó, Nacional y Peñarol — comenta un señor de bigotes y gorrito azul. Los otros lo miran. El señor explica —: Bueno, hay que ser de los equipos que ganan… y de Tacuarembó.

—Yo soy sólo de Tacuarembó. Sólo de Tacuarembó — salta de atrás de un cactus un señor panzón, de bermudas por debajo de las rodillas, mocasines, gorrito y lentes.

—No, tú eres de esos hinchas de Tacuarembó que cuando sale campeón Peñarol, sale de caravana — lo delata el señor que atiende mientras ceba mate.

—No, señor, yo soy sólo de Tacuarembó. Desde siempre.

— ¿Y antes de Tacuarembó de qué eras?

—Eh… eh… bueno… de Peñarol.

Mabel Sánchez atiende el kiosco de la esquina del bulevar Correa y Oribe y Manuel Rodríguez. “¿Tacuarembó  —le pregunta un cliente—  juega hoy? Tengo un primo que juega ahí: es lateral izquierdo. Voy a tener que ir entonces.” Atrás de él cuelgan dos banderas que Mabel tiene a la venta: una de Peñarol, una de Nacional.

—Nadie pide de Tacuarembó, sino de Nacional y de Peñarol — se avergüenza Mabel.

— ¿No era que acá eran todos hinchas de Tacuarembó?

—Sí, cuando están afuera… Ahí sí se acuerdan de Tacuarembó.

El hombre de traje gris, flaquísimo como “un hilo escapado de la aguja de un sastre”, lo persiguió a campo traviesa hasta que lo alcanzó. Quería ofrecerle un trato a Peter Schlemihl: una bolsa de la que salían monedas de oro sin parar a cambio de su sombra. Schlemihl aceptó: el hombre de traje gris le entregó la bolsa, le despegó la sombra del piso, la dobló, la guardó en su bolsillo y se fue “riendo entre dientes”.

Schlemihl apenas si disfrutó de su fortuna: su amada, Mina, lo abandonó, y la sociedad lo desclasó porque “la gente decente tiene la costumbre de llevar su sombra cuando camina al sol”. El “pobre diablo”, según escribió Adelbert von Chamisso en la novela La maravillosa historia de Peter Schlemihl, se debió exiliar en el Polo Norte: le había vendido su sombra al mismísimo diablo.

Tacuarembó, en cambio, no se la vendió: se la regaló.

Acá no hay árboles: la Intendencia taló a los que tenían raíces elefantiásicas que habían empezado a resquebrajar las veredas. A los que no, los desramó: por eso quedan algunos que otros troncos cadavéricos, guillotinados. El sol, ya en primavera, se ensaña con esta ciudad en la que viven 45 mil habitantes y que tiene un solo edificio alto, llamado La Torre. Las calles están en silencio, hasta que una voz aflautada que sale de un parlante del techo de un auto anuncia el estreno de una película en el Cine Beta: “Una comedia súuuuuuper divertida: ¿Qué voy a hacer con mi marido?, con Meeeeeryl Streep y Tooooomy Lee Jones”.

En el cementerio, el sol abrasa el mausoleo del coronel Carlos Escayola y sus tres esposas, que está en la entrada. Escayola era el jefe político y militar de Tacuarembó durante la dictadura de Máximo Santos, entre 1882 y 1886. Era, además de un déspota, un mujeriego, que se casó con las hermanas Clara, Blanca y María Lelia Oliva: enviudaba de una y desposaba a otra.

Resulta que Escayola embarazó a su aún cuñada María Lelia, de apenas 13 años (María Lelia, a la vez, habría sido hija de Escayola, que también se había acostado con la mamá de las hermanas Oliva, Juana Sghirla, pero ésa es otra historia). Escayola, avergonzado, le habría entregado su hijo a la sirvienta, una francesa que había llegado de Toulouse llamada Bertha Gardes. Ella, a la larga, se iría a Buenos Aires con el niño a cuestas. Allí lo anotarían como Gardel.

Domingo Carmelo del Bono y Álvez (“¿nombre de pila? Álvez, Álvez”) son los sepultureros del cementerio. “Tiene que ser, sí —opina Del Bono, un anciano tímido de lentes, bigotito y pelo blanquísimo—, porque todo el mundo lo dice, que Gardel nació acá.” Alvez, anciano también, pero grandote y pardusco, se excusa: “Yo si le digo le miento”. El jardinero pasa con un rastrillo y susurra: “Al museo tienen que ir. Ta’ lindo allá pa’ ustedes”. Ustedes: turistas.

El Museo Carlos Gardel fue inaugurado en 1999 y está en Valle Edén, a 24 kilómetros de Tacuarembó. Para llegar, hay que ir en el Calebús que va al pueblo de Tambores y que para en la entrada de Valle Edén, a un kilómetro del museo. En el ómnibus no entra un alma. Adelante van el chofer y dos guardas. “Siempre lo andan recordando a Gardel por acá. Vienen muchos turistas, sí que vienen”, cuenta Julio, el chofer, que contrarresta el sol que le da de frente con un par de lentes negros gigantescos.

—Nadie escucha a Gardel en Tacuarembó, ¿no? ¿Vos tampoco?

— ¡¡¡So’ loco so’!!! ¡¡¡Mirá si voy a escuchar a Gardel yo!!! — se desternilla Julio. Los guardas, también.

Para llegar al museo hay que atravesar el arroyo Jabonería, un hilo de agua que se puede cruzar de un salto o a través de un puente de madera colgante, y una suerte de cementerio de patentes de motoqueros muertos (es una piedra con cuatro patentes). El museo Carlos Gardel es una casona que recibe 12 mil visitas al año. Adentro, a media luz y musicalizado con tangos del “invalorable artista uruguayo”, hay recortes de diarios y transcripciones de entrevistas a Gardel. Ejemplo: “Nací aquí, en Tacuarembó, lo que, por otra parte, por sabido, es ocioso aclarar”, La Tribuna Popular, 1° de octubre de 1933. También hay fotos, un piano, una guitarra, un bandoneón.

— ¡Claro que Gardel nació acá! Aunque, te digo, yo soy italiana, y tampoco me interesa demasiado — dice Flavia, una cincuentona rubia y simpatiquísima que vive en Montevideo.

—Por supuesto que nació acá — apuntala la chica que vende las entradas.

—Mira, Gardel nació de una relación incestuosa: ese coronel Escayola… — arranca Flavia.

—Al coronel Escayola le gustaban mucho las mujeres, y se dice que tuvo 50 hijos… pero bueno, eran otras épocas, ¿no? — Interrumpe, sonriente, la chica que vende las entradas.

—Es uruguayo pasa que Buenos Aires no iba a reconocer nada tú tienes que pensar que Razzano Julio Sosa Gardel eran todos uruguayos — dice Eduardo Gómez, que vino con su familia desde Montevideo a visitar el museo. Eduardo habla sin comas —: ¿Pero cómo le iba a cantar Gardel a Tacuarembó estando en Buenos Aires si Gardel al final terminó siendo de Buenos Aires así como Natalia Oreiro lo es hoy?

— ¿Se convencieron? — pregunta Flavia.

En la calle no hay nadie. Tampoco en la Parrillada Don Leo, de Elbio Peraza. Sin embargo está abierta. Peraza es un señor panzón, canoso, usa lentes y un sombrero indianajonesco. Mario, su hijo, atiende la parrillada. Es fanático de Tacuarembó Fútbol Club y hoy va a ir a la cancha, avisa no bien escucha la voz que sale de otro auto con parlante arriba: “Esta tarde hay que copar el Goyenola. El equipo de todos va por un triunfo impostergable rumbo al ascenso”.

Porque Tacuarembó Fútbol Club juega en la B: después de 12 años en Primera División, descendió en abril de 2011.

En la puerta de la parrillada hay un cartel: “Acá no se rinde nadie. Lo bueno de tocar fondo es que sólo puedes ir en una dirección… y es hacia arriba. Hacete socio de Tacuarembó”. Es que el club se vino abajo: ya en la B, pasó de siete, ocho mil personas por partido a dos mil. Dejó de ser, además, el embajador itinerante de Tacuarembó en el Uruguay: hasta llegó a tener estampada la cara de Gardel por un canje entre el club y el hotel cuatro estrellas Carlos Gardel, que alojaba gratis a los futbolistas antes de los partidos.

“Pero Navarro Montoya le pegó a Albernaz, que era el presidente y falleció hace poquito, y chau”, informa Mario.

Carlos Navarro Montoya era el arquero de Tacuarembó en 2009. Un día se quejó porque el equipo se entrenaba en una cancha llena de mierda de caballo y porque el club les debía dinero a él y a sus compañeros. En protesta, los jugadores avisaron que no se iban a entrenar más así y hasta amenazaron con no jugar ante Rampla. Desistieron, al final. Pero en la previa de ese partido, en el vestuario, Navarro Montoya discutió con el presidente del club, Daniel Albernaz, y lo trompeó.

Albernaz, que había negociado el canje con el hotel Carlos Gardel, renunció, y al final de ese campeonato, Tacuarembó Fútbol Club dejaría de tener la publicidad del hotel Carlos Gardel en la camiseta.

—Gardel es nuestro — masculla Elbio —. Pasa que hay una pregunta que se hace la gente acá: “¿Por qué nunca le cantó a Tacuarembó?”. ¡Y no le cantó porque odiaba a su padre, que nunca lo quiso! Ese dictador que mandaba a matar al que quería… Pero es de acá, Gardel. Me encanta, nunca nadie va a cantar como él.

Elbio cuenta que tiene una colección de 150 discos de vinilo. “Espere que los traigo —dice, mientras se levanta presuroso de la silla—Todo está a la venta.” Va y viene con discos, que apila en una mesita en la entrada. Hay de todo : Nicola di Bari, Mercedes Sosa, Roberto Carlos, Los Iracundos, Atahualpa Yupanqui, Los Chalchaleros, Eduardo Falú, Leonardo Favio, Alfredo Zitarrosa, Abba, la banda sonora de El Padrino I y hasta la sexta sinfonía de Tchaikovsky.

— Elbio, ¿y de Gardel?

—No sé qué pasó… Tenía…

En Tacuarembó hay una radio que se llama FM Gardel que no pasa tangos.

“Justo hoy anuncié que cerrábamos”, recibe a Don Julio el dueño, Wellington Rodríguez, alias Cacho. Explica que la FM es “comunitaria, trucha”, pero que él presentó el papelerío en 2006 y nunca se lo aprobaron. Wellington es otro cincuentón, canoso de ojos azules, y está sentado con su esposa y sus dos hijas en el living de su casa, donde hay tres fotos colgadas en la pared: en ellas, aparece con Soledad Pastorutti, Antonio Ríos y Jaime Roos. Atrás está el estudio de la radio, insonorizado con cajas de huevos azules.

— ¿Por qué la radio se llama Gardel si no pasa canciones de él y ni siquiera tangos?

— Me pareció que tenía que ponerme la camiseta de Gardel. Y al principio sí pasaba algo de él… Pero, para serte sincero, el nombre también fue por una cuestión comercial. Que me abrió puertas. Hasta se contactó gente del extranjero a través de Facebook. Por esa sola palabra: Gardel.

Dante Dini ya está en la cabina 3 del estadio Raúl Goyenola. Viste de remera, bermudas, medias y mocasines. Es, además del dueño, el relator de Radio Zorrilla de San Martín, “la voz amiga del norte uruguayo”.

Tacuarembó Fútbol Club sale a la cancha de camiseta roja y blanca y con el sombrero de Gardel estampado: es el logo de la Intendencia de Tacuarembó. La tribuna techada, la principal, está llena —2.500 personas que van a estar en silencio hasta que termine el partido e insulten hasta en chino mandarín al árbitro— y en el estacionamiento ya no entra una moto. En la tribuna de madera que está atrás de un arco, hay diez chicos que tiran cohetes. Colgaron siete banderas: desde una de una calavera hasta otra del Che.

— ¿Quién es, quién es? — lo codea, con el micrófono apagado, Dante al Lobo Ramos, el comentarista. Dante está fastidioso: los números de Tacuarembó son ilegibles.

—Gularte es.

— ¡La lleva Sebastián Gularte! ¡La lleva el teacher! ¡¡¡Decí algo, Lobo, decí algo del teacher!!! — relata.

Dante, que se levanta eyectado de la silla y se apoya contra el vidrio de la cabina, tiene 55 años y hace 41 que relata. Además es diputado nacional en el Parlamento por el Partido Colorado.

—Hasta acá, Gularte es el mejor jugador de Tacuarembó — concede el Lobo.

— ¡El Mago, m’hijo! En primavera, dejen que El Mago los vista, 25 de mayo y Sarandí — publicita El maestro Julio Viana.

— ¿Y ése, Lobo, y ése? — le vuelve a preguntar por lo bajo Dante.

—Gularte es.

— ¡Va Gularte otra vez! ¡El teacher la lleva! ¡Y éste es teacher en serio: además de jugador, es profesor de inglés!

Tacuarembó Fútbol Club ya empató 0-0 con Rentistas. Son las doce y media de la noche en la estación Carlos Gardel. Está desierta, para variar. Pero la luz de la cafetería está prendida. Adentro, sola, está Sonia, que acaba de entrar.

— ¡Hola! ¿Fueron a la cancha? Yo otra vez no pude dormir la siesta tranquila por el ruido de los cohetes de los de Tacuarembó.

—Pero, Sonia, eran diez los que tiraban cohetes.

—Sí, ¡pero cómo rompían los cocos!

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *