Alaska

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Lo único que Yeniel Bermúdez sabía era esto: que apenas se distrajera la comitiva con la que se hospedaba en Estados Unidos, él y cuatro compañeros más debían ir a la puerta de emergencia del hotel, abrirla y empezar a correr. Eso hicieron. Todo lo que sucedió después es lo que el ex capitán de la selección sub 23 de Cuba no podía ni intuir. Por ejemplo, vivir en Anchorage, Alaska, con montañas nevadas alrededor.

Historia publicada en la Revista Don Julio #4 | Texto: Nicolás Rotnitzky | Fotos: Victoria Irene

Ninguno de los siete hombres que viajan en el auto habla. El silencio, por momentos, es incómodo: más incómodo que viajar con una persona encima durante cuatro horas, a lo largo de 380 kilómetros.

El silencio, en realidad, es incertidumbre: nadie sabe qué decir porque nadie sabe qué va a pasar cuando salgan del auto. Lo único que saben Yeniel Bermúdez y sus cuatro compañeros es que nunca más volverán a ver a sus familias.

Bermúdez todavía no sabe que la mañana siguiente al viaje en auto, cuando su abuela encienda la televisión en Cuba, se encontrará con la cara de su nieto, una presentadora del noticiero le contará a todo el país que su nieto se había escapado del hotel en el que se alojaba con la selección cubana de fútbol en Tampa, Estados Unidos, y, como si le llovieran toneladas de piedras encima, se caerá abruptamente al piso. Que su nieto, el capitán del equipo, ahora es un gusano, un cabecilla, un traidor a la patria: un hombre que no podrá regresar a la Isla.

Bermúdez todavía no sabe que su abuela, la mañana después del viaje en auto, cuando encienda su televisión y se encuentre con la cara de su nieto en el noticiero, sufrirá un pre infarto.

 

***

 

Bermúdez nació y creció en Cienfuegos, una ciudad ubicada a 240 kilómetros de La Habana. El tiempo, en Cienfuegos, como en toda la Isla, parece haberse detenido hace cuarenta años. Las casas son bajas, pintadas con colores vivos, gastados: verde claro, celeste, amarillo; una al lado de la otra, rebeldes, sin una secuencia lógica, forman una especie de paleta de pintor. Los coches son viejos: los Lada, una serie de autos soviéticos parecidos al Fiat Spazio que inundaron Cuba durante la década del ’70, desafían los asfaltos viejos.

Bermúdez es el hijo del medio de tres hermanos. Es hijo de Alina, una farmacéutica profesora en la Facultad de Ciencias Médicas, y Alberto, un ex futbolista que a los 27 años se retiró y entró a trabajar en una fábrica azucarera, donde se agarró cinco hernias de disco por descargar barcos. Bermúdez jugaba al fútbol  en la calle. No tenía pelota de fútbol: pateaba pelotas de básquet, piedras, latas. Decía, con el convencimiento de un chico que no mide las consecuencias, que iba a ser futbolista. Como marcador central, peregrinó el camino de los futbolistas cubanos: a los diez años entró a la escuela deportiva de Cienfuegos, donde se entrenaba de lunes a viernes, participó en torneos nacionales, salió campeón en torneos nacionales, debutó en Primera División con el equipo de Cienfuegos a los 15 años, lo convocaron a los 18 para jugar en la selección sub 20 de Cuba y se mudó a La Habana para entrenarse con la selección sub 20 de Cuba pero volvía todos los fines de semana a Cienfuegos para jugar con el equipo de Cienfuegos, salió campeón del torneo cubano de fútbol con el equipo de Cienfuegos, y a los 22 años lo eligieron como el capitán del seleccionado sub 23 de Cuba que disputó el torneo clasificatorio para ir a los Juegos Olímpicos de Beijing 2008.

Bermúdez, a los 22 años, alcanzó una cumbre precoz. No se conformó.

La noche del 11 de marzo del 2008, algunas horas después de empatar 1-1 contra Estados Unidos en el Preolímpico, se escapó de la concentración junto con otros cuatro compañeros.

El Gobierno de Estados Unidos, en su guerra fría con Cuba, seduce a los cubanos para desertar. En la década del ’60, el Congreso sancionó una ley conocida como “pies secos, pies mojados”, que dice lo siguiente: si un cubano llega a suelo estadounidense y solicita la residencia, el gobierno se la otorga un año más tarde; pero si el cubano es detenido en una balsa en el intento de llegar a Estados Unidos por mar, es deportado. Escaparse en la casa del enemigo se reduce a abrir la puerta del hotel y correr con la rapidez de un velocista jamaiquino.

Bermúdez y sus compañeros no fueron los primeros futbolistas en huir. Durante la Copa de Oro del 2002, Rey Ángel Martínez y Alberto Delgado, dos integrantes de la selección mayor, se lanzaron a lo desconocido: desaparecieron del hotel, pidieron residencia norteamericana y meses después firmaron un contrato en la Major League Soccer (MLS). Los cubanos, como Papillón, se especializaron en fugas. Algunas veces, las delegaciones ni siquiera alcanzaron a completar el banco de suplentes. Hasta octubre del 2015, 31 jugadores cubanos habían abandonado la selección en diferentes partidos en Estados Unidos. Cuba, en esos viajes, perdió más de un plantel de jugadores para un Mundial.

Dos años más tarde, en 2010, Yosbel, el hermano menor de Bermúdez, también quiso escaparse. Jugaba como defensor central en la selección sub 20, pero lo expulsaron del equipo cuando Bermúdez desapareció de la concentración. Consiguió una visa para viajar a Ecuador. Se entrenó durante un año en Independiente del Valle. Regresó a Cuba para visitar a la familia y armar el plan de escape a Estados Unidos. Bermúdez lo iba a financiar. Una noche, viajaba en auto con cuatro amigos por las calles de Cienfuegos y lo agarró la Policía. Quedaron todos libres menos él. La Justicia, después de descubrir quién era su hermano, lo acusó de tráfico de personas. Estuvo cuatro años preso. Consiguió la libertad condicional en febrero del 2016. En la cárcel, como si las ideas fuesen chips que se introducen en las cabezas, le decían que Bermúdez, su hermano, era un gusano, un cabecilla, un traidor a la patria.

 

***

 

— Si quieres jugar al fútbol, mírame a mí: éste será tu futuro.

Alberto Bermúdez y su hijo Yeniel están sentados en el zaguán de la pequeña casa de Cienfuegos.  Delante de ellos pasan chicos en bicicleta, una señora barre la vereda, algunos viejos juegan al dominó. El sol es una fogata constante, fuerte, intensa. La charla marca un antes y después en la línea de tiempo del chico. El mensaje es claro: con cinco hernias de disco y el cuerpo desarmado, sin haber podido ser futbolista profesional, el padre siembra la idea en Yeniel, quien de a poco gana lugar en la selección juvenil. Vivir del fútbol en Cuba es imposible. Mario Lara, redactor de El blog del fútbol cubano, le dice a Don Julio que los futbolistas cobran sueldos de diez dólares por mes. Después de los partidos, los jugadores no son esperados por fotógrafos, hinchas o cronistas deportivos. Cuando se retiran, por más que hayan jugado en la selección, caen desplomados en el olvido. La relación de los cubanos con el fútbol, sin embargo, representa su forma de ver el mundo: todo lo que ocurre afuera es mejor. Son fanáticos del fútbol internacional. Los partidos del Mundial de Brasil se transmitieron en salas de cine con entradas agotadas, como si se estrenara la última película de Star Wars. Cuba no participa de un Mundial desde 1930. La selección no atrae. Los partidos locales, sean por campeonato o por eliminatorias, se disputan con mil hinchas en la cancha. El torneo local dura cuatro meses, de febrero a junio. No hay clubes, hay selecciones provinciales: cada una de las doce provincias posee un plantel que los representa. El resto del año Cuba está vacía de fútbol.

Los siete hombres que van en el auto no toleran el vacío, el olvido, la indiferencia. Llevan una hora de viaje. Todavía faltan tres horas para llegar a West Palm Beach, otra ciudad en el Estado de Florida. West Palm Beach funcionará como un centro de operaciones. Se van a quedar una semana en la casa del abuelo de Loanni Cartaya Prieto, uno de los cinco prófugos. El abuelo de Cartaya Prieto es el obrero del escape. Los sacó del hotel, los subió al auto y ahora les ofrece un hospedaje, un bunker.

 

***

 

La fuga de Yeniel Bermúdez empieza con una puerta que se abre. La fuga de Yeniel Bermúdez empieza con una puerta que se abre y cinco personas vestidas de rojo corriendo. La fuga de Yeniel Bermúdez empieza con una puerta que se abre, cinco personas vestidas de rojo corriendo y un grito. La fuga de Yeniel Bermúdez empieza con una puerta que se abre, cinco personas vestidas de rojo corriendo, un grito y un auto con dos personas adentro.

La fuga de Yeniel Bermúdez empieza con un viaje.

El resto es silencio.

 

***

 

La fuga de Yeniel Bermúdez empieza en un micro. El plantel, en ese micro, vuelve de conseguir algo histórico: Cuba, con diez jugadores, empató 1-1 contra Estados Unidos como visitante, y se posicionó bien en el Preolímpico clasificatorio a los Juegos Olímpicos de Beijing. Empatar con Estados Unidos, para Cuba, es como ganar la lotería. Es el 11 de marzo del 2008 y en ese micro todos cantan, bailan, gritan.

En el fondo del bus, viajan Yeniel Bermúdez y Yordanni Álvarez. Son amigos de la infancia, de las calles de Cienfuegos: siempre jugaron juntos al fútbol y hoy consiguieron el mayor logro de sus carreras. “Bermúdez es mi mejor amigo, mi hermano”, le dice Álvarez a Don Julio. Álvarez –moreno, alegre, pelo al ras: cubano- era el volante ofensivo del equipo, el distinto. Álvarez y Bermúdez son cómplices del escape. Desaparecerán juntos, con José Manuel Miranda, el tercer mosquetero. Empezaron a planificar la fuga en enero, cuando se enteraron que estaban convocados para viajar a Estados Unidos. El plan era, sencillamente, precario: una noche, en el momento en que el plantel subiera a los dormitorios después de cenar, ellos abrirían una puerta trasera y empezarían a correr, con la rapidez de un velocista jamaiquino, hacia un teléfono público. Llamarían a una amiga de Miranda y le pedirían auxilio, que los fuera a rescatar. Si algo llegara a fallar, si se interpusiera algún directivo, la solución sería simple: una piña y a seguir corriendo.

Es que si los atrapan en el intento de escaparse como ciervos asustados, quedan presos cuando vuelven a Cuba.

Bermúdez y Álvarez, apenas terminó el partido, se abrazaron en la mitad de la cancha. El abrazo fue largo, eterno: fue, en realidad, una despedida. Bermúdez, capitán de la selección, era consciente del logro: el punto los dejaba fantasear con los Juegos Olímpicos. Entre que sonó el silbato del árbitro y se abrazó con Álvarez, dudó. Hasta ahí, la fuga estaba juzgada. Bermúdez lo había dialogado con su madre. Alina lo apoyó. Pero con Alberto, el padre, la musa, no lo charló: no tuvo el coraje para sentarlo y decirle que los días que vendrían serían los últimos días juntos.

Entonces, en la cancha, en el medio de la euforia, buscaba –necesitaba– la complicidad de su amigo:

— Oye, Yordanni, quedémonos: nos iremos después del segundo partido.

— Si quieres, quédate tú. Yo me voy por la noche

—le respondió Álvarez, voz entrecortada.

El plantel viaja en el micro y Bermúdez no puede dudar: se escapan esta noche. Ultiman los detalles en voz baja. Susurran: el plan es un secreto de hielo. Un compañero se acerca. Loanni Cartaya Prieto, otro jugador del plantel, sabe lo que traman. Que sepa, para Bermúdez y Álvarez, es un problema: ellos, como la mayoría de los jugadores del plantel, sospechan que en la delegación hay un infiltrado del gobierno, un topo abocado a impedir escapes. No lo saben: lo intuyen. Cartaya Prieto se sienta con ellos y les dice:

— Me enteré que ustedes se escapan esta noche.

Bermúdez y Álvarez se miran. Sienten la adrenalina previa a que todo se derrumbe: el frío en los huesos, el escalofrío en los nervios, el temblor en el cuerpo.

— No, hermano, ¿qué estás diciendo? —responde, sorprendido, Álvarez.

— Sí, yo ya lo sé. Y les tengo una propuesta mejor: mi abuelo viene esta noche a recogernos a Erlys y a mí. Confía: escaparemos después de la cena.

La charla sigue. Son espías estudiándose entre sí, tres hábiles jugadores de póker. Cartaya Prieto les revela que él se enteró de la idea por otro jugador de Cienfuegos que también sabía del escape. Les explica brevemente el nuevo plan, idéntico pero con un agregado sustancial: en lugar de correr hacia ningún lado, afuera del hotel los esperaría su abuelo que, en un auto, los llevaría hasta su casa en West Palm Beach.

Bermúdez, Álvarez y Miranda, ahora, caminan por la cornisa: no pueden retroceder.

 

***

 

La delegación está en el restaurante del hotel, el Double Tree Hotel, en Tampa. Es de noche y todos visten de rojo: es el color de la ropa Adidas que cada jugador recibe y luego vende en la Isla a los turistas para conseguir algunos dólares extra. En el salón hay varias mesas redondas, en cada una se sienta un futuro prófugo. No están juntos. No quieren despertar sospechas. Se miran: los ojos buscan el momento indicado. Terminan de comer. Loanni Cartaya Prieto se levanta intempestivo de la silla. Luis Hernández, presidente de la Asociación de Fútbol de Cuba, también.

— Loanni, ¿adónde vas? Espera a que todos terminemos.

Bermúdez, capitán, referente, en la otra punta del salón, se pone de pie. Y le responde con la autoridad de un general:

— Ya terminamos, presidente. Podemos volver a las habitaciones.

Hernández estaba preocupado porque el lobby del hotel estaba repleto de cubanos residentes en Estados Unidos que querían saludar a los jugadores. La orden del presidente había sido clara: una vez concluida la comida, todos debían ir a las habitaciones por los ascensores de emergencia para no cruzarse con los “gusanos”, como los llamó Hernández. Casi nadie le hizo caso. Salvo Bermúdez, Álvarez, Miranda, Cartaya Prieto y Erlys García, el quinto elemento, el socio de Cartaya Prieto. A ellos les convenía ir por atrás. Además de cumplir la orden y no generar suspicacias, quedaban solos con las puertas traseras porque Hernández y los demás dirigentes fueron en búsqueda del grueso del equipo. Bermúdez y compañía, efectivamente, quedaron solos: eran cinco perros hambrientos con la mesa servida. Llegaron, con el silencio de un cazador furtivo, al ascensor. Y pegado al ascensor, como si los obstáculos en los escapes fuesen cosas de las novelas, estaba la puerta. Del otro lado de la puerta estaba la calle.

Violentos, empujaron la puerta.

Y empezaron a correr: parecían cinco condenados a cadena perpetua recuperando la libertad. Corrían, y no paraban, y entonces el grito:

— ¡Loanni, es por aquí!

El abuelo de Cartaya Prieto no había acordado un punto de encuentro con su nieto. Pero estaba ahí. Llevaba años sin ver a su nieto. Tenía prohibido el ingreso a Cuba por estar exiliado en Estados Unidos. En el momento que vio correr a cinco hombres impulsados por algo más que las ganas de correr, no lo dudó: uno debía ser su nieto. Él, durante cuatro horas de guardia con un amigo que lo acompañó, aguardó por dos futbolistas: al final, aparecieron cinco. Entraron todos al auto. Y, uno encima del otro, empezaron el viaje: 380 kilómetros hasta West Palm Beach.

Después, el silencio. El incómodo silencio de la incertidumbre.

Hasta que alguien –o tal vez todos– soltó otro grito, el segundo de la noche, el que rompió la quietud:

— ¡Somos libres!

Y nada es como antes.

 

***

 

Es un día soleado de diciembre. El cielo, desde arriba de las nubes, es así: todos los días son soleados. Pasaron tres años de la noche en que Yeniel Bermúdez se fugó del hotel, y hace dos que obtuvo la residencia norteamericana. Son las tres de la tarde de un día de diciembre y, cuando Bermúdez dejó Los Ángeles, vestía ropa liviana. De repente, el avión en el que viaja empieza a descender: prepara el aterrizaje. Se pierde el sol. Se hace de noche. Todo, absolutamente todo, se pone oscuro: desde el suelo se ven las estrellas. Son las tres de la tarde de un día de diciembre y, cuando Bermúdez salga del avión, deberá ponerse un buzo, y otro buzo, y una campera, y otra campera. En Anchorage, Alaska, a las tres de la tarde de un día de diciembre, es de noche. Y a las diez de la mañana. Y a las doce del mediodía. Diciembre, en Alaska, es lóbrego como la profundidad del mar.

Lo primero que ve Bermúdez en el momento en que sale del aeropuerto es algo que no puede olvidar: una tormenta de nieve enorme. Una tormenta de nieve que ningún cubano puede imaginar.

— Todo era oscuro y blanco. Lo primero que pensé, créeme, man, es qué estoy haciendo acá.

Bermúdez habla con Don Julio por IMO, una aplicación que fusiona a Skype y WhatsApp. Pone la  cámara y entonces emerge: es pelado, como en las fotos que aparecen en Google, morrudo, alto. Sus ojos negros mezclan algo extraño: una tristeza impregnada con una felicidad pasajera. Sonríe, porque todos los cubanos sonríen, con los dientes blancos como una montaña de sal. Lleva colgado un collar con la bandera de Cuba hecho con mostacillas: “Los gringos, ya tú sabe, me preguntan qué es esto que tengo aquí, y les digo que es la bandera de mi país, que de aquí vengo. Es una forma de llevarlo presente”, dice. Cuando habla, combina muletillas, en un lenguaje típico de latino radicado en Estados Unidos: mezcla el “man” gringo con el “hermano” cubano; el “yoh” yankee con el “oye” isleño; el “baby” de negro rapero del Bronx con el “mami” salsero latino de La Habana. Bermúdez vive en Alaska. Está casado y tiene tres hijos con Stephanie, una mujer que conoció en un bar de Los Ángeles en 2008, meses después de la fuga. Mantuvieron comunicación por MySpace, una red social prehistórica, y un año más tarde, ella, impune, le hizo la propuesta: lo invitó a vivir a Alaska. Le ofreció afincarse en una casa de dos pisos con cuatro habitaciones, dos baños, una sala inmensa, un patio, un garaje.

Lo que sucedió entre el viaje en auto y Alaska podría resumirse así: llegó a West Palm Beach, se quedó una semana en la casa del abuelo de Cartaya Prieto donde varios cubanos, después de ver la noticia del escape en todos los canales de la televisión de Florida, le regalaron plata para que viviera; viajó 4.300 kilómetros en micro para llegar a Los Ángeles; consiguió una prueba en Los Ángeles Galaxy  –el equipo donde jugaba David Beckham–, conoció a David Beckham, no se quedó en el equipo de David Beckham porque aún no había conseguido la residencia; se fue a Charlestone Valery, un equipo de Carolina del Sur, jugó un año, salió campeón de un torneo equivalente a la Segunda División; consiguió la residencia, se mudó a Alaska; lo contrató Puerto Rico River Plate, estuvo un año, volvió a salir campeón; firmó con LA Blue, un equipo de Los Ángeles que jugaba un torneo regional; y volvió a Alaska.

Bermúdez, como si tuviese que cargar con la pesada herencia de su padre, dejó el fútbol obligado, con el cuerpo desarmado. No quería: tenía planes. Pero los planes, a veces, dependen de situaciones ajenas a los planes mismos. Bermúdez, una noche de verano del 2011, esperaba la luz verde del semáforo en el auto. De pronto, un estallido: una mujer borracha lo estampó de atrás. Le fracturó varias vértebras. Estuvo seis meses sin poder correr. Y no pudo volver a jugar profesionalmente.

— ¿En ese entonces tenías seguro médico?

— Tenía con mi esposa, pero aun así gasté miles, y miles, y miles de dólares.

— Y mientras pagabas eso, ¿no pensabas que vivir en

Cuba era más fácil?

— No.

La respuesta termina ahí: es un no seco, cortante. Es un no que evita mirar para atrás.

 

***

 

Ninguno de los otros cuatro jugadores se salvó con el fútbol.

Yordanni Álvarez, al menos, alcanzó la MLS. En 2010, en Orlando City, lo eligieron el mejor futbolista de la Segunda División. Varios técnicos lo miraban. Lo contrató el Real Salt Lake, de la MLS. En 2013 se retiró por una lesión.

José Manuel Miranda también pasó por LA Blue, y recaló en Orange County Blues. Era el arquero titular: en 2015 atajó en 25 partidos. En 2016 también quedó libre.

Erlys García jugó con Bermúdez en LA Blue. En 2014 pasó a Orange County Blues, de la misma categoría. En 2015 quedó libre.

Lo que pasó con Loanni Cartaya Prieto ni siquiera Google lo pudo saber.

 

***

 

Antes de llegar a Alaska, Bermúdez creía que el estado más inhóspito de Estados Unidos era un campo blanco interminable repleto de ciervos y alces. Anchorage no tiene ni ciervos ni alces. Tampoco es un campo interminable. Es una ciudad moderna, con 300.000 habitantes –la mitad de todos los que viven en el estado–, autopistas, comercios. Cada mañana, cuando corre las cortinas del living de su casa, Bermúdez contempla un paisaje ideal para la tapa de una revista de viajes: detrás de las casas bajas, una montaña alta tapada de árboles y con la punta nevada esconde el horizonte. Debajo de la ventana del living, en el garaje, al costado de los tres coches que tiene estacionados –una camioneta y dos autos familiares–, hay nieve, pura nieve: son dos pilas inmensas que se quedarán, como dos visitantes indeseados, hasta el verano.

— El verano aquí es un sueño porque todo está verdecito, ves gente a las tres de la mañana en la calle, y el sol está allí afuera. Nunca se esconde el sol. La temperatura es impresionante, se pone bien caliente: puede llegar hasta los 32 grados.

En Alaska, durante el verano, no existe el atardecer. Los árboles toman un verde oscuro tropical, las plantas florecen con vigor. El sol se instala, firme, en el cielo. El 21 de junio, en el solsticio, el sol está las 24 horas: desde entonces, todos los días oscurece un minuto más temprano, hasta el 21 de diciembre: ese día, el sol desaparece las 24 horas, y deja una noche cerrada. Desde entonces, hasta el 21 de junio, todos los días amanece un minuto más temprano.

Y así, en un ciclo perfecto de la naturaleza.

— ¿Cómo hacés para dormir en verano?

— Ponemos cortinas negras en toda la casa. Pero no duermo bien. El cuerpo no se adapta —dice con parsimonia.

— ¿Y realmente te gusta el verano a pesar de no poder dormir bien?

— Sí. Nunca había visto un lugar como éste en verano.

El problema es el invierno. El invierno es crudo, helado: una pesadilla. Todavía más para alguien que creció cerca del mar, en el calor cubano. La temperatura alcanza los -30 grados: los mocos se congelan, el aire es un hielo que penetra la garganta.

 

***

 

— ¿Le recomendarías a un cubano vivir en Estados Unidos?

— No. Nadie merece ser engañado. Para vivir en el capitalismo hay que aprender, hay que ser vivo: acá te comen por una pata. Pero soy libre: puedo decir que no me gusta que Obama sea presidente.

— Entonces el paraíso que imaginabas desde Cuba no existe…

— El paraíso no está. No estoy ni en el infierno, ni en el paraíso. Estoy en la tierra, en la realidad. Hay meses que puedo salir a tomarme una botella de cerveza. Y otros en los que me arranco los pelos porque estoy endeudado y no puedo pagar las cuentas.

— ¿Te gustaría seguir viviendo en Alaska?

— No. Quiero ser entrenador, tener mejores oportunidades. Desarrollarme en otros países donde sepan más de fútbol.

Bermúdez no soltó la pelota. Trabaja como profesor de fútbol en Wasilla Soccer Club, una escuela de Alaska. Le enseña a chicos y chicas desde los siete hasta los 18 años. Le gustaría, dice, formarse en países de Sudamérica para aprender con personas que “viven el fútbol diferente”. Bermúdez, todos los días, se sube a uno de sus autos, maneja media hora en la autopista, atraviesa el frío de la nieve y se mete en el domo, un gimnasio enorme, a patear la pelota. Acomoda los conos, arma los ejercicios solo, en la inmensidad de una cancha de fútbol enorme, techada y fría. Afuera, todo es blanco.