26 de diciembre de 2009

26 de diciembre de 2009

26 de diciembre de 2009

Cada vez que Diego Buonanotte repase su vida habrá una escena que borrará: la noche de hace ocho años, cuando él tenía 21, en la que el auto que manejaba en la ruta patinó por la lluvia, chocó contra un árbol y murieron los tres amigos que iban con él. Si cada vida tiene una búsqueda, ¿cómo es una que implica olvidar? Después de haber trabajado en cuatro países, el 10 pareció encontrar la paz en Chile. De eso le habla a DON JULIO, de paz y felicidad, sentado en un complejo deportivo en el que en cada maceta hay una flor.

Historia publicada en la Revista Don Julio #6 | Texto: Belén Fernández Llanos, desde Chile | Fotos: Victoria Irene

Diego Buonanotte se acerca a la terraza del complejo deportivo de Universidad Católica, el club chileno en el que juega desde 2016. Viene caminando junto a sus compañeros de equipo, pero su baja estatura lo hace parecer el hermano menor que se coló en el partido de los grandes. Al tenerlo cerca, eso sí, una puede notar algo que no se alcanza a ver en fotos, ni en el bloque deportivo de las noticias del domingo, pero en lo que gana sin competencia, y es en el color de sus ojos. Mirarlos fijamente impresiona, o más bien incomoda, porque ante ellos no se puede ver ninguna otra cosa y no se puede pensar en nada más. Es difícil definirlos: son más oscuros que el común de los ojos celestes y más claros que la mayoría de los azules. Decir turquesa podría ser útil, pero el turquesa es un color plano y demasiado transparente. Calipso resulta un tono cercano, pero carece del brillo y de la fuerza que Buonanotte transmite al mirar. Sea como sea, el punto es que no hay forma de eludir ese fulgor casi fosforescente. Su mirada es tan poderosa que distrae de todos sus otros rasgos: los 161 centímetros de estatura y 57 kilos de peso que le han valido su apodo en el mundo del fútbol, el Enano, además de la voz aguda y nasal más propia de un chico en pleno desarrollo que de un hombre a punto de cumplir tres décadas.

Así, pequeño y delgado, llega después de un entrenamiento a la entrevista que aceptó dar a Don Julio, pero no viene solo. Lo acompaña un periodista de la Católica, quien se sienta al lado del jugador como una sombra protectora. “Diego no quiere hablar mucho, tienes quince minutos”, había dicho el encargado de prensa algunos días atrás, “el equipo no anda muy bien, no están los ánimos para atender a los medios”. Al iniciarse la charla, el periodista desliza su reloj por sobre la superficie de la mesa y lo deja justo en medio para que los quince minutos que ha concedido sean justo eso. Quince, y ni un segundo más. A pesar de que muestra su sonrisa blanca y amable, Diego está ansioso por irse. Mira hacia los lados cada tanto, como buscando una salida en una terraza a cielo abierto y sin rejas. Ante las preguntas por su vida se concentra en sus primeros años o bien en el presente, bordeando sin pisar el momento del accidente automovilístico que tuvo a los 21 años y en el que murieron sus mejores amigos a bordo del auto que él conducía. Esa parte la salta como quien salta una laguna de aguas oscuras cuyo fondo no ve. La suerte –la mala suerte, podría pensarse también– aparece mucho al escucharlo hablar sobre su vida.

—Yo tuve la suerte de que mi viejo jugaba al fútbol en el equipo de Teodelina, mi pueblo; él me llevaba a la cancha y también entrenaba a los chicos. Yo quería jugar pero nunca sabés si las cosas se van a dar o qué cosas van a pasar. En un pueblo chiquito todos los nenes quieren ser futbolistas, pero no es fácil, hay que dejar muchas cosas para lograrlo. Yo me acuerdo que al viaje de egresados con mis compañeros de séptimo grado, cuando tenía once o doce años, no pude ir porque tuve que decidir ir a jugar fútbol con River o estar con mis amigos y vivir eso. Y bueno, no lo viví, es así, no podés tenerlo todo, pero ahora tengo la suerte de estar acá y dedicarme a lo que me apasiona.

— ¿Crees entonces que en tu vida has sido un hombre afortunado a pesar de lo que te pasó?

—Y… sí, no sé, vengo de un pueblo tranquilo de seis mil habitantes. Tuve una familia que siempre me apoyó, inicié mi carrera en River y alcancé cosas lindas como ganar un campeonato, eso fue muy lindo. Pasé por momentos difíciles, como todos. Me casé, tuve dos hijos, trabajé en lo que me gusta, viví momentos buenos y no tan buenos, en el fútbol es así y ahora estoy acá y la verdad que en Católica el trato es excelente, mi mujer está muy feliz aquí, mis hijos tienen amiguitos, hacen deporte en el club y les encanta su escuela. Me ha costado encontrar un lugar, pero acá estamos muy bien.

Diego termina con una sonrisa grande y blanca esa breve y parcial biografía. Desde la terraza del complejo deportivo mira hacia el costado y observa el cielo de Santiago de Chile, un cielo que en el resto de la ciudad está cubierto de smog, pero en estas zonas altas de la capital –donde se ubica el estadio de la Católica, casi a los pies de los primeros cerros de la pre cordillera– la clase adinerada paga mucho hasta por el buen aire y, como todo tiene un precio, lo consiguen. Acá, en el presente de Buonanotte, el cielo es azul, corre un viento limpio y suenan los pájaros sobre el barrio en el que vive, se entrena, juega y cría a sus hijos.

Diego vuelve la mirada hacia el frente luego de admirar la belleza del Santiago de la elite, revisa de reojo cuánto ha avanzado el reloj acostado sobre la mesa y de nuevo encandilan sus ojos que emiten luz propia. Una luz tan fuerte y tan directa que cabe preguntarse cómo no le sirvieron esa noche en que conducía el auto de su padre, esa noche en que llovía y apenas se veía la ruta. Cómo no fueron suficientes para iluminar el camino, para cortar la lluvia, para abrir la bruma, para no estrellarse en un árbol y para no despertar horas después en la camilla de un hospital, fracturado, contuso, desorientado, pero vivo. El único vivo de los cuatro que iban en el auto que él conducía bajo esa noche oscura, en que la vida que Diego Buonanotte conocía hasta entonces se terminó.

 

Es el 25 de diciembre de 2009 y la familia Buonanotte Rende puede estar terminando de cenar. En Teodelina, el pueblo santafesino de seis mil habitantes en el que viven, Noemí, la madre, Mario, el padre, Regina y Sofía, las hermanas, quizá miman a Diego, el menor del clan, quien hace años vive en Buenos Aires. Dejó su casa demasiado pronto. Jugaba desde los cuatro en Racing Club de Teodelina, y ya a los diez su padre decidió que era tiempo de probarse en las Inferiores de River. Ahí se formó y llegó a debutar en el equipo profesional, lo que todo este tiempo le ha demandado vivir en la capital y lejos de su familia. Por eso las fechas como éstas las pasan juntos y aprovechan de compartir aquello que un futbolista hipoteca a cambio de su carrera: los ritos, la vida personal. Quizás en la sobremesa de la cena conversan acerca del matrimonio gay, que este mismo mes se celebró, por primera vez a nivel latinoamericano, en la ciudad de Ushuaia, Argentina. O bien comentan la aparición de los cuatro integrantes de la familia Pomar, a quienes la policía encontró muertos cinco días antes de esta navidad de 2009.

Fueron vistos con vida por última vez hace más de tres semanas, en un peaje en Villa Espil sobre la Ruta 7. El Fiat rojo apareció volcado a quince metros de la 31, con los cadáveres de las dos pequeñas niñas, el padre y la mujer. La autopsia reveló que la madre estuvo viva durante varios días hasta que finalmente falleció, pegada al cuerpo de su marido. Tal vez alguien de los Buonanotte Rende lamenta la noticia y ruega porque el único sobreviviente de los Pomar, el hijo mayor que no iba a bordo del auto el día de la tragedia, pueda encontrar consuelo luego de quedar vivo, solo y marcado para siempre por el signo de la desgracia.

En algún momento puede sonar un celular, el de Diego. Es Emanuel Melo o bien Alexis Fulcheri, ambos de 21 años, los amigos que conoce desde el jardín de infantes, los inseparables. Lo invitan a salir a un bar del pueblo de Arribeños, una localidad ubicada a 40 kilómetros de Teodelina. Diego le pide las llaves del auto a su padre y él se las pasa, no sin antes recordarle algo que puede sonar así: cuidate, venite despacio, el cielo está gris y pinta para tormenta. El trío de amigos se reúne, pasa a buscar al cuarto integrante, Gerardo Suñé, de 24 años, y toman la ruta para ir hasta el boliche. Ahí pasarán un rato agradable, charlarán entre ellos o con otra gente y bailarán como lo haría cualquier otro grupo de chicos que recién tienen veinte y salen una noche que, ellos no saben, será la última.

En el bar puede sonar por los parlantes algún reggaeton de moda por estos días, como El teléfono de Wisin y Yandel, que en su coro dice así: “Y solo ten mi número telefónico / para cuando te sientas sola / me llamas a mi recuerda que yo / estaré para ti / a toda hora”. Los cuatro jóvenes pasan varias horas disfrutando de la fiesta. En un momento Diego divisa una rubia, una que le parece distinta a las demás. La mira un rato entre medio de la gente, hasta que finalmente se anima, atraviesa la pista de baile, la encara con sus ojos brillantes, con su sonrisa de chico bueno y le pide, al son de la música, su número telefónico. Ella, Jenny Scropanich, estudiante de medicina originaria del pueblo de Ferré, se lo da y sin saberlo, al escribirle su celular en una servilleta o en el teléfono, se une a un destino en el que será fundamental para que la vida de Diego, la vida que está punto de comenzar, valga la pena. Él guarda el tesoro que acaba de conseguir y puede estar pensando que ésta es una noche perfecta.

Y lo es, pero afuera llueve.

El reloj ya marca las seis de la mañana y los cuatro deciden emprender la vuelta a casa. En el cielo se ha desatado una tormenta como de película de terror. Diego se sube al auto en el puesto del conductor y se pone el cinturón de seguridad. Emanuel aborda el Peugeot 307 por el lado del copiloto, Gerardo y Alexis en la parte trasera, pero sus veinte años, la buena fiesta en el cuerpo y quizá la alegría de alguna conquista los distraen de cruzarse esa banda negra por la diagonal del torso, abrochar el seguro y vivir quién sabe cuántos años más. Diego maneja por la Ruta 65 bajo una lluvia cerrada e implacable, que golpea la carrocería del auto como en un redoble de tambores. Va nervioso porque no conoce esta parte del trayecto, pero al llegar al camino que lo lleva a Teodelina, y que tantas veces ha hecho volviendo desde Buenos Aires, se relaja. Cinco minutos después las ruedas del auto se hunden en un pozo de pocos centímetros de profundidad, provocado por el impacto de los camiones que habitualmente recorren la ruta. Lo resbaladizo del pavimento hace que el auto pierda su trayectoria y se deslice hacia un costado. Diego presiona el freno a fondo, aprieta con fuerza el volante tratando de sujetarlo, pero el viaje ya adquirió vida propia, la vida que da el agua. Fuera de control, el coche roza un árbol de la orilla del camino y le arranca parte de la corteza. Su carrera no se detiene ahí. El auto sigue su curso sobre el pasto, que mojado tras varias horas de lluvia parece un vidrio cubierto de manteca. Chocan de frente contra un segundo árbol, esta vez grueso y añoso. La magnitud del impacto es tal, que el Peugeot negro abraza el tronco como si quisiera aferrarse a él, y queda convertido en una herradura de fierros torcidos. El capó se abre, se acciona el airbag y al fin, Diego Buonanotte queda ensartado en esa almohada de aire, luego de la noche más mala de su vida.

 

Son las 6.45 am del 26 de diciembre de 2009, está empezando a aclarar y la lluvia sigue. Diego logra salir del auto y espera que sus amigos también lo hagan. Pero no.

En el hospital de la localidad de Venado Tuerto, a 75 kilómetros de Teodelina, Buonanotte abrió los ojos recostado en una camilla. Bajo el sedante que le pusieron para disminuir el dolor de la fractura de húmero, de clavícula y la contusión pulmonar, preguntó por sus amigos. Alguien le respondió con evasivas y le rogó que no se agitara, que tenía que descansar. Diego se volvió a dormir. Al otro día y luego de su traslado al Sanatorio Los Arcos, pleno barrio de Palermo, Buenos Aires, otra vez se despertó. Esta vez le pidió a quien estaba a su lado que le buscara el teléfono de la rubia que había conocido en la noche, tenía su rostro pegado en la cabeza y la quería llamar, pero llegó la psicóloga de River Plate. Fue ella la encargada de decirle que sus amigos Emanuel y Alexis, con quienes hizo el pre escolar y luego la primaria en la Escuela Provincial República de Venezuela, estaban muertos. Ambos habían vuelto de Brasil días antes en un viaje de amigos que hicieron con Buonanotte, porque aunque ya no vivían en el mismo pueblo, ni tenían vidas parecidas, el cariño seguía intacto. Con Ale, por sobre todo, eran como hermanos. Cuando Diego viajaba a Teodelina comía en la casa de su amigo, se bañaba y alojaba algunas noches con él. A veces era Alexis quien se acercaba a la capital, y paraba en el apartamento de Diego para pasar juntos unos días.

Además de los dos amigos de infancia, Gerardo, el chico de 24 años, menos cercano al jugador pero integrante de ese viaje al bar de Arribeños, había corrido la misma suerte.

Estaban muertos, todos muertos, todos menos él.

Afuera del hospital, Hector Cavalieri, médico de River, les contaba a los medios que Diego ya salía de Cuidados Intensivos para pasar al piso común y rogaba: “Les pido que sean prudentes porque el chico va a estar viendo televisión, es exitoso, es famoso, pero tiene 21 años, es una criatura”. En los meses siguientes vinieron la recuperación y, por supuesto, las investigaciones. Las pericias policiales constataron los agujeros en el asfalto que pudieron haber producido el accidente. También determinaron la escasa visibilidad que había esa noche y los efectos de la insistente lluvia sobre el camino. Los exámenes descartaron que el consumo de alcohol fuera una causa, mientras que el abogado del jugador, Diego del Ciervo, explicó en el fallo que según los informes la velocidad era moderada, prudente y reglamentaria.

La jueza de Garantías de Junín, Marisa Muñoz, determinó que el imputado no había actuado con “imprudencia o negligencia” y lo sobreseyó. La medida fue apelada por el fiscal Carlos Colimedaglia, quien solicitó que el futbolista fuera sometido a juicio oral por triple homicidio culposo, el cual le valdría una pena que iba de seis meses a cinco años de cárcel. Finalmente el caso se cerró y se liberó de responsabilidad a Buonanotte.

Pero ¿cómo se sigue después de eso? ¿Cómo se vive, cómo se entrena? Porque Diego siguió y vivió y se entrenó. En las entrevistas responde a esas preguntas diciendo siempre lo mismo, como si sacara las respuestas de un manual que él mismo se escribió para sobrevivir: “Desde ese día mi vida cambió, mi pensamiento cambió”, “me levanto todos los días pensando en la felicidad de mis hijos y no en la mía porque feliz como antes no voy a ser”, “mi familia es el motor de mi vida, todo lo que hago es para la felicidad de ellos”, “perdí a mis dos mejores amigos, pero tengo dos hijos y trato de darles lo mejor de mí”.

Luego de ser operado por su fractura, comenzar su rehabilitación y tratarse sicológicamente para vivir el duelo tras la muerte de sus amigos, en River Plate le dijeron que pronto volvería a la cancha, pero no entró más como titular. Todo ese proceso fue acompañado por la música que le llegaba cada vez que se alistaba para entrar a la cancha o cuando tocaba la pelota: la hinchada rival, no importaba de qué equipo fuera, le gritaba al unísono, como el mejor de los coros: a-se-sino, a-se-sino. Pasaba en todas partes: en los partidos, en la calle, al ir a comprar. En cualquier parte le decían que había matado a sus amigos. Cada tanto le recordaban lo que él ya sabía, lo que no podía olvidar. Que sus mejores amigos no alcanzaron a tener hijos, ni a construirse una casa y que él sí tenía todo eso porque era el único que usaba cinturón. Que él manejaba, que seguía acá, vivo. Y que los otros no.

Tanto los hinchas como comentaristas decían que Buonanotte no volvería a ser el mismo de antes, pero ¿alguien podría serlo? Después de haber sido campeón y goleador con River en 2008 se dijo que el Atlético de Madrid pagaría una buena suma por su pase. Pero la suerte quiso otra cosa porque en eso vino el choque, los meses sin jugar, las críticas y los fantasmas. En el 2010, meses antes del descenso de River, fue traspasado al Málaga, pero no recobró su nivel.

De ahí en adelante comenzó una larga búsqueda de buen fútbol y hogar, cargando su familia a cuestas por el Granada de España, el Pachuca de México y un breve período en Quilmes de Argentina. En ese periplo las estadísticas no fueron buenas: cinco años, tres países, 12 goles. El 2015 mejoró el naipe: llegó al AEK Atenas, donde se convirtió en campeón de la temporada y goleador de su club. En cada gol que hizo Diego corrió por la cancha y mirando el cielo se besó el antebrazo donde se tatuó los nombres de Ale y Emanuel. En el otro brazo, una cruz que se dibujó en agradecimiento a dios, porque no jugará como antes, pero está vivo.

El reloj que está sobre la mesa y marca el tiempo límite de la entrevista avanza y no perdona. Quedan pocos minutos para llegar al accidente, esa agua negra a la que Diego no se acerca pero que, sin embargo, está ahí.

— ¿Cómo fue el episodio con Esteban Pávez, jugador de Colo Colo, que te recordó en pleno juego la muerte de tus amigos?

–Nada, son cosas que no deberían pasar y que trato de no darles bola porque no valen la pena. Por ahí me lo espero de un hincha rival, de gente en la calle, enojada, pero jamás de un colega. En Chile me han tratado muy bien, la gente es respetuosa, eso fue una excepción y no tengo nada más que decir sobre el tema.

Diego pone el punto final y sigue con la parte de su vida que sí le gusta.

–La verdad que siempre digo que he dado vuelta por muchos equipos y países y me ha costado encontrar un lugar. Creo que acá lo encontré por la calidad humana del fútbol.

El acá y el ahora es el país que habita Diego, porque el futuro no se sabe y el pasado es muy triste. A su espalda la cordillera se levanta gigante, blanca, y deja del otro lado los triunfos y las pérdidas.

Buonanotte mira el reloj y el periodista de la Católica anuncia que es hora de terminar la entrevista. Cuando lo hace, Diego sonríe. Luego camina en dirección a sus compañeros, que comparten un gesto de preocupación por sus malos resultados de las últimas semanas. Resultados que no ayudan en nada a la fama de la Universidad Católica, un equipo que ha llegado a 33 finales nacionales pero ha perdido 21 de ellas. Diego se aleja y de fondo se ve San Carlos, el exclusivo campo deportivo que está rodeado de escuelas privadas exclusivas y cerca de una universidad que cobra 11 mil dólares anuales por cursar medicina. Hacia abajo se ve Santiago escondido bajo una nube gris, pero acá vuelan picaflores y golondrinas en el lugar que este año fue elegido como la comuna que brinda mejor calidad de vida a nivel nacional. Las casas que circundan el estadio están valuadas en medio millón de dólares y las rodean árboles que hacen sombra a los niños mientras juegan solos o con sus padres o con las empleadas domésticas que se distinguen porque usan uniforme.

Ahí se entrena Católica y eso a Diego le gusta. Un club ordenado, donde las cosas funcionan y en cuyo complejo deportivo todas las macetas tienen flores. El club donde juegan los dos hijos que tuvo con Jenny, la chica que conoció en la fiesta el día del accidente. Diego supo que Lucía, su hija mayor, llegaría en el 2010, justo un año después del accidente, cuando él tenía 22. Tres años después nació Santino, un pequeño rubio y de ojos luminosos que entrena fútbol en la institución. Lucía, la hija de seis años, es la protagonista de la publicidad con que el club busca sumar nuevos socios a su comunidad. A su corta edad actúa una escena en que comparte una carta en el aula de una escuela. Frente a chicos de su edad sentados en pupitres, lee con destreza el texto que dice así: “Yo me quiero quedar en Chile, en Santiago somos re felices, no me quiero ir de acá. En la escuela aprendí cosas, pero fui a una cancha y aprendí mucho pero mucho más. Aprendí que no importa si fallás antes, cuando le metés sacrificio, lo lográs. Y si tuviste que luchar tanto por algo, es solo para que lo disfrutés más. Que a veces podés tener todo en contra, pero no, ahí nunca abandonás. Descubrí que hay gente que cuando te dice que va a estar siempre, es siempre, en buenas o malas. Yo me quiero quedar en Chile porque me enamoré acá”.

Hacia el final del spot Diego llega a buscar a su hija a la escuela y le pregunta cómo le fue en la presentación. Lucía, en una actuación más creíble que muchas actrices de teleserie, le responde: “Bien, Pa, esto es Católica”.

Eso es Católica, un club que no gana ni títulos internacionales, ni muchos nacionales, pero que le ha dado una tranquilidad y una comodidad tan o más necesaria que las copas. Una paz más grande que los triunfos porque no es solo para él, sino para la familia que hizo que Buonanotte quiera levantarse, vestirse e ir a entrenarse. A veces, de hecho, llega al entrenamiento en bicicleta. Recorre en bici las pocas calles que separan su casa del estadio. La estaciona entre los autos caros y ostentosos tan típicos de los futbolistas y los reporteros gráficos lo fotografían como una rareza, para luego publicar en los medios que el 18 de Católica no usa coche último modelo para ir a trabajar. Lo hace pedaleando, con calma, disfrutando del aire fresco, del cielo limpio, sintiendo el sol que le entibia suavemente la piel de sus brazos tatuados

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *